Una periodista bonaerense visitó la ciudad y recorrió diferentes espacios de militancia. Compró El Eslabón en un kiosco de diarios del centro y envió esta crónica en primera persona como para experimentar esto de publicar en tinta y papel.

Querida gente rosarina, presento aquí mi carta de agradecimientos y celebraciones por lo cerca de ustedes. Saludo así con la bitácora de un viaje reciente, que resultaba urgente.

Santa Fe tiene eso de nombrarse como esencia, “la invencible” le dicen. Una llanura en forma de bota, con un talón de Aquiles de un millón de habitantes: movilidad y punto débil a la vez, de nuestro hermoso país. Imagen de lo frágil en lo imprescindible.

Elegí Rosario para viajar de nuevo porque necesitaba sentir que las cosas funcionan. Eso que llaman creer, justamente. Y entonces, a ustedes les conviene, porque en mi búsqueda vine a enamorarme y arrojar mis más hondas admiraciones para espejarles el autoestima a favor, y para que se sigan haciendo cargo de su rol en la historia. Para que nos sigan salvando en eso de no estar en soledad.

Tras la Roca genocida fundacional de 1806, recién se constituyó como ciudad en 1852. Cosmopolita portuaria que intermediaba el comercio legal e ilegal con Paraguay, arrojó de su diversidad cultural las mejores formas de ciudadanía. Rosario, premiada internacionalmente por su desarrollo urbano y social, reza su destino como cuna de argentinidad, como una pequeña Italia argenta, conurbaneada como Latinoamérica conoce. Donde la brecha de clase latiga fuerte, pero es blindada por el fútbol, sanada por el río y diluida por las ideas de inclusión en su forma organizada.

El Rosariazo, esos aportes históricos a la reforma universitaria y la defensa de la educación pública como motor de democracia, son huellas de un pueblo que ha regalado paradigmas políticos de los más potentes del mundo: son la casita del Ché, el nido de hormigas bicicleteras, la usina de artistas más valiosa de todas.

Rosario también fue ícono del federalismo: tres veces promovida como Capital Federal por el Congreso, vetada por Mitre y Sarmiento, como guardianes de la concentración porteña. Extrañeza inventada de espaldas a los accidentes geográficos, ya que nos une la pampa, el agua, los humedales, las páginas.

Admiro tu presupuesto participativo, Rosario, aunque sea un 5 por ciento. Admiro la gente en la calle con la sonrisa a la vista, la inteligencia que brota en cada puesto de trabajo, la juventud que multiplica sus afectos y rebeldías. Además, Rosario sabe cuestionar la propiedad: aquí los barrios cerrados siempre fueron resistidos, y la municipalidad exige condiciones a los inversores.

Todo es una mezcla de cultura e intereses contrapuestos, y se lee perfectamente en la copa de tus árboles libres, y en el fomento municipal del tango, sin correr al Estado argentino de su sostén en el mundo.

Siento que todo funciona, principalmente, en la militancia. Mis viajes son para conocer formas de amor organizado y buenas prácticas en la política, para llenarme de esperanza. Quiero contar sus historias pero parece que al final soy yo la beneficiada, viviendo en la inventiva tras el conocimiento. Aquí vi el único shopping de la militancia, maravillada con La Toma como cuna de unidad, ví radios comunitarias sostenidas con valentía, escuelas inclusivas brotadas de risas, trabajos profundos de iglesias que inspiran, medios alternativos como este, de los mejores: la estela de una bicicleta alada que funciona. La gente se conoce, se respeta, sabe de resistencias; encarnando vestigios de la verdadera política, esa tradición de amor y de organizar la vida, distribuyendo empoderamiento en donde habita la Comandanta (mujer) de la Bandera.

Entre 2021 y 2022, la ciudad se vio afectada por el humo proveniente de quemas intensivas en el Delta del Paraná. Se realizaron diversas manifestaciones por parte de organizaciones ambientalistas para lograr una Ley de Humedales, y la obtuvimos. El aporte político al oxígeno, querido pueblo, se agradece.

Escuché autocríticas, reclamos de más libertades, jóvenes urgidos por crecer. Vi la polivalencia de los vínculos afectivos, que impide sectas, y la rebeldía contra la monotonía. Y también los dramas necesarios: el narcotráfico, la violencia mediática, el miedo como dispositivo político. 

Rosario sobrevivió a dos pandemias: la sanitaria y la de balas. El fuego cruzado, el humo de los humedales seguido del humo mediático, la militarización de la ciudad para el show de gendarmes. Sobrevivió al ejemplo de la violencia, aferrándose a su calidad de vida. Con ella también sobrevivió la gente, los movimientos, las madres de batallas que cuidan el horizonte del futuro. 

Rosario tiene cosas nada porteñas: saludar porque sí, la alegría de los colectiveros, el contagio de la curiosidad. Tiene tango, fútbol, monumentos, mujeres en la comandancia de muchas cosas más. Tiene equilibrio entre ilustración y rebeldía, entre tradición y superación.

Lo que sí se espeja a CABA es la inteligencia de su comunicación. Acá un niño desaparecido, querido rincón patrio, no sería eco desierto. Acá no hay tanta inseguridad del anonimato, no hay tanta soledad del anonimato, acá. 

Yo siempre vuelvo a Rosario, bajando las ventanillas del tren. Es mi punto de partida y de llegada, mi ciudad favorita. Explico por qué Rosario y explico también por qué viajar: para tomar conciencia de la tarea de comunicar, para recordar que hay un siempre cerca que todavía celebra la diversidad. 

Pedazo de oración unimembre: ¡feliz cumple Rosario! ¡Cuánto para cuidar!

*Especialista en comunicación convergente, productora audiovisual y docente.

 

Publicado en el semanario El Eslabón del 06/09/25

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