La historia de la humanidad puede imaginarse como un mapa en movimiento constante y violento. Una cartografía no sólo de territorios, sino de éticas, donde la línea entre el “nosotros” y el “ellos” no se marca para convivir, sino para dominar. Esta narrativa está marcada por la invasión permanente de espacios geográficos y culturales. Un proceso en el cual el primer paso es romper el límite más básico: el de que todos somos humanos.

Para apropiarse de los territorios ajenos y quedarse con sus riquezas, lo primero es construir un enemigo. No se invade lo que se respeta; se invade lo que se desprecia, lo que se odia, porque invadirlo ya es someterlo. Así, el vecino, el diferente, es desnaturalizado, y después convertido en “salvaje”, en “bárbaro”, en ser inferior. Esta deshumanización es el muro psicológico que justifica la caída de todas las demás fronteras. Es la grieta por donde se filtra la violencia, disfrazada de civilización o de destino, de orden y progreso. 

Pero la conquista material nunca es suficiente. La voluntad de humillación es un veneno que acompaña al saqueo. Después de quitarles la tierra y los recursos, se busca romper su espíritu, imponiéndoles dioses, valores y creencias. Se les niega no sólo lo que tienen, sino lo que son. Se levanta un muro, una frontera ideológica donde su cultura es el lado equivocado. Y el único pasaporte para una pseudohumanidad de segunda es aceptar el lugar asignado por el poder y los dioses, e intentar pertenecer (y morir espiritualmente) o morir físicamente. La adaptación recorre las diferentes épocas, dejando afuera y adentro de la sociedad caprichosamente a cosmovisiones, a individuos y a etnias enteras. En esta violencia, a veces explícita, como en el caso de las invasiones, otras implícitas como en el caso de la dominación cultural, se resume la acumulación de poder a lo largo de la historia.

Durante más de cien años, en nuestro país, la ciencia y la educación justificaron la invasión y la negación de las culturas populares, de los pueblos originarios y de los pobres en general. Desde una visión evolucionista, crecimos mirando a Europa como la referencia obligada en la construcción del conocimiento. Una epistemología que de por sí justificaba a las potencias coloniales. Poder y saber se articulaban para que la dominación sea integral, para que no quede ningún resquicio por donde se puedan cuestionar los principios del capitalismo, que no surge tanto del industrialismo como de la apropiación de metales preciosos y materias primas y mano de obra esclava transportados triangulando de América a Europa y África.

La educación en los países colonizados se estructuró en torno a la ciencia cartesiana, sobre las bases de la razón instrumental. Las verdades que afirmaban tenían un fin justificatorio. En nombre del progreso, de la ciencia, del orden, se construyó una visión del mundo en el que cada región tenía un mandato natural, ocupaba un lugar bien determinado dentro del capitalismo. Las colonias no podían tener empresas en esa etapa de desarrollo. En la actualidad sucede lo contrario, las empresas son radicadas en los países periféricos para que no contaminen su propio suelo. La lógica del capital es otra. 

La educación llegó para complementar lo que la ciencia había comenzado. La explicación del mundo, la organización de la sociedad, la distribución de la riqueza como algo que ya estaba dado, que nos preexistía, y que por ende no se podía modificar, y que debía aprenderse de chicos. Las instituciones educativas fueron pensadas como un modo de control social a futuro. El estado sudaba doctrina liberal a través de sus instituciones. Los diques para que esa corriente no arrasara a las clases populares fueron los movimientos.

Desde la independencia en adelante, los movimientos fueron utilizados por los polos de poder para lograr sus objetivos, y luego traicionados. Sus miembros fueron perseguidos, asesinados, encarcelados, bombardeados, secuestrados y desaparecidos. Movimientos sindicales, políticos, sociales, de derechos humanos, de mujeres, ambientalistas, culturales. El lugar común de la persecución, el individualizar a sus adeptos para castigarlos o aniquilarlos. Aún así, sus historias persisten, la de cada movimiento, que quedan inscriptos en la historia simbólica de nuestro pueblo. En cada estrategia del poder surgió un colectivo, un movimiento; ante cada reacción del poder, una nueva acción se afirma. Los mitos son una forma de cristalización, son una estrategia del propio poder, de encarnar en una sola persona la capacidad de resistencia, la mística de lucha y así, al eliminarlo, la sensación de orfandad se propaga. Sin embargo, cada derecho social se asocia directamente a la lucha de algún movimiento.

Los movimientos son los que construyen la frontera que el poder no puede atravesar, son los que permiten que la diversidad fluya adentro, son los que permiten la proliferación de la diferencia dentro de la unidad de acción, son los únicos actores sociales que entienden la lógica del poder y que saben gambetearla.

Publicado en el semanario El Eslabón del 06/09/25

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