Yo no sé, no. Agosto había pasado sin pena ni gloria. Los primeros días de septiembre eran como todos los septiembre: con algo de viento, con algo de sol y las tardes frescas. Por el barrio se corría el rumor de que un aroma nuevo saldría del buffet del club Las Palmas, donde había un cocinero nuevo.
Mónica pasó por ahí y dijo que era puchero. Un puchero especial que estaban haciendo, que era distinto a todas las comidas hasta ahora sentidas. Graciela decía: “Para mí son tortillas, ese olorcito a tortilla es inigualable. Y si no son, le voy a decir al cocinero que las haga”.
Juancalito se tiró por un guiso. “Para él era un guiso”, dijo. Tiguín, que se había hecho fanático de las hamburguesas medio quemaditas, decía: “Las hamburguesas tienen ese olorcito a frito que a mí me encanta. Voy a ir y le voy a decir al cocinero que me haga hamburguesa”. Isabel decía: “Cualquier cosa, pero con estofado. Un estofado bien, bien cargadito, bien rojo y con cualquier carne”. Laura decía: “Es olor a milanesa. A mí me dijeron que el tipo era especialista en hacer milanesa”.
José, por su parte, contó que el viernes había sentido olor a pescado frito. Carlos, decía que para él eran ravioles con una salsita especial. La Eva era más sencilla. Pero captaba el olor a manteca buena. “Para mí son fideos con manteca. Con algún churrasco”, decía.
La pequeña Susi estaba contenta. “Si el tipo, el cocinero nuevo, no lo sabe hacer, le voy a pedir que me haga un pionono. Y que me enseñe a hacer pionono”. Lo había probado y estaba enloquecida. Para Pedro, en cambio, era un bife a la criolla.
El sábado, cuando nos estábamos quedando con las ganas de ir al bufet porque no teníamos plata, apareció Manuel con arroz con pollo. Hicimos una pequeña juntada y nadie preguntó el origen del pollo. Ese olorcito a reunión, a comida casera, nos decía que septiembre venía con un nuevo cocinero, con un nuevo menú.
Mientras tanto por Biedma, un gato blanco y negro que estaba parado en la pared del club, se relamía los bigotes. Miraba para la carnicería de enfrente, que decía: “2 kg de asado al precio de uno”. Y gañote con hígado, a mitad de precio. Y el bofe iba de regalo. Y de a rato miraba y olfateaba la cocina. No se sabía si el gato sabía leer, si captaba los olores, o las dos cosas.
Publicado en el semanario El Eslabón del 06/09/25
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