Los últimos domingos de mes eran una fiesta para mí. Sólo por esas tardes hubiese prolongado mi niñez indefinidamente. La costumbre familiar venía desde antes que yo naciese, no les puedo decir cuántos años antes, pero tenía el grado de tradición familiar: alrededor de las once de la mañana, mis padres me subían al viejo Peugeot 504 y los tres íbamos a la mansión del tío Nicolás, en las afueras de la ciudad, a almorzar las pastas amasadas por mi tía Mirta. Para mí todo era alegría desde que salíamos de casa. El viaje, de unos 45 minutos, lo saboreaba como a un helado de dulce de leche, mientras mis padres discutían por todo y yo me sumergía –de a poco y casi sin querer– en el mundo de los caballeros, las armaduras y las estrategias de ataque.

Verán que visitarlo al tío era todo un acontecimiento, pero no por él ni por los insoportables de mis primos, sino por el parque de su mansión, interminable, prolijo, con todos los diferentes árboles que ustedes se puedan imaginar, lleno de juegos, con una fuente azulejada que para mí era mágica y dosis similares de sol y sombra. Nunca lo llegué a conocer del todo, quizás porque su exuberancia desbordaba mi imaginación o porque los combates no dejaban desviar mi atención.

A las 12.45, ni un minuto más, había que sentarse a una larga mesa de algarrobo con manteles bordados que también eran producto de las manos de Mirta. Todo era fastuoso. El enorme comedor estaba en el ala norte de la casona y de sus tres paredes colgaban cuadros de grandes dimensiones, que tenían figuras indefinidas pintadas con colores vivos. Mucho rojo, amarillos furiosos y violetas estridentes eran disparadores de mi imaginación. El ambiente, extremadamente luminoso, se cerraba con aberturas vidriadas que dejaban ver la galería y la escalera que terminaba en el parque. Unos metros más allá del fin de los escalones, se erigía la fuente con sus ángeles que escupían u orinaban agua, de un blanco purísimo en la parte superior hasta una base de azulejos con azules indescifrables.

El tío, que se sentaba en la cabecera, siempre invitaba a dos o tres familias de su círculo, lo que llevaba a que los almuerzos fueran animados, con repetidos brindis, anécdotas, carcajadas, sonidos de corchos despedidos de las botellas y esas pastas deliciosas que yo deseaba tanto como que a mis primos se los tragara un dragón hambriento. 

Antes del postre, yo me introducía en mi mundo. Aquello se transformaba en una fiesta de la Corte con la presencia de Nicolás, el Rey, y los oficiales de su máxima confianza, todos militares de reconocida valentía, entre los que me incluía. Era la última comida en el castillo antes de ir al combate. Allá fuera, en las comarcas más alejadas, todo era hostilidad. Ejércitos de otros señores medievales, orcos o monstruos mitológicos nos amenazaban por igual. Al terminar el postre, las pulsaciones me aumentaban ineludiblemente. Se acercaba la hora de luchar. 

Se nos autorizaba a levantarnos de la mesa a las dos de la tarde, momento en el que salía disparado a las matas de hortensias. Celosamente escondidas cuatro domingos atrás encontraba mi escoba, dos planchas de madera unidas por sogas que irían sobre mis hombros a modo de armadura y lo más valioso: mi espada de madera, un regalo recibido de manos del Rey, cuyo filo me había salvado la vida más de una vez. Los pertrechos se completaban con una vieja caramañola que traía desde casa, metida en un estuche de cuero que me permitía engancharla en el cinturón. No necesitaba más.

Mi primera misión era, invariablemente, intentar percibir los movimientos del enemigo, su cercanía y su armamento. Ello me llevaría a la estrategia de defensa o ataque según el caso. Para ello me dirigía al viejo molino, en un extremo del predio, que me servía de atalaya. Al no tener árboles cerca me daba una buena visión del escenario de guerra. Subía unos tres metros por esos fierros oxidados y desde allí oteaba. Cada tanto miraba hacia abajo y les informaba a mis oficiales de lo que veía. Una vez descendido, organizaba la tropa, repartía órdenes y –como un rito ancestral– me subía a mi corcel de crines amarillentas para galopar delante de mis soldados y arengarlos. Esa parte me emocionaba, mi pecho parecía que iba a explotar cuando escuchaba los gritos que me devolvían. Eran verdaderos rugidos de guerra. Así, todo estaba listo para la contienda.

Aquella tarde me sentí raro. Y esa sensación la corroboré con la actitud de mi tropa, no era la misma de siempre. Flotaba nerviosismo en el ambiente, había una severa tensión en la cara de los soldados. Mientras me dirigía a las ligustrinas, comenzó a invadirme una sensación de peligro inminente, mientras divisaba densos nubarrones que avanzaban desde el sur. Aquellos ligustros, cortados de mil maneras y de diferentes alturas, formaban meandros y caminos que desembocaban en distintas partes del campo de batalla. Servían para escapar del enemigo, aunque también podíamos ser atacados por sorpresa dentro de ese laberinto vegetal. En ese terreno, los orcos eran los más peligrosos, tenían un especial talento para acometer de sorpresa y luego desaparecer por arte de magia.

Decidí salir de allí con premura, mientras el cielo se cubría de grises oscuros. Ordené dividir la tropa y con mis mejores soldados me dirigí al bosque de abedules, sobre la lomada. Si el otro grupo era atacado en aquel laberinto, podríamos sorprender al enemigo por la retaguardia. Comenzó a llover.

El olor a hoja mojada y la luz que se desvanecía reavivó mis sentidos. Sentí el cuerpo tieso, miraba en todas direcciones, el olfato se me agudizó, la mano derecha blandía la empuñadura con especial crispación.

De pronto, escuché los gritos de los míos y el vociferar guerrero de los orcos. No había dudas, estábamos siendo atacados. La intensidad de la lluvia ya no me dejaba ver el lugar exacto del enfrentamiento. Así y todo, me lancé al galope con la espada preparada a descabezar a aquellos salvajes, guiado por los alaridos y el ruido de las armas al chocar porque ya no veía nada, la oscuridad y el chubasco habían bajado un indescifrable telón negro. Nunca supe si mis hombres me seguían.

Luego de dar vueltas dentro de aquella espiral de matas y arbustos enredados, golpeándome la cabeza con ramas empapadas, yendo y viniendo, me di cuenta que estaba perdido. Ya no escuchaba la escaramuza, sólo los truenos y la lluvia azotando la vegetación. Decidí volver.

Al darme vuelta, la luz de un relámpago me devolvió la robusta figura del jefe orco apuntándome con su arco, a unos pocos metros. A esa distancia no fallaría y eso sería la muerte segura. Al veneno de sus flechas nadie había sobrevivido. 

Quedé pasmado sobre mi corcel. Todo se circunscribió a ese momento, un instante insondable y silencioso, sólo quebrado por los gritos desesperados de mi madre llamándome, que volviese, que me iba a resfriar, que estaba desabrigado, que papá me esperaba enojado.

La caída de un rayo cercano coincidió con el ardor insoportable que sentí en el pecho. El flechazo fue certero y me tiró de espaldas. Todo fue pausado de ahí en más: las gotas pegándome en la cara, el jefe enemigo pasando lentamente a mi lado mientras me miraba con esos ojos rojos sin vida, los gritos lejanos de los orcos festejando la victoria. 

La cara desencajada de mi madre me sobresaltó, me inyectó algún suspiro más de vida. Pero no, los párpados me pesaban demasiado, no tenía más para dar. Me pregunté si, tal como tantas veces lo había leído, ese sería el definitivo descanso del guerrero.

Publicado en el semanario El Eslabón del 06/09/25

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