Ya pasaron las elecciones de la provincia de Buenos Aires. Son las que representan el 40 por ciento del padrón nacional. Pueden de por sí poner un presidente, si sacás más del 10 por ciento de ventaja. Más allá de sacar conclusiones de lo que sucedió, fue violento rápido y eficaz lo que hizo el ejecutivo en estos dos años de mandato. Si pensamos en la estrategia de los sectores concentrados de la economía, podemos decir que funcionó perfectamente. Recesión, blanqueo de riquezas, endeudamiento para sostener la bicicleta financiera  y condicionamiento a futuro. Si algo queda claro, es que esta vez las urnas reflejaron las condiciones socioeconómicas de la población.

Los y las votantes, con el agua hasta el cuello, optaron por volver a un modelo que supo ponerle un freno al avance contra el Estado como garante de la democracia, pero por sobre todas las cosas supo ampliar derechos.  Llegar a fin de mes, comprar una casa o un auto, ahorrar para viajar o ir de vacaciones, fueron una realidad para sectores que estaban excluidos de esa posibilidad. Incluso en tiempos menos críticos que el actual, los/as trabajadores/as considerados como privilegiados/as, como en el imaginario social es el empleo público, trabajaron en condiciones de exposición y vulnerabilidad, ya sea por sus ingresos, por el grado de estrés y de presión permanente ante cada cambio de gobierno, o por la estigmatización en los medios. Una narrativa recurrente que recalcaba la vagancia, los ñoquis, y la fata de empatía con la ciudadanía que concurre a realizar trámites. Los y las docentes sufrieron del mismo modo el escarnio, acusados de tener de rehenes a las infancias.

En suma, no nos quedaron lugares de realización colectiva por fuera del consumo. En las organizaciones políticas, sindicales, sociales, y organizaciones de la sociedad civil e instituciones, la participación es compleja, es mediatizada por las relaciones de poder, por el ejercicio de prácticas de adulación y acallamiento de todo aquello que no coincide con la visión dirigencial. Las orgas son máquinas de obturar lo nuevo, son impermeables a la demanda de sus bases porque centran su interés en la estrategia superestructural. Pierden, una tras otra, las oportunidades de parecerse las personas a las que representan. La ausencia de identidad de la clase trabajadora, la falta de dinámica interna, tanto para la renovación de autoridades, como para la articulación con sectores afines, y con otros actores sociales, hacen que se vuelvan anacrónicas y pierdan el tren de la historia. Que no comprendan ni participen de una cultural general más contestataria, y terminen abonando a las verdades del mercado y del consumo. Cambiar el mundo sin utopías que movilicen es imposible. Participar en organizaciones en la que cualquier ética depende de las coyunturas es debilitarnos solos, es resignar la posibilidad de construir contrahegemonía, y sumar voluntades en prácticas sociales alternativas, que no nos lleven automáticamente a la caja para resolver los problemas que nos aquejan.

Las elecciones ya pasaron. Los resultados siguen siendo producto de la frustración, ahora ante la realidad del logro del gobierno (porque hay que dejar de decir que fue un fracaso ya que vinieron a hacer lo que hicieron), como antes lo fueron las políticas del albertismo. Esta frustración permanente que genera la sociedad del consumo, la sociedad de hastío, del hartazgo, se alimenta del propio nihilismo que exhala. Es una sociedad reaccionaria, es un voto reaccionario, pero no porque lo sea ideológicamente, aunque tengamos muchas muestras de ello, sobre todo en las narrativas sociales. Es reaccionaria porque no afirma nada nuevo, porque propone la modernidad como salida a la posmodernidad, y no está siendo capaz de imaginar un futuro que no sea el que nos proponen permanentemente los dueños del poder. Más producción, más consumo, más finanzas, menos derechos, menos cultura, menos comunidad, es lo que repiten insistentemente por todas las pantallas. Los nuevos políticos que aborrecen la política y al Estado, no acusan recibo ante la inconsistencia de sus propios argumentos, se trata de la nulidad de criterios de validación social de las teorías que sostienen sus propuestas. En última instancia el único argumento que repiten es el del ejercicio de poder vertical y descendente, una especie de tiranía de la rentabilidad y las finanzas. Cualquier criterio que no coincida con ese, es tildado de progresista, comunista o zurdo, y en nuestro país, de Kuka o peroncho.

En nuestra vereda no pasa algo muy diferente en cuanto a la organización, en la medida en que el poder popular no se diferencie de esos ejercicios, la participación de la militancia en esos ámbitos disminuye. Si no se trabaja en conjunto con la gente, si no se valora, se permite el aprendizaje a través del error y el asumir responsabilidades con todo lo que implican no vamos a generar un recambio. El poder popular sólo tiene como herramienta para ejercer presión a los poderes reales la movilización, y eso en algún punto es una debilidad.  El consumo sustentable, local, que favorezca a los productores, podría ser una herramienta de control y presión a las operaciones de los grupos económicos. Sin embargo, como toda experiencia cultural y colectiva, no suceden espontáneamente.

Si creemos que la política es, como decía Gramsci, una construcción de hegemonía, es importante encontrar los marcos organizativos que permitan, no sólo la participación, sino también la construcción colectiva de identidad. El desarrollo de una estrategia basada en los valores que siempre pertenecieron al pueblo, y que encarnaron diferentes movimientos a lo largo de nuestra historia. La disputa por la representación va a seguir estando, y es sano que exista. Sin embargo, la fraternidad, el compañerismo, la solidaridad de clase, no pueden estar expuestas permanentemente a los mecanismos del ejercicio de un poder, individual, impregnado de la lógica de lo institucional, que vive boicoteando el crecimiento de esos espacios por pretender manejarlos. Si no nos sacamos la lógica del puterío, del chimento, y del jet set, todo lo que construyamos se desvanecerá en el aire, con el agravante que quienes se desencanten es probable que por mucho tiempo no vuelvan a participar.

Publicado en el semanario El Eslabón del 13/09/25

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