La oreja izquierda le duele como si la apretaran con algo afilado. Tiene la mejilla derecha aplastada contra el piso del auto. Rubén se descubre pensando en los lados del cuerpo, en sus partes, y en el hecho de estar sudando bajo la campera en ese otoño frío, que minutos antes lo hacía tiritar frente a la casa donde vivía o había vivido Mónica. La mejilla está prensada contra el piso, y no puede moverse. Tiene sobre la cabeza, lo que supone un pie, duro y pesado como los bloques que corta el padre en el fondo de su casa del pueblo. Lo que lo presiona hacia abajo no es una zapatilla, piensa; es un calzado mucho más rígido. Hay otros pies que le estrujan el cuerpo. No puede moverse, ni ver: le habían cubierto la cabeza antes de empujarlo al auto. Parecía el fin de una película con un cierre inesperado. También, como en el cine, está oscuro ahí abajo.
Mónica. Hace semanas que no sabe nada de ella, y fue a buscarla a su casa. Se cansó de esperar a la salida del trabajo o a que lo llamara a la oficina. Se ilusionaba con encontrarla en el bar de sus almuerzos, o en la plaza en la que se sentaban algunas tardes a charlar antes de ir a la facultad. Todo el día esperaba una llamada y luego, vagaba por los lugares habituales. La habían despedido del Banco, eso lo supo enseguida después del 24. A ella y a los otros dos muchachos de la Comisión Interna. Habían intervenido el gremio y el Jefe de personal se encargó de comunicar las cesantías, piso por piso, oficina por oficina. Era injusto que la hubieran echado sólo por ser de la Comisión Interna, por hablar en las asambleas, eso sí que era muy arbitrario, se repetía; aunque no terminaba de entender las razones ni los silencios que acompañaban su nombre. Quería verla, pero no tenía teléfono en la casa y ella no lo llamaba a la oficina. La ansiedad lo llevó esa noche a la calle donde una vez la había acompañado, de la que recordaba perfectamente el número. La casa estaba oscura, la miró desde la vereda, no parecía haber nadie, igual iba a llamar, golpear a la puerta, a lo mejor estaba en el patio o ya se había acostado, aunque todavía era temprano para eso.
Hay cuatro en el auto. Los pies de los dos de atrás están presionando sobre él. El de la oreja y el incrustado en las costillas son los peores. Pertenecen al mismo hombre, quizás el más pesado o el más cruel. Rubén se concentra en los detalles, tratando de definir si se trata de un sueño o está pasando realmente. Es demasiado oscuro, confuso; desea que termine rápido ya que incluye un constante dolor físico. Intenta contar de atrás para adelante: ese ejercicio lo tranquiliza desde chico. Arranca con el cien, lentamente. Piensa que le dará tiempo a la pesadilla, si es que lo es, para que llegue a su fin; y entonces, poder despertarse aliviado en el cuarto de la pensión donde vive. Los números son su fuerte, por eso había entrado al Banco y estudia para ser contador, aunque hubiera preferido Matemáticas o Química o Física, o todas juntas de ser posible. Está en el segundo año de Ciencias Económicas y le resulta sencillo, como el trabajo. Todo se hace con calculadoras modernas, pero él no las necesita. En su cabeza, los resultados aparecen nítidos, sin fallas. Los números no lo perturban, como la gente, los grupos, las palabras. Son cuatro los que lo llevan, dos le pisan el cuerpo y él cuenta de atrás para adelante tratando de despertar. A pesar del sudor, agradece tener la campera puesta, y que no sea verano, ya que le protege bastante el cuello y la cintura de los pies del más pesado. No sabe por qué le está pasando eso.
Hijo único de matrimonio mayor, había pasado una infancia y adolescencia solitarias, entregado a resolver lacónicos problemas de álgebra. Recibió burlas por su fragilidad física y timidez esencial, aunque su rendimiento en la escuela –o quizás por eso– fuera extraordinario. Tuvo un par de momentos de resplandor inquietante cuando participó en las Olimpíadas Matemáticas inauguradas en esa década. El padre, cortador de ladrillos casi analfabeto, autorizó a que fuera a Rosario a estudiar, convencido por sus profesores del secundario. El chico es muy inteligente, le dijeron. Dele una oportunidad, insistieron. Rubén, por su parte, con bastante pánico, se comprometió a estudiar y a trabajar para pagarse el alojamiento en la ciudad. Entró al Banco, y se inscribió en Ciencias Económicas casi al mismo tiempo, como dos actividades afines y complementarias. En eso estaba, tratando de ubicarse con desconcierto en la vida urbana, cuando conoció a Mónica.

Trabajaba en el segundo piso, en el télex. El primer día, ella misma vino a presentarse: soy Mónica, estoy en la oficina de Comunicaciones, soy de la Comisión Interna, cualquier cosa que necesites, llamame al 138. Era dos años mayor que él, estudiaba Historia, lindísima, hablaba mucho y sonreía con toda la cara. Cuando pasaba por la planta baja, se detenía siempre a saludarlo, le preguntaba cosas sobre el trabajo, si se sentía bien en su oficina. Vení a la Asamblea en la Bancaria, esta tarde a la salida, van a ir muchos compañeros, te espero. Siempre lo esperaba, y él iba, claro. Era ajeno a los gritos, las decisiones, las propuestas; lo suyo eran los números y el silencio, pero iba. Era estupendo abandonarse a mirarla cuando hablaba, sabiendo que no llamaba la atención, porque todos estaban haciendo lo mismo. Mónica. Un despliegue de palabras, de seguridad, de certezas. La veía hablando, implacable y unívoca; y deseaba que ella pensara que él compartía sus ideales, que él también tenía esa claridad sin dobleces sobre los caminos a seguir para cambiar la sociedad, para que una patria más justa fuera posible.
Se hicieron amigos. Todo lo que sostenía Mónica era nuevo para él, y hubiera querido emitir opinión de vez en cuando. Empezó a leer, desordenado y voraz; a investigar sobre historia y sociedad, a buscar información sobre autores y temas de los que ella hablaba. Pero pronto se dio cuenta de que, a pesar de las asambleas y de las lecturas, la unidad no estaba en él. Se había acostumbrado tanto a un mundo propio aislado, sin palabras; que le costaba pensar, articular argumentos. Igual, se mantenía cerca, se esperaban a la salida, la acompañaba a la facultad de camino a la suya. Una única vez, cuando se sintió enferma, la escoltó solidario hasta su casa, y grabó el número en la memoria.
Era imposible que una chica así se fijara en él, se decía, pero disfrutaba del afecto que le daba. Su vida había sido sólo estudio y encierro hasta ese momento, pero inventó para ella experiencias que no había tenido, y embelleció las que sí, omitiendo pérdidas y agravios. Era alguien para Mónica. Por las noches, recordaba los almuerzos, las miradas, las bromas, la alegría de ella, enamorada de la vida y de la labor en la que se comprometía confiada. Vamos al barrio este sábado Rubén, con la gente del Sindicato, te paso a buscar por la pensión, fundamos la Casa de la Cultura, ya empezamos con talleres y clases de apoyo. Hay mucho por hacer, vos que sos un genio con los números podés ayudar en matemáticas. Y sí, Moni, voy, si te veo a vos, si te huelo, voy, te acompaño, los sacamos a los pibes de las calles, les damos la merienda, los cuidamos. Vos me miras y estás conmigo, me abrazas de a ratos, me tocás, no necesito nada más que tenerte cerca Moni. Sólo que me sostengas con tu mirada que me dice, compañero, estamos juntos en esta lucha, vamos a cambiar el mundo, y nosotros dos, sembramos miles, y nos multiplicamos con el sueño de todos.
Está a punto de desmayarse en el piso del auto, por la falta de aire. Se siente morir, ya sin esperanza de que eso fuera una pesadilla; cuando se alerta al escuchar su nombre. Así que vos sos Rubén Cicco. Vos sos el chiquito pavo novio de la sindicalista, ¿eh? El pie en la cabeza se hunde más. De nuevo el diminutivo con el que lo llamaban en el pueblo, como ofensa y descripción; pero la frase es una paradoja en sí misma. Un oxímoron decía su profesora de lengua. En la misma oración está la ofensa y el desagravio. Lo más bajo con lo más elevado. Esos hombres que lo humillan piensan que él es el novio de Mónica. Ahora nos vas a decir dónde está tu chica, nos vas a decir o a hacer un mapita detallado de dónde se esconde. Porque vos sos un pibe prolijo chiquito, vas a llevarnos derecho a saludar a la nena gremialista.
No entiende por qué la buscan. Ya la habían echado del banco. Mónica había desaparecido de todos los lugares habituales, por eso había ido a la casa. Se da cuenta de que no debería haberlo hecho. ¿Lo esperaban ahí, o lo seguían? ¿A él lo seguían? Si él no es nadie, ¿cómo conocen su nombre? La buscan a ella y creen que él sabe dónde está porque él es el novio. Esos hombres piensan que Mónica es su chica. Todo va a estar bien, ignora la causa de esa búsqueda, de esa crueldad, pero el tema se aclararía enseguida; le gusta que ellos crean que son novios, se ve que dan esa imagen, alguien lo habría sugerido. Quizás cuando la vuelva a ver tendría que intentar algo, decirle cuánto la ama ¿Mónica se reiría si lo hacía con esas palabras? A lo mejor tendría que decirlo de otra manera, la que fuera, pero, ¿si ella no lo aceptaba y rompía la amistad? O peor, ¿si le tenía lástima? ¿Si ella no sentía lo mismo? Lo cierto es que nunca había tenido ilusiones hasta que escuchó que esos hombres pensaban que Mónica era su chica. Si alguien podía pensar eso, es que era posible.
Controlar la respiración, que el miedo no me arrastre, piensa; tengo que ser fuerte, se alienta. ¿Quiénes son esos hombres, por qué la buscan y le hacen eso a él? Ya se aclararía todo cuando le sacaran la capucha que lo asfixia y pudiera hablar, cuando recuperara el aire y explicara la inocencia de ambos. Y cuando la volviera a ver, la próxima vez que la encontrara, lo iba a intentar. Ella tenía que saber la verdad, se lo iba a decir, eligiendo los pensamientos para que no lo paralizaran. Se conoce y los nervios podrían derrumbarlo, como en las finales de las Olimpíadas. No, ahí no, ahí se equivocó a propósito, le daba miedo salir primero, no sabía por qué. Pero en esta tenía que ganar, la próxima vez que la viera, con las palabras estudiadas o las que le salieran en el momento, se lo diría. Con terror, con locura, con esperanza; sí señor, se lo diría: Moni, estoy muerto de amor por vos.
Publicado en el semanario El Eslabón del 13/09/25
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