Esta mañana me levanté alrededor de las diez; puesto que era sábado, realmente no tenía ningún apuro. Fui hasta la cocina y preparé mi desayuno como usualmente lo hago. Un café con leche y dos tostadas. Fue sólo cuando entró Amelia que me acordé de hacerle su desayuno también—no me puede culpar, ya había perdido la costumbre después de tanto tiempo sin verla. La verdad es que cuando alguien se va, uno lentamente empieza a olvidar lo que era vivir con esa persona.
Preparé otra taza de café con leche, haciendo memoria de cómo le gustaba tomarlo, y le agregué un par de tostadas más. Una vez servida la mesa, me senté en la punta y ella a mi derecha. Cierto, usualmente nos sentábamos uno frente al otro, sólo que ya me había olvidado. Su cara de reclamo fue suficiente para que me cambiara de asiento, quedando así frente a ella. Yo me dispuse a disfrutar mi desayuno, pero ella ni amagó a tocarlo. Suspiré y la miré por un rato, sus ojos apagados me devolvieron la mirada.
Habían pasado casi cuatro años y ella seguía igual, no había cambiado en nada—el mismo cabello rubio, los mismos ojos color miel; era tanto tranquilizante como escalofriante. Aunque, si hablamos de escalofríos, nada supera a la tarde que volví del trabajo y la encontré sentada en el sillón, mirando la televisión como si nada. Como si no hubieran pasado cuatro años. Como si nunca la hubieran atropellado.
No entiendo cómo ni por qué empecé a verla de nuevo. Después del shock inicial, razoné que quizás estaba demasiado cansado, y que estaba alucinando. La ignoré y seguí mi tarde con normalidad hasta irme a dormir. A la mañana siguiente, ahí seguía ella. Fue sólo cuando le pregunté por qué ella estaba ahí, por qué podía verla de nuevo, que me habló también; Amelia me dijo que la razón era obvia, pero no me la explicó, y yo no le insistí. Para ser sincero, me importaba más el hecho de que podía ver y escuchar nuevamente a mi esposa fallecida –lo cual me generaba miedo y alegría a partes iguales– que la razón detrás de eso. Aunque eventualmente comenzó a despertar en mí la curiosidad; quiero decir, no es muy normal ver a tu esposa muerta de la nada cuatro años después de su fallecimiento, por lo que comencé a buscar respuestas.
Primero visité la biblioteca y me hundí entre los libros, esperando que alguno me diera una solución. Casualmente ese día me dejaron quedarme mucho más tarde de lo usual. Nadie me dijo nada así que aproveché y seguí leyendo—aunque en vano, ya que ningún libro decía nada de esposas muertas. Después de decepcionarme con los libros quise buscar ayuda médica. Saqué turno con mi médico de cabecera por el sitio web pero cuando fui y traté de explicarle lo que pasaba, con la esperanza de encontrar una explicación, simplemente parecía no ver el problema, y eso que él siempre tenía algo para decir. Incluso intenté probar suerte con la terapia, que a mí nunca me había gustado, pero ningún psicólogo me dio respuesta alguna.
Estaba completamente solo en esto… Bueno, claro, solo no; con Amelia.
A Amelia parecía realmente no afectarle mucho mi dilema—a veces incluso pensaba que le parecía gracioso. Por supuesto, eso no era así; ella siempre había sido la mujer más cálida y dulce que había conocido, aunque ahora esa calidez se hubiera esfumado.
Seguía diciéndome que no le dé tantas vueltas al tema, y tras las miles de veces que me insistió, terminé haciéndole caso. La verdad es que tenía razón. ¿Por qué me hacía tanto problema? Acá lo importante era que podía ver a Amelia tras tanto tiempo sin ella, tras haberla llorado y extrañado tanto, ¿y yo quería encontrarle la razón? ¿No dice el dicho que no hay que buscarle la quinta pata al gato? Y yo definitivamente la estaba buscando, por lo que decidí dejar de tratar de encontrar una explicación y simplemente disfrutar el tiempo con Amelia.
La muerte te hace ver las cosas de manera distinta; yo ahora sentía que tenía todo el tiempo del mundo, con ella a mi lado.
Una vez, recuerdo, salimos juntos a un restaurante a cenar. La comida allí se veía exquisita, el aroma en el lugar llenaba nuestras narices y el murmullo constante de la gente me hacía sentir más vivo que nunca, como si jamás en mi vida hubiera disfrutado así. Lástima que tras un buen rato de esperar sentados en la mesa, nadie nos atendió, por lo que decidimos renunciar a la cena.
Tras irnos le pregunté a Amelia si ya quería volver a casa, a lo que me respondió que le apetecía dar un paseo por el parque conmigo, apelando a que había pasado mucho tiempo desde la última vez, lo cual era más que cierto. La idea de pasear por el parque de noche era algo que jamás en mi vida hubiera aceptado, puesto que siempre me gustó estar puertas adentro cuando la luna asoma; uno nunca sabe qué lo puede estar acechando entre las sombras. Esta vez, sin embargo, sin mucha vacilación acepté. Quería volver a ver su sonrisa cuando proponía un plan y yo lo aceptaba, y para ser sincero, la idea de pasear bajo las estrellas no despertó en mí temor alguno, y en cambio me llenó de una enorme paz; casi como si supiera que nada podía dañarnos esa noche. Como si supiera que nada podía tocarnos.
El paseo fue tranquilo. En el parque había poca gente, y parecían mayormente no reparar en nosotros. Aproveché para observar algunas flores que adornaban el lugar y admirar su vitalidad; incluso en la oscuridad se apreciaba su brío. Admiré también a Amelia, quien se veía igual de bella que siempre, y me juré, ahora que se me había presentado esta oportunidad, apreciar su presencia junto a mí durante esta nueva eternidad.
La caminata lentamente nos guió de nuevo a casa, donde en vez de irnos a dormir, ya que no sentíamos cansancio alguno, nos subimos a la terraza y nos sentamos cerca de la baranda para apreciar un poco más la noche.
—Extrañaba vivir —la voz de Amelia rompió el silencio. Yo me quedé callado, inseguro de mis palabras.
—Pero no estás viviendo —contesté, tratando de no sonar insensible. Su risa me relajó, pero también me dejó un sabor amargo.
—Ya sé, pero finjo que lo hago —se giró para mirarme y yo hice lo mismo, y sentí que ambos estábamos viendo más allá de las corporalidades, viendo nuestras almas—. ¿Y vos? —Preguntó—. ¿Vivís o fingís?
Su pregunta me dejó pensativo y más frío de lo que ya estaba. Vivir o fingir que vivís. No supe realmente qué contestarle a esa pregunta en ese entonces, ni tampoco supe hacerlo esta mañana. Quizás, durante todo este tiempo, fingí tan bien que vivía que me lo terminé por creer.
Continué mirando a Amelia por unos momentos más, viendo también nuestros desayunos prácticamente intactos, cuando de repente escuché unos golpes en la puerta, seguidos de gritos. Todo sonaba muy desesperado, casi en pánico. Me acerqué a la puerta y quise abrirla, pero sólo se abrió cuando la persona del otro lado forzó la cerradura. Era mi hermana, Daniela, con lágrimas en los ojos. Le pregunté por qué lloraba pero pareció ignorar mi presencia, y la de Amelia también. Detrás suyo entró su esposo y un par de amigos que teníamos en común, todos muy conmocionados, llorando mi nombre.
Quise calmarlos pero ninguno de ellos me escuchó, ninguno me miró. Empezaron a buscar algo frenéticamente por toda la casa mientras seguían llamándome, y por más que les respondiera no me oían. Amelia se me acercó y me puso una mano detrás del hombro antes de mirarme y negar con la cabeza.
—Dejalos, no te van a escuchar. Yo ya pasé por esto cuatro años atrás.
Ni siquiera tuve tiempo para procesar sus palabras ya que su voz fue prontamente tapada por el desgarrador grito de mi hermana, proveniente de mi pieza. Cuando me asomé, la vi llorando de rodillas junto a mi cama. Agarraba con fuerza la mano del cuerpo inerte que ahí se encontraba, con mi misma vestimenta y mi misma cara, rodeado de frascos de pastillas vacíos.
Me sentí mareado, estupefacto. En un débil intento por negar la evidente realidad me giré para ver mi reflejo en el espejo de la pared de fuera de mi habitación, pero lo único que pude ver fue el cuadro de la pared detrás mío.
Me giré para ver a Amelia, y mi ansiedad se encontró con su calma. Me ofreció una sonrisa que, si aún tuviera mi cuerpo, me hubiera hecho temblar. Resignado como a quien la muerte lo toma por sorpresa, desprotegido a pesar de haberla llamado, me acerqué a ella y la abracé. Era la única que podía verme aún, incluso si sólo veía mi alma.
Publicado en el semanario El Eslabón del 04/10/25
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