Encontrar algo que entusiasme, que agite el alma, que provoque ganas de activar, no es de lo más común en esta etapa. Es cierto que hay personas mas emotivas que otras, que hay quienes se dejan llevar por la belleza, que tienen un ojo clínico para encontrar placer en los acontecimientos más simples de la vida. Sin embargo, quienes tenemos una visión social, colectiva e inclusiva no la pasamos bien ante la realidad que nos rodea. Eso no nos impide militar, aportar a un proyecto colectivo –o a muchos– tener ganas de seguir construyendo un futuro mejor, comunitariamente. Hacernos cargo de la contradicción de saber que hay que ocuparse de lo personal pero también de lo social nos permite tener una visión más amplia, aunque a veces esa conciencia, ese conocimiento nos genera muchísima impotencia.

Nos sentimos muy chiquitos ante un enemigo al que le gusta mostrarnos todo el tiempo lo insignificante que somos, que se ríe de nuestras precarias formas de organización. Sin embargo, hemos sabido borrarle la sonrisa socarrona. En las grandes movilizaciones que sucedieron a lo largo de nuestra historia, en los momentos en los que el pueblo dijo presente en las calles, cuando la espontaneidad generó organización, al poder real se le borró la sonrisa. Cuando tiene miedo manda a matar, a encarcelar, a golpear y, sobre todo, a sacarle lo que tienen a los trabajadores de por sí empobrecidos. 

Hay que buscarse en la plaza, marchar juntos, sentir esa marea humana que podría arrastrar al Monumento los cincuenta metros que lo separan del río para ponerlo a navegar, para rendir homenaje a quienes construyeron hitos colectivos, como el mismo Belgrano. A esos tipos que resaltó la historia oficial para no tener que nombrar a los mulatos, a los indios, a los criollos que formaron las tropas de liberación nacional. Esas batallas, esos próceres y esas fechas que pareciera que son los únicos hechos dignos de ser contados, sin sus protagonistas colectivos, ocultando los movimientos, sin una caracterización de los rasgos oscuros de sus soldados y dibujados blancos y de uniformes impecables por Billiken. 

Eso que nos piden, que seamos emprendedores, empresarios de nuestra propia miseria, silenciosos ante las autoridades y odiadores ante los pobres, es el ticket de entrada a la sociedad shopping. Debemos mostrar idoneidad a la hora de ser alcahuetes. Tenés que demostrar que podés dejar abandonado en la puerta a tu hermanito con síndrome de down, a tu abuela que está postrada, a tus amigos que son vagos, todas las relaciones afectivas tienen que estar reguladas por el interés económico. En todas las historias tiene que haber reciprocidad instrumental, el otro nos tiene que servir para algo. Ahí quedan afuera las relaciones de cuidado. Esto le sucede tanto a las personas en condiciones de cuidar como a las que deberían ser cuidadas. El abandono se naturaliza por todos. El trabajo justifica la ausencia a los acontecimientos. El lucro impregna las relaciones sociales de una manera solapada. 

La hipocresía del poder real, impuesta a sangre y fuego, se trasladó a los manuales de las escuelas. Así fue que dejamos pasar la oportunidad, cuando tuvimos el poder, de dar una batalla simbólica a futuro. Ahora que nos vuelve a gobernar la derecha nos damos cuenta de que ellos no tienen escrúpulos a la hora de propagandizar el racismo, el negacionismo, de promover la violencia y de atacar a las mujeres. En lugar de asombrarnos, de enojarnos, de ofendernos ante lo obvio de sus acciones, necesitamos pensar, planificar cómo avanzar rápidamente en todos los frentes. Es imperativa la participación popular, ya cometimos demasiados errores dignos de tecnócratas, por no escuchar a las clases populares.

El freno de mano está puesto, intentamos avanzar igual, pero estamos frenados por la propia sensación de que todo lo que hacemos es vano. Evaluamos la militancia en todos sus niveles con los parámetros de la productividad. Porque militamos las relaciones sociales, las relaciones familiares,  el afecto, militamos sindicalmente en el laburo, militamos socialmente en política. Evaluamos todas esas militancias desde los parámetros del enemigo. Cuantificamos, queremos resultados ya, no entendemos los procesos naturales y queremos eficacia y eficiencia en los afectos, queremos equilibrio y estabilidad en el amor, y nunca tenemos tiempo.

El acontecimiento se construye, se deja madurar, se atiza, se fortalece y se desarrolla en el tiempo, no es automático. Se madura, se siente, se cuida, se riega. Es momento de mirarnos al espejo con cariño, de dejar de pedirnos más a nosotros mismos y exigir condiciones dignas de existencia. Es tiempo de salir a militar lo urgente, de salir a pedir el voto para ganar, pero no se termina ahí. Sabemos que quien hoy nos abraza en campaña mañana no nos atiende el teléfono. El poder también se ejerce dentro de las organizaciones populares. No es de otro modo de lo que el poder real nos impone, aún así, hay que encontrar los modos de exigirles que respondan al mandato popular. 

Recordar que tenemos una historia que fue construida en base a hitos y acontecimientos. Que tenemos una mitología hermosa de bandidos rurales, de anarquistas justicieros, de organizaciones de liberación, obreras, populares, de pobres que pelearon y consiguieron cosas, que ganaron luchas que universalizaron derechos. Tenemos un pueblo que espera ser convocado, que necesita que lo inviten, que ha sido muy vapuleado por el neoliberalismo, que le hizo entregar lo más preciado –la vida de sus hijos– a cambio de espejitos de colores. Porque hoy en los barrios los pibes no tienen expectativas de vida.

El peronismo hoy le habla a una clase media gorila rogándole el voto. Hay que bancarse los cachetazos de la clase trabajadora y popular a la que decidimos históricamente representar. Porque la clase media no exige derechos, es tibia y timorata, sólo apoya cuando le tocan el bolsillo, tiene miedo a que los ricos le den la espalda. Convocar al pueblo, dejar de tenerle miedo, escuchar lo que dice de sus necesidades y de las miserias a las que son expuestos, es el primer paso para volver a entender el sentido más profundo de la justicia social. Es poder volver a pensar en construir una patria, es poner en duda las bondades del sistema, es construir un humanismo a la medida de nuestro pueblo, es rendirles un homenaje profundo a los descamisados, a los cabecitas negras, a los que tienen lo que hay que tener para meter las patas en las fuentes de la oligarquía.

Publicado en el semanario El Eslabón del 18/10/25

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