Yo no sé, no. Recién había pasado la mitad de octubre y Manuel había vuelto a la vida. Venía de rescatar al Vicki –su perro– de la perrera. Llegó justo, se puso a llorar y consiguió que se lo den sin pagar la multa. Si pasaba un día más, el Vicki era boleta.
Carlos y Raúl rescataron a la yegua, la Morocha, que se la estaban llevando los arrieros. La agarraron antes de que la subieran al camión municipal, porque después ¡andá a sacarla!, decían. Tendrían que pagar una multa tremenda.
José rescató por esos días a un imprudente: un flaco que no sabía nadar y se mandó al lado de la Florida en la Rambla. No hacía pie, y el loco subía y bajaba, subía y bajaba. Cuando lo vio José, no lo pensó y se zambulló al rescate. Al rato, en las arenas de la rambla, la cara del tipo parecía como si hubiera vuelto a nacer.
Tiguín había rescatado la moto que se querían llevar los inspectores por ruidosa, justo a la hora de la siesta en Lagos y 24. Tiguín se puso a llorar, a explicarles que él era mecánico y que la estaba probando. Al final lo perdonaron y no se la llevaron.
Graciela rescató un paraíso que tenía enfermo en la esquina de la casa, por Iriondo. “Este paraíso tiene mi misma edad, y ahora se está enfermando y parece que se va morir. Yo tengo que rescatar sus ramas y sobre todo esa sombra bajo la que viví cosas maravillosas”, decía. Y fue por un mejunje que lo zafó de la enfermedad.
Mónica y Juanca vinieron con la noticia de que habían rescatado un gatito allá por Crespo, pegado a la vía. A una señora se le había subido el gato al árbol y hacía horas que lloraba sin poder bajar. La Mónica se trepaba a cualquier árbol, y más para el rescate, y con la ayuda del Juanca lo bajaron. La señora se puso re contenta, les dio unas tortas fritas y les dijo: “Mañana sábado vengan que les hago más”.
Isabel y Tamba rescataron un hornero que había construido su casita hacía años y que corría peligro por una poda imprudente. Lo alcanzaron a cambiar de árbol en medio de los hachazos, ahí en Quintana y Vera Mujica, y permitieron que siguiera siendo eterno.
Juancarlito y Pií rescataron una vieja pelota que estaba en el patio de Doña María, atrás de un helecho. Doña María siempre nos devolvía la pelota, pero se había empeñado en sancionarnos y dijo que la iba a tener secuestrada dos semanas. Entonces Pií y Juancalito, en una operación comando, saltaron y la rescataron. No podíamos aguantar dos semanas sin la pelota.
El viernes, la pequeña Susi se vino contenta porque había rescatado un short que la madre se lo había secuestrado porque decía que era muy chica para andar mostrando tanto.
El sábado, pasaditas las primeras horas de la tarde, nos fuimos para la plaza Galicia porque nos enteramos de que la Municipalidad iba a sacar los juegos que más queríamos: la hamaca, el tobogán, el subibaja y una pequeña calesita. Todo para agrandar la plaza. La única forma era hacer acto de presencia y patalear. Hicimos correr la bola y vinieron los del fondo y hasta algunos de barrio Triángulo, porque era una placita linda, convocante. Pasó un tipo que peinaba canas, que parecía que iba a la fábrica de Acindar, y nos preguntó: “Muchachos, ¿por qué se están juntando todos?”. Pedro le respondió: “Vamos a la plaza a juntarnos y rescatar lo que más queremos”. El tipo tardó un poquito en contestarnos, y murmuró: “Igual que nosotros… igual que aquel 17”. Apenas logramos escucharlo.
Algunos estábamos comiendo tortas fritas del rescate del gato y el tipo se volvió hacia nosotros y dijo: “Es lo mejor que pueden hacer. Lo mejor es juntarse e ir a la plaza por el rescate de lo más querido. Lo más querido personal, y lo más querido de todos”.
El tipo se fue silbando. A algunos les pareció que se fue silbando la marchita. Nosotros nos fuimos a la plaza y pensamos que los juegos ya estaban rescatados.
Publicado en el semanario El Eslabón del 18/10/25
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