En Rosario, cada bocinazo, cada frenada a último momento y cada giro sin señalizar forman parte de una sinfonía urbana que nadie escucha con sorpresa. En esta ciudad, los siniestros viales no son una excepción: son parte de la rutina. Pero detrás de cada choque, más allá de la chapa abollada o la moto caída, hay una historia que se rompe. Y eso es lo que no estamos viendo. 

Hablar de accidentes de tránsito es quedarse corto. Lo que vivimos es una crisis social, una expresión cotidiana de la anomia, ese estado en el que las normas existen, pero nadie las cumple, y lo que es peor, nadie espera que se cumplan. Como describe el jurista Carlos Nino, la anomia es el resultado de una cultura donde la ley está en el papel, pero no en la conciencia de las personas. Y eso se ve todos los días en las calles rosarinas. 

Manejar sin licencia, pasar un semáforo en rojo, no respetar dicho cartel “PARE” o “Ceda el paso”, circular sin casco, usar el celular al volante, estacionar donde no se debe. Todo eso se hace con naturalidad. Porque no hay consecuencias, porque “todos lo hacen”, porque “no pasa nada”. Así, la anomia social se vuelve cotidiana, visible, peligrosa. Se instala una lógica del “sálvese quien pueda” que va mucho más allá del tránsito: es un espejo de cómo estamos funcionando como sociedad. 

Pero el impacto no se limita al momento del choque. Los siniestros viales dejan mucho más que daños físicos. Hay personas que sobreviven, sí, pero con secuelas de por vida. Hay familias que deben reorganizar sus vidas, su economía, su tiempo, sus afectos. Padres que ya no pueden trabajar, hijos que abandonan la escuela para cuidar a un familiar, tratamientos médicos eternos que el sistema de salud no cubre. 

También están los daños materiales, que muchas veces se minimizan, pero pueden arruinar por completo el día a día de una persona o una familia. Una moto rota no es sólo una moto: es el medio de trabajo de un repartidor, el transporte de una madre soltera, el único modo de llegar al colegio o al hospital. Un auto destruido puede significar deudas, pérdidas laborales, angustia, trámites interminables y una sensación de injusticia que se acumula. 

La mayoría de los siniestros viales en Rosario son protagonizados por conductores jóvenes, especialmente entre los 18 y 30 años. No se trata de estigmatizar, sino de entender. Muchos de ellos crecieron sin recibir una verdadera formación vial. Nunca se les enseñó que respetar una norma no es una opción, sino un compromiso con la vida ajena. A esto se suma la presión social, el consumo de alcohol, la velocidad como sinónimo de audacia, y una cultura que minimiza el riesgo y glorifica la transgresión. 

Pero además de los errores humanos y culturales, hay un actor muchas veces ignorado: el factor vial. Y es imposible hablar del problema sin señalar que la infraestructura urbana de Rosario no acompaña la seguridad. Las calles están plagadas de baches, los semáforos funcionan mal o están fuera de servicio durante semanas. La señalización horizontal es casi invisible en muchas avenidas. Las sendas peatonales están borradas. Los carriles exclusivos no están bien delimitados. La iluminación es insuficiente en muchas zonas. Y hay esquinas peligrosas que todos conocen, pero que nunca son intervenidas.

¿Qué mensaje transmite una ciudad que no cuida su espacio público? Que las reglas se pueden romper, que el desorden es normal, que el que tiene más fuerza (o más motor) se impone. En ese sentido, los factores viales son parte activa del problema, porque crean un entorno que favorece el caos y desincentiva el cumplimiento de las normas. 

Y mientras tanto, el Estado está ausente. Las campañas de concientización son escasas o simbólicas. Los controles de alcoholemia o documentación son esporádicos. Las sanciones, cuando existen, son débiles o terminan en la nada. La burocracia y la falta de seguimiento convierten a las víctimas en luchadores solitarios frente a un sistema sordo. 

Frente a este panorama, una respuesta posible es el manejo a la defensiva. Manejar como si el otro fuera a equivocarse. Como si el semáforo pudiera fallar. Como si el peatón no supiera cruzar. Porque muchas veces es así. La conducción defensiva no es miedo: es conciencia. Es anticiparse, reducir riesgos, poner la vida –la propia y la ajena– por encima del apuro o la costumbre. Es una forma de recuperar algo que la anomia nos quitó: la empatía. 

Los siniestros viales no son sólo el resultado de una mala maniobra: son el síntoma de una sociedad que perdió el respeto por la norma, por el otro y por el bien común. Y si no enfrentamos esa anomia con políticas públicas serias, con educación desde las escuelas, con infraestructura segura y con un control sostenido, el tránsito seguirá siendo una trampa diaria. 

La solución no es sólo castigar más, sino construir una nueva cultura vial, que ponga en el centro el cuidado, la responsabilidad y el respeto. Rosario no puede seguir naturalizando que sus calles sean escenarios de dolor. Necesitamos recuperar la idea de que las normas no están para limitar la libertad, sino para proteger la vida. 

En una ciudad atravesada por la anomia, manejar bien no es sólo una habilidad: es un acto de responsabilidad social.

Publicado en el semanario El Eslabón del 24/10/25

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Un comentario

  1. smash karts

    17/11/2025 en 1:15

    Conducir en nuestra ciudad se ha convertido en una experiencia que mezcla paciencia, estrategia y una buena dosis de nervios de acero. Aunque desplazarse en automóvil es una necesidad cotidiana para miles de personas, el viaje diario puede transformarse rápidamente en un reto debido al tráfico intenso, la infraestructura limitada y los comportamientos imprevisibles de muchos conductores.

    Responder

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