Mónica, por esos días, estaba estudiando el origen de las civilizaciones. Iba más adelantada que nosotros y le gustaba la historia. Estaba empeñada en saber si en aquella China había distintas tribus con identidades diversas o si era una sola.
Isabel, por otro lado, estaba contenta con un disco de Domenico Modugno, un long play. Quería saber el origen de Domenico y la identidad de una canción que le gustaba mucho porque en el último asalto que hicimos le fue bien cuando hicieron las lentas: consiguió un novio cuando todos empezamos a apretar. La canción era La distancia es como el viento.
Manuel, que venía del médico de la asistencia pública, quería saber el origen del catarro que tenía. Quería saber si la casa tenía tanta humedad, porque la doctora le dijo que era producto del frío y la humedad. Y quería saber si le iba a durar para siempre, si iba a formar parte de su identidad o tendría que cambiarse de casa.
El Huguito se planteaba el origen de los colores. Mirando el televisor blanco y negro, y sabiendo que había otros colores, decía: “En un tiempo lejano, en el deporte, si no había colores, ¿cómo se identificaban? ¿Qué identidad tenían los cuadros?”, se preguntaba mientras moqueaba y se le mezclaba un líquido blanco con otro medio verde que le salía de la nariz. Y alguien le dijo: “Había dos equipos: uno con moco blanco y otro con moco verde”. Y el Huguito se la creyó.
Juancalito le dijo a Graciela que el bordado que se había hecho en la minifalda la iba a destacar en casi todos los bailes. La minifalda estaba buena, pero más buenas estaban las piernas de Graciela. Igual, el bordado era especial. La iban a identificar, seguro.
La Eva aparecía siempre que estábamos bailando cumbia, haciendo unos pasitos. “Para mí el origen de todo es el baile”, decía. “A mí me identifica esta cumbia, esta que está sonando”. Escuchábamos que sonaban Los Wawancó o el Cuarteto Imperial, y veíamos las patas de la Eva que se movían para un lado y para el otro. “Esa música me identifica”, decía.
Tiguín se planteaba sobre el origen de la rueda. ¿Cómo habrá sido la civilización antes de la invención de la rueda? Para él, un mundo sin bicicleta, una civilización sin bicicleta, una tribu sin bicicleta, no tenía identidad.
José, con un moncholo en la mano porque venía de pescar, decía: “A Rosario, lo que más la identifica en la costa es lo que abunda. Y lo que abunda es el sábalo. Así que no me vengan con peces maravillosos. La costa de Rosario se identifica por el sabalaje”.
Carlos y Raúl pelaban los documentos, la cédula de identidad. Uno había salido con flequillo. El otro había vencido al pelo duro y se había hecho un jopo. “La identidad nuestra es que somos hermanos, pero uno va a tener la identidad de los jopos y el otro la de los flequilludos”, decían.
La Laura decía que se iba a sacar una foto en el barrio que más quería, en el tejado de algún chalecito de barrio Acindar y que esa iba a ser su foto de identidad.
La pequeña Susi le dijo a Pedro: “No se me va el miedo, no se me va la cara de miedo”. Es que la pequeña Susi, esos días, había vuelto a ver por Canal 7 la repetición de El muñeco maldito, de Narciso Ibáñez Menta y hacía dos días que le duraba el susto. “Voy a ir a un cumpleaños, me van a sacar una foto y me van a identificar como la pibita que está asustada”. Pedro le dijo: “Sonreí, Susi. La sonrisa te identifica. Calmate y sonreí”.
El sábado a la madrugada, volvíamos de una escapada en el Club Echesortu. Había un festival de cumbia. Entrar no fue mucho problema, pero a la vuelta tuvimos que volver caminando porque casi ninguno traía documento. Y el que traía era menor. La policía subía a los colectivos pidiendo documentos, pidiendo que nos identifiquemos, y para no tener problemas, nos volvimos a pata.
Ya llegando, cerca del barrio, cuando vimos las chimeneas de Acindar nos quedamos tranquilos. A la Susi le vino la sonrisa de oreja a oreja. A Manuel se le fue el catarro y le desaparecieron los mocos de la cara.
Estaba amaneciendo y sabíamos que no necesitábamos documentos. Éramos originarios del barrio. Teníamos la misma identidad, la de esas calles, esas casas, esos techos. Estábamos tranquilos, porque estábamos en el barrio que tenía nuestra propia identidad.
Publicado en el semanario El Eslabón del 24/10/25
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Crazy Cattle 3D
24/11/2025 en 6:45
Si te refieres a Mariaca Semprún y su homenaje Soy Puro Teatro, entonces sí: esa música es maravillosa porque mezcla pasión, teatralidad y tradición latina de una forma poderosa. Cada interpretación está cargada de sentimiento, como si la historia de cada canción volviera a nacer.