El “fin del kirchnerismo” no deja de decretarse, pero sigue sin verificarse en las urnas, en las que el reagrupamiento gorila en favor de los libertarios fue una de las novedades más salientes.
Entre tanta profusión de evaluaciones superficiales, apocalípticas y sesgadas por el gorilismo comunicacional exacerbado, los datos surgidos de las recientes elecciones legislativas pueden abordarse desde otras miradas que sustentan otras conclusiones válidas, como la que da cuenta de la vigencia política del peronismo en tanto eje del movimiento nacional y popular enraizado en la historia argentina. Es que así como es cierto que fue la más votada y obtuvo más apoyo del esperado, también es real que respecto del 2023 la alianza que apoya al gobierno nacional perdió mucho más caudal electoral que su principal fuerza opositora, a la que sin embargo se pretende presentar como la gran perdedora de la jornada del 26 de octubre pasado.
Si el 40 por ciento del oficialismo contra el 34 por ciento del peronismo significa que esta vez “arrasó Milei”, qué podría decirse del balotaje de hace dos años, cuando el candidato libertario se alzó con casi el 56 por ciento contra el 44 y chirolas de su adversario.
Si ahora que el oficialismo nacional se impuso en 15 distritos se afirma que “el país se pintó de violeta”, qué podría decirse de aquel 2023 en el que sólo perdió en 3 provincias.
Similares lecturas caben si se pone el foco en la provincia de Santa Fe y en el departamento Rosario, donde vale además analizar lo sucedido el 26 de octubre como cierre de un año electoral que fue el más largo de todo el país.
En la provincia de Santa Fe, el oficialismo violeta pasó del 62 por ciento de los votos en la segunda vuelta de las presidenciales de 2023 al 40 por ciento en las legislativas nacionales de este año. La caída fue bastante menor en el caso del eternamente moribundo peronismo: del 37 al 28.
Respecto de su 32 en las generales nacionales de hace dos años, el 40 por ciento de los libertarios sí es un crecimiento; y el declive del peronismo es del 29 al 28. Después, los actores de entonces no son exactamente los mismos de hoy por hoy, pero bien puede emparentarse al actual Provincias Unidas y su 18 por ciento con aquellos casi 30 puntos acumulados por los por entonces desunidos Juntos por el Cambio, con Patricia Bullrich como candidata (24 por ciento); y Hacemos por nuestro país, con Juan Schiaretti al frente de las boletas (6 por ciento).
En el cotejo con las elecciones para cargos provinciales de este año, el oficialismo provincial vuelve a ser el más declinante. En la puja por convencionales constituyentes la boleta encabezada por Pullaro logró algo más del 34 por ciento, superando con amplitud a las que encabezaron Juan Monteverde y el libertario Nicolás Mayoraz, con el 15 y el 14 por ciento respectivamente. Ahora, con menos actores en disputa, el 28 por ciento de la lista liderada por Caren Tepp parece haber contenido a los votos que habían respaldado para las constituyentes a Marcelo Lewandowski y Roberto Sukerman y sumado algunos extra, que no alcanzaron para prevalecer por el reagrupamiento del voto antiperonista, en el que los sicarios de la Casa Rosada prevalecieron por sobre los de la Casa Gris y también por sobre los del Palacio de los Leones.

En Rosario los devenires de las fuerzas en pugna vienen siendo en el mismo sentido. Parece que no hay Nicki Nicole que valga para reanimar el pulso electoral del oficialismo municipal provincializado. Como el gobernador Maximiliano Pullaro, el intendente Pablo Javkin seguramente bajará los decibeles de las diatribas contra “los porteños que no laburan y se levantan a las 10 de la mañana”, que parecen ser los preferidos de los esforzados “gringos del interior productivo que trabajan de sol a sol” a los que tanto salamearon en la campaña.
En cuanto al futuro, el frente entre el Partido Justicialista y Ciudad Futura no parece menos posicionado que sus adversarios en territorio santafesino. Incluso si LLA y Provincias Unidas-Unidos llegaran a un acuerdo y el todavía latente escenario de tercios se desdibujara más, las posibilidades de ganar la Gobernación y la Intendencia se sostendrían, sobre todo si volviera a contarse con la herramienta de las Paso, que permitiría definir matices y resolver desavenencias políticoconyugales dentro de un frente que podría ampliarse, tanto por el lado de los microperonismos ofendidos, enojados o heridos como por el de las izquierdas y el progresismo. A menos que se piense que el mileinato es como la pandemia, “que esto vino para quedarse” y chau tu plata, no debería descartarse que hasta radicales y socialistas hoy sometidos al belicismo gorila martillador de cajones revean su postura.
La baja participación ciudadana y la volatilidad de los resultados de los sucesivos comicios son otro marco a tener en cuenta. Lo enfático y tendencioso de las adjetivaciones de los “principales títulos de la jornada electoral” tiene cada vez menos anclaje con la rigurosidad informativa y cada vez más audiencia cautivada.
Lo de “arrasó Milei” se asume como síntesis de la que se parte incluso en medios y comunicadores que no responden directamente a la propaganda oficial. Lo de “dura derrota del peronismo” inicialmente permea hasta en espacios y actores de la comunicación que defienden la misma camiseta.
Por lo pronto, no se trata de negar los resultados adversos. Sí, de advertir que esos resultados no alcanzan para certificar la certeza de simplificaciones y reduccionismos cuya falsedad no deja de evidenciarse. “El fin del kirchnerismo” se viene sentenciando desde el 2009, pero el ataúd que siempre están a punto de cerrar sigue vacío.
Publicado en el semanario El Eslabón del 01/11/25
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