El experimento Javier Milei apunta a reconfigurar la sociedad argentina para convertir el país en colonia. Para lograrlo, necesita tergiversar y borrar la historia, romper los lazos sociales y entronizar el individualismo, la violencia cobarde y el odio.
Es difícil perder y no terminar de entender los motivos. Aquí el término “perder” no tiene un sentido individual-individualista, ni pertenece al universo que divide ganadores y perdedores con criterios mercantiles. Se refiere a perder derechos, al retroceso civilizatorio, a la entrega de un país, a la destrucción de los lazos sociales que constituyen una sociedad organizada.
La emergencia y permanencia del experimento Javier Milei es como un texto que resulta, por ahora, difícil de descifrar. La palabra “texto” proviene del latín y significa tejido o entramado. Todavía no conocemos la cantidad de hilos, ni su resistencia. Ni la técnica de tejido, o sea la lógica interna con que cada parte contribuye al todo y se sostiene.
Llamen a Dan Brown. No conocemos el Código Milei. Pero es cuestión de tiempo, aunque es imposible inferir cuánto. Es un complejo experimento social, tiene sus propios tiempos. Y muta en forma permanente, de acuerdo a un número indeterminado de variables.
Además, forma parte de un fenómeno global: el avance del pensamiento de derecha y ultraderecha. Y de un clima de época dominado y moldeado por la especulación financiera, que es el avatar más inmaterial, inasible y arrasador del sistema capitalista.
Tampoco resulta sencillo discernir qué parte del fenómeno tiene que ver con la pertenencia a ese conjunto global, por un lado, y qué características específicas adquiere en el contexto social, político, económico y cultural de la Argentina de hoy, por el otro.
Refundación y mesianismo
La reconfiguración de la memoria histórica es una de las condiciones de posibilidad del crecimiento de las ultraderechas en el mundo. Por eso estas posiciones extremas se presentan como refundacionales, mesiánicas, destinadas a producir un quiebre que derribe lo anterior. Y para eso, necesitan imponer una narrativa que acomode el pasado a sus intereses. Las derechas atacan la memoria histórica para justificar, reivindicar o negar genocidios pasados, presentes (Gaza) y futuros. Necesitan borrar la historia, además, para poder repetir las mismas fórmulas y procedimientos, los que vienen utilizando hace siglos, para explotar a las mayorías y concentrar las riquezas en cada vez menos manos.
De esto, entre otras cosas, se trata la batalla cultural. No sería posible Javier Milei sin una exitosa y bien financiada operación, en lo cultural, que rompa los lazos sociales, cambie de signo valores fundamentales de una sociedad organizada, y convierta en virtudes el individualismo extremo, la violencia cobarde y el odio.
Milei reivindica el genocidio perpetrado por el terrorismo de Estado de la última dictadura cívico- militar. Intenta desmentir las evidencias históricas, los hechos del pasado, la construcción colectiva de una buena parte de la sociedad, para construir una narrativa falsa en la que ocupe el lugar de un supuesto Mesías. Y este es apenas un ejemplo de las operaciones perpetradas contra la memoria colectiva: su relato falaz intenta reescribir la historia de la Argentina, y hasta del mundo. Cuando la verdad no importa, todo es posible (o al menos decible). Milei corrió el límite de lo decible en el discurso social de la Argentina.
Al igual que su patrón, el presidente de Estados Unidos Donald Trump, el mandatario argentino es uno de los exponentes del cinismo y la brutalidad de las ultraderechas. De la desfachatez obscena y burlona del poder real y sus ejecutores. No es sinceridad brutal (la sinceridad le es ajena, mienten siempre), es otra forma de violencia simbólica.
La violencia simbólica de los insultos y las bravuconadas de Trump y su psycho-groupie Milei son rasgos fundamentales de sus políticas, cuya crueldad inhumana (en lo real, fuera de lo simbólico) subyuga subjetividades arrasadas.
Reconfigurar la sociedad para convertirla en colonia
Atacar la memoria colectiva, y despreciar no sólo la verdad, sino el orden simbólico todo, son las condiciones de posibilidad para poder sostenerse y cumplir con la tarea de reconfigurar la Argentina hasta convertirla en una sociedad colonial.
Uno de los principales teóricos del genocidio en América Latina, figura clave en el estudio de la memoria, el negacionismo y el terrorismo de Estado, Daniel Feierstein, redefinió el concepto de genocidio más allá del exterminio físico, incorporando dimensiones simbólicas, identitarias y sociales.
Feierstein propone una definición ampliada del genocidio como una práctica social orientada a “destruir la identidad de un grupo”, no necesariamente mediante el exterminio físico, sino a través de mecanismos de terror, disciplinamiento y reorganización social. Afirma que la base de la definición de genocidio es el intento de transformar la identidad de un pueblo a través del terror.
“El genocidio no es sólo la eliminación física de un grupo, sino la destrucción de sus relaciones sociales, sus prácticas culturales, sus formas de vida”, señala en su libro Introducción a los estudios sobre genocidio, publicado en 2016.
Su definición de negacionismo no sólo se ajusta al que ejerce Milei, sino que deja claro que es una de las claves de la batalla cultural de la ultraderecha, que combina la violencia física, con la simbólica.
Para Feierstein, el negacionismo es una forma de “violencia simbólica” que busca borrar, relativizar o justificar la destrucción del otro (El genocidio como práctica social, 2007). Y la relación de Milei con los otros, la otredad, la alteridad, aclara muchas cosas sobre este punto.
El autor advierte que el negacionismo puede mutar en formas más sutiles, como la banalización, la descontextualización o la equiparación de víctimas y victimarios. Todas manipulaciones muy utilizadas por las ultraderechas.
Cambiarle el sentido al pasado
Para Feierstein, la memoria no es sólo recuerdo, sino “reconstrucción activa del sentido del pasado”. Propone una “memoria crítica” que permita comprender las lógicas del genocidio y prevenir su repetición. La ultraderecha lucha para lograr, a través de la violencia simbólica y la violencia física, que esa reconfiguración deje de estar en el terreno de la sociedad, los organismos de derechos humanos, los feminismos, y otros colectivos militantes. Todo el poder al mercado.
Es claro que Milei pretende arrebatarle a la sociedad el poder de realizar esa reconfiguración. Lo que significa entregarles cada vez más poder a las finanzas y las corporaciones, siguiendo las instrucciones de Estados Unidos.
La batalla cultural es un campo de disputa política, y en ese contexto la memoria resulta un elemento central, entre otras cosas, porque siempre está en disputa.

Una de las voces más influyentes en el pensamiento argentino sobre la memoria histórica, el terrorismo de Estado, la violencia política y los usos del pasado, Pilar Calveiro, afirmó que “La memoria no es un archivo neutro del pasado, sino un campo de lucha por el sentido” (Los usos políticos de la memoria, 2010). Y lucha por el sentido no es otra cosa que la batalla cultural.
Calveiro sostiene que la memoria histórica está atravesada por intereses, narrativas y silencios. No se trata sólo de recordar, sino de “cómo se recuerda, quién recuerda y para qué” (Poder y desaparición, 1998). La memoria es una forma de resistencia frente al olvido institucional y la negación del Estado. Y vincula la memoria con la “restitución simbólica” y la “reparación ética”.
Custodiar la memoria
La autora hace una caracterización del funcionamiento social de la memoria que resulta muy pertinente para describir el accionar de la ultraderecha mundial en general, y de Milei en particular: “Los usos políticos de la memoria en América Latina se inscriben en una reorganización de la hegemonía mundial” (Los usos políticos de la memoria).
Calveiro analiza cómo los estados y las instituciones tergiversan la memoria para construir legitimidad, justificar políticas o neutralizar conflictos. La memoria puede ser “instrumentalizada”, y por eso debe ser críticamente vigilada por las organizaciones de la sociedad civil activa y movilizada. Porque la apropiación, reconfiguración y tergiversación de la memoria hace posible acumular cada vez más poder en cada vez menos manos.
Milei necesita del olvido para sostener sus mentiras. Tiene una ventaja: una parte de la ciudadanía está ávida de escuchar esas falacias, por distintos e inextricables motivos. Y tiene inmensas fortunas a su alcance para montar campañas de manipulación arrasadoras.
Ninguna de sus políticas resiste el ejercicio de la memoria. Vender como nuevas y exitosas fórmulas ya repetidas y fracasadas hace décadas necesita de la amnesia (aunque sea temporal, transitoria) de un sector de la sociedad. Alcanza con producir un estado de confusión, mezcla de bronca, frustraciones (reales e implantadas), aturdimiento, hartazgo y falta de alternativas convincentes.
En su libro La memoria, la historia, el olvido (2000), el filósofo y antropólogo francés Paul Ricoeur (1913-2005) acuñó la noción de “olvido activo”, que va mucho más allá de la desmemoria: son formas de represión, censura o negación voluntaria.
Ricoeur introduce el concepto de “memoria ética”, que no busca sólo recordar, sino “reconocer”. La memoria histórica sobre hechos terribles –como genocidios, dictaduras o esclavitud– debe ser una forma de justicia simbólica.
El autor reconoce que la memoria histórica debe incluir lo “no dicho”, lo “silenciado”, y lo “reprimido”, especialmente en contextos de violencia política o cultural.
Ricoeur ayuda a pensar cómo los poderes fácticos manipulan el olvido a través del “olvido impuesto”, mediante censura, negación de crímenes, y borrado de archivos. Y propone una “política de la memoria justa”, que combine una serie de valores y derechos que están en las antípodas de los defendidos por la ultraderecha y por Milei.
Y el estudioso francés analizó la manipulación antes de la explosión de las redes sociales.
El autor señala el reconocimiento del sufrimiento del otro, la inclusión de memorias subalternas, y la apertura al diálogo entre memorias conflictivas. Nada más lejos del presidente argentino y sus socios de ultraderecha. “La memoria justa es aquella que reconoce la pluralidad de voces sin renunciar a la verdad”, escribió el filólogo.
Justicia, pluralidad de voces, verdad. Para la ultraderecha, tres aberraciones que hay que destruir.
Publicado en el semanario El Eslabón del 01/11/25
¡Sumate y ampliá el arco informativo! Por 8000 pesos por mes recibí todos los días info destacada de Redacción Rosario por correo electrónico, y los sábados, en tu casa, el semanario El Eslabón. Para suscribirte, contactanos por Whatsapp.