Yo no sé, no. Manuel vino agarrándose la pierna y dijo: “Estaba entrando arena y en el anteúltimo balde salté mal la zanja y chau”. Y agregó: “Se ve que tengo el tendón vulnerable, como Aquiles”. Alguien estaba por corregirlo, pero lo dejamos seguir hablando.
Juanca dijo: “Hablando de sentirse vulnerable, yo me siento vulnerable cuando me mandan al arco. Porque sé que cuando me la tiran para la izquierda, ya sé que me voy a joder el brazo o algo. Cuando me la tiran para ese rincón, siempre algo me va a pasar”.
Graciela confesó que ella se sentía vulnerable cuando escuchaba a Roberto Carlos y que parecía que el pecho se le agitaba. La verdad que estaba sonando lindo Roberto Carlos en el álbum que había llegado a nuestras manos, un long play todo en castellano. Laura decía que se sentía vulnerable cuando estaba por cruzar la vía de Lagos y Centeno porque presentía que en algún momento iba a aparecer una zorra y se la iba a llevar por delante. Al final el talón de Aquiles lo tenía en la cabeza con ese miedito.
Tiguín le estaba haciendo una gauchada a René, el diariero, y decía: “Con esta bicicleta que tiene un canasto enorme adelante y una rueda chiquita, me siento vulnerable. Cada vez que voy a cruzar un puentecito siento que me la voy a poner en el talón de Aquiles”.
José, que siempre elegía lugares prohibidos para pescar, decía que se sentía vulnerable cada vez que en el puerto sentía el silbato de los vigilantes.
La Eva, por su parte, se sentía vulnerable cuando íbamos a jugar a cruzar el tercer puente, el de la Vía Honda, donde pasaba el tren. Se sentía vulnerable porque, cuando miraba para abajo, le agarraba un mareo terrible. Mónica se sentía vulnerable cuando venía el parquecito y se subía a la vuelta al mundo. “Cuando se clava allá arriba, me siento vulnerable, siento que se va a caer”, decía. Con los botecitos le pasaba lo mismo: sentía que en cualquier momento uno se iba a desprender, pero igual insistía en subirse.
Raúl decía que su talón de Aquiles era el cuchillo cuando iba a laburar casi sin dormir. Raúl estaba trabajando de carnicero y pensaba que en cualquier momento se iba a pelar todos los tendones. “Estoy muy vulnerable los lunes con el cuchillo en la mano”, decía.
Carlos se sentía vulnerable cuando entraba en los segundos tiempos. Jugaba de seis y la rodilla derecha se le había jodido. Cuando lo encaraban por ese lado, se le empezaba a inflamar y decía que parecía como si todos los tendones se le fueran a volar.
Isabel decía que por esos días, ya comenzada la primavera, cuando la hacían cantar se quedaba afónica, difónica, como si casi no pudiera hablar. “Me siento vulnerable cuando practicamos para el coro. Los últimos dos meses son fatales para mí”.
La pequeña Susi andaba contenta porque decía que su hermano estaba haciendo una rifa y ella iba a saber antes que nadie quién iba a ganar el primer premio, que era un juego de vasos con un juego de mate. Estaba pispeando los talones de los números que tenía el hermano y dijo: “Si Aquiles hubiera tenido todos estos talones, no le hubiese dolido nada y hubiese estado contento”.
El Huguito, cuando se levantó bien, vio a doña María y le preguntó con su inocencia: “¿Aquiles tenía muchas pilchas y las tendía él? ¿Tenía un tendón de pilchas?”. Nadie lo corrigió porque el Huguito tenía esas salidas y entendía todo mal. Al rato, cuando paró el viento, nos empezamos a juntar y estábamos por ir a la plaza cuando apareció Dionisio, un vecino que andaba mal y decía cosas extravagantes. Había quedado solo y no estaba bien del mate pero se ve que había sido culto, era leído, entonces hacía una mezcla de lo que había leído con cosas que podían ser reales o no. Dionisio nos dijo: “En la plaza Galicia está lleno de policías porque hay uno que se llama Ulises y dice que está buscando a Penélope”.
Algunos pensamos que era otra extravagancia de Dionisio, pero nos fuimos hasta el medio de la calle y como vimos las luces de la poli cerca de la plaza dijimos: “Mejor no nos quedemos por acá”. En un kiosco pedimos una gaseosa y esperamos que pase el churrero, que también vendía torta frita, y de pronto empezamos a escuchar que de algún lado salía la voz de Roberto Carlos con aquello de: “Yo escuché decir que tú hablaste ayer”. A la Eva se le dibujó una sonrisa contagiosa, apareció el churrero y nos quedamos ahí porque sabíamos que con la policía no se jodía. Pero también sabíamos que si estábamos todos juntos no éramos vulnerables. Nos quedamos en el molde, regresamos comiendo torta frita y escuchando a Roberto Carlos.
Publicado en el semanario El Eslabón del 01/11/25
¡Sumate y ampliá el arco informativo! Por 8000 pesos por mes recibí todos los días info destacada de Redacción Rosario por correo electrónico, y los sábados, en tu casa, el semanario El Eslabón. Para suscribirte, contactanos por Whatsapp.
Leslie Michel Gauna
16/11/2025 en 13:16
Buenísimo el relato de Hilo Negro. Soy Leslie, disfrutándolo desde Houston, Texas donde vivo hace 33 años. Gracias!