Raúl le preguntaba a Carlos si sabía bien el recorrido del 53. Sabía que cruzaba Pellegrini, y le consultaba si lo dejaba cerca del Sol de Mayo. Para los días en que pintaba una chupina, faltar era pegarse un faltazo al colegio.

El 53 pasaba por el lago y ahí no los iban a ver subiendo a un colectivo que no iba a la escuela. La Laura y Ana estaban aprendiendo el recorrido del 203. “El 203 está repiola –decía–, porque cuando pinta ir al arroyo nos deja justito. Y aparte, nos deja en la otra punta del Monumento”. Pero queríamos saber qué pasaba en el medio de ese recorrido, decía la Laura.

José y Tiguín le preguntaban a Pedro por el recorrido de la E. Cada dos por tres la tomaba para ir a ver al cuadro del que era hincha. Pero tenía que caminar un fangote, no pasaba por el barrio. La E casi siempre estaba repleta. “Che, ¿en el recorrido de la E hay casas de repuestos de moto?”, preguntaba alguien. “Me parece que sí, pero para el otro lado. No para cuando va a la cancha del nuestro”, le decía Pedro.

Y José quería saber si había casas que vendieran artículos de pesca. Alguien le dijo: “Averiguate el recorrido del 210, que va para la zona norte y pasa cerca de la Florida. Capaz que en su recorrido están esos negocios”.

Manuel le decía a la Moni que tenía una data, una versión de que el 52 iba a cambiar de recorrido o lo iban a extender, y que se iba a mandar para el lado del mercado. Le decía eso porque la Moni tenía un novio que vivía cerca de la iglesia San Francisquito. “Estate atenta al recorrido nuevo del 52 –le dijo–, así no vas a pata hasta San Francisquito”.

La Evita le preguntaba a Pedro si era cierto que el 15, una línea que recién llegaba al barrio, pasaba por un montón de escuelas. “Sí –le dijo–, te deja en un montón de escuelas. Y más si después de la primaria vas a terminar la secundaria, también pasa cerca de las universidades, de las facultades”. La Evita estaba emocionada. Iba a pasar a segundo grado y ya quería una línea de colectivo que en su recorrido la llevara por distintas escuelas.

La Isa vino una tarde y dijo: “¿Saben qué soñé? que un fuerte viento cambiaba el recorrido de todos los colectivos”. Y que un viento así hacía que los tranvías y los trolebuses levantaran vuelo. Y esas cañas que sirven para agarrar la luz de los cables se transformaban en alas. “A veces, algunos sueños se cumplen o pasan raspando –decía la Isa–. Alguien puede comprar esos libritos, o esos mapitas que tienen el recorrido de todas las líneas de colectivo. Por las dudas”, agregaba, mientras miraba cómo el viento se hacía sentir en los árboles de la plaza.

En ese momento, Nicola tiró un trompo y vio cómo el trompo, en su corrido, se perdía más allá del cantero principal. Se levantó un fuerte viento. “Capaz que empieza ahora –dijo–. Capaz que vemos colectivos perdidos que no reconocen el recorrido”.

La pequeña Susi se sentó en el banco de la plaza y dijo: “Yo voy a esperar que por acá pase un 71 perdido en su recorrido. Y le voy a decir que me lleve hasta Parque Field”. Era un barrio nuevo Parque Field, y la Susi tenía la idea de que estaba lleno de norteamericanos.

El padre le había dicho que el único colectivo que llegaba hasta ahí era el 71. Cuando se levantó el viento ese día, la pequeña Susi dijo: “Capaz que pase, eh. Capaz que pase un 71 perdido en su recorrido”.

Cuando el viento se puso más fuerte, vimos aparecer a un flaco con un canasto de repartidor. “A este lo juno –dijo la Moni–, reparte diarios en barrio Acindar”. Cuando el flaco se arrimó, la Moni le dijo: “Este no es tu recorrido. Estás perdido”. Él le respondió: “No, vengo para hacer una entrega especial”. Ahí saltó la Susi y le dijo que en el diario no dice nada de los recorridos del 71. “¿Para qué querés saber del 71?”. Y le respondió: “Para ir a ver a los norteamericanos de Parque Field”.

Entonces Nicola le dijo a la pequeña Susi: “Estate tranquila, que yo voy a empezar a estudiar para colectivero”. Nicola era el hermano de Pi, que terminó siendo colectivero. Pero cuando agarró los colectivos un año más tarde, el 71 no estaba más. “Bueno –le dijo a la pequeña Susi–, cuando me gradúe de chofer voy a ir a la 71 y te voy a llevar. Pero tengo mala onda con los norteamericanos. No me gusta nada que estén en un barrio de Rosario”.

Al ratito, por Biedma, apareció el churrero de todos los días. Había aflojado el viento y nos dimos cuenta de que el recorrido se estaba normalizando. Por lo menos el de los que andaban en bici.

Cuando nos volvíamos, porque empezó a soplar el viento de nuevo, nos cruzamos con el Negro Luna, con el Pocho. El Pocho, aparte de su laburo habitual, era vendedor ambulante de cualquier cosa. Y entre otras cosas, se le daba por andar vendiendo mapitas y pequeños libritos con el recorrido de las calles de Rosario y las principales líneas de colectivo.

Ahí saltó el Pichicúa y le dijo: “Pocho, ¿me das una guía de Rosario que tenga todas las líneas de colectivo? Mañana te la pago”. “Tomá –le dijo–, te doy dos. Dale una a la pequeña Susi, por las dudas. Por si se levanta viento y se pierden de nuevo los colectivos, y no recuerdan el recorrido”. Así ya tenemos cómo recuperar, ante una catástrofe, por lo menos el recorrido de los bondis.

La Laura miró para el oeste y dijo: “Está todo normal. Por lo menos el recorrido del sol no se modificó”. Y se fue perdiendo en el horizonte, como todos los días. Nos quedamos todos tranquilos, sabiendo que al otro día el sol iba a salir nuevamente con su recorrido habitual.

Publicado en el semanario El Eslabón del 08/11/25

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