Cae la tarde y la luna empieza su trabajo: vigila, disimula y esconde. Vienen de la Fiesta del Oscuro. Son cientos que se dispersan por la avenida. Vociferan consignas en alusión a su líder. Casi todos llevan ropa negra; algunos completan su vestimenta con camperas y botas de cuero. Algunos portan extraños estandartes. En una de las esquinas hay un muchacho haciendo malabares con tres naranjas, casi siempre falla. Los coches tocan bocina, guiñan luces; son pocos los que abren la ventanilla para darle un billete. Desde la vereda, un perro blanquito le cuida la mochila y ladra a la gente que pasa y se le acerca.

El Bocha y Vino Caliente entran al bar de la esquina a rematar el día. Vienen de la Fiesta, visten ropa negra gastada, y llevan una bandera con la cara del líder.

—¿Pedimos un porrón? —dice el Bocha.

—Dale, una Quilmes —responde Vino Caliente, y llama al mozo.

El mozo se acerca con desgano. Está viejo, como el bar.

—¿Ya decidieron?

—Sí, una Quilmes y un plato de maní.

—No trabajamos con Quilmes. Trabajamos solamente la Santa Fe.

—Bueno, traenos una Santa Fe y un plato de maní.

—Ah, y una frapera, no te olvides —agrega el Bocha.

—No tenemos frapera.

—Bueno, una de esas giladas de telgopor.

—No tenemos, tienen que mandar los de la Santa Fe.

—Bueno, traela fría.

—Depende de la hora que cargaron la heladera. Me fijo.

—¿Éste nos está cargando?

Suena el celular. Atiende Vino Caliente. Es Brenda.

—Hola, muñeca. Sí, la fiesta estuvo un montón. Todos. Sí, todos estaban. La plana mayor. Sí, me saqué una banda de fotos. Al Oscuro lo vi de lejos. No sabés cómo habló. Parecía que nos hablaba a uno por uno. Una locura. Escuchame: ¿los guachines todo bien? ¿Todo joya? Bueno, reina. Te amo.

—¿Otra vez? —Ríe el Bocha.

—Sí, rompe los huevos. ¿Qué querés que haga? Es así, cargosa.

Llega el mozo con el pedido.

—Acá tienen.

—Te dije maní, no palitos —dice Vino Caliente, levantando la voz.

—No me quedan más maníes.

—Tomá, metételos uno por uno en el orto a los palitos.

—Es que…

—¿O preferís que te los metamos nosotros? Andá, rajá pa’ allá.

—Tranquilo, Bochini, que no nos arruine la noche el viejo este. Pensá en lo que fue la Fiesta. ¿No se te aflojaban las gambas cuando hablaba el Oscuro?

—Siii, creí que me cagaba encima. ¡Qué adrenalina, papá! Dan ganas de romper todo.

Se abre la puerta del bar y el viento frío corta en dos la nube espesa con olor a fritura rancia. Entra el malabarista y su perro. Busca la mirada del mozo y su aprobación. El veterano le hace un gesto que se interpreta como un “dale, entren y acomódense sin joder a los clientes”.

El Bocha y Vino Caliente, inmersos en la charla, levantan la vista. Sus risas se detienen al ver al recién llegado. El Bocha frunce el ceño y Vino Caliente se inclina para susurrarle algo al oído, una broma que los hace sonreír. El malabarista, ajeno, busca refugio en un rincón.

Llaman al mozo.

—¿Usted dejó entrar al fisura con su perro?

—Sí, lo que pasa es que este pibe es buenito, no anda muy bien de la sabiola y entonces lo dejamos pasar.

—¿Entonces, nosotros que pagamos nuestras cervezas tenemos que convivir con ese mugriento?

—Ehhh. Hace mucho frío afuera…

—¿Hace mucho frío afuera? Mirá vos, no nos habíamos dado cuenta. Andá, traé otro porrón.

El mozo se encoge de hombros. Nadie se sorprende. Así son las cosas.

El malabarista mira por la ventana a los seguidores del Oscuro que se desconcentran. Siente frío, se acurruca.

El Bocha se levanta de la silla.

—¡Eh, flaquito! ¿Querés ganarte un billete?

El muchacho lo mira. Tarda en entender.

—Dale —dice Vino Caliente—, hacé tu show. Pero bien, ¿eh? Sin fallar.

—Acá no. Mi trabajo es callejero.

—¿Cómo? —El Bocha se ríe—. ¿No querés laburar?

El malabarista se detiene. Se acerca Vino Caliente. Le apoya una mano en el hombro. Se encoge.

—Vamos, muñeco. Mostranos lo que sabés hacer.

Hay algo raro en la voz. El malabarista se para temblando. Busca en la mochila las naranjas. Una rueda por el piso. Se agacha para agarrarla. El perro se levanta también. Ladra.

—¡Eso! —dice el Bocha—. ¡Con animador y todo!

Algunos miran de reojo, otros eligen no mirar.

El malabarista empieza. Lanza las naranjas. Falla (como casi siempre). Lo intenta de nuevo. Una cae y se rompe.

—Dale, flaquito, con ganas —dice el Bocha.

El malabarista lanza las tres naranjas, una de ellas rota, sangrante, casi muerta. Sus pensamientos van detrás de las naranjas. Siempre pasa. Por eso se cae la tercera naranja y se rompe. “Algo orgánico”, le dijo alguien, y él repite. La sensación de no pertenecer a este mundo. De no tener la fuerza para defenderse. Como si una masa informe, gelatinosa y negra se paseara por su cabeza y dejara zonas sin recuerdos, zonas que no reaccionan al dolor ni a la bronca. “Dios te hizo demasiado bueno”, le dijo alguien, y él repite.

Alza la naranja rota y prueba otra vez. Vuelve a fallar.

—Tenés que practicar más —le dice Vino Caliente, invadiendo el espacio del muchacho—. Te voy a dar una ayudita.

Agarra las naranjas y las aplasta contra el piso. Rotas, se las acerca a la cara al malabarista, las refriega sobre el rostro impávido.

—Probá ahora.

Vuelve a fallar. Se arrodilla a recoger las naranjas. Ya no quiere levantarse. El perro se le acerca a lamerle la cara, mitad salada, mitad dulce.

—Dios nos hizo muy buenos —le dice por lo bajo a su perro.

—Ya está —dice Vino Caliente—. Se terminó el show.

El mozo vuelve con el porrón. Lo apoya en la mesa, esquivando con la mirada al chico arrodillado. Se queda un segundo parado, esperando una orden. 

—Ahora sí, traete unos palitos salados —le dice el Bocha.

—¿Viste cómo quedó? Como si le hubieran aflojado los tornillos.

—Ya venía flojo de fábrica. 

Se ríen.

Suena el celular, otra vez Brenda.

—Sí, Reina. La anteúltima cerveza y ya me voy para las casas. Sí, sí. Besitos.

—¿Otra vez?

—Ya sabés cómo es la Brenda.

Del otro lado del vidrio, la avenida empieza a vaciarse. Los últimos seguidores del Oscuro se mezclan con las sombras, todavía agitan sus banderas. Algunos prenden fuego a las montañas de papeles. Por detrás, los municipales barren y limpian las veredas.

—Estuvo buena la fiesta, ¿no? —dice Vino Caliente.

—Sí, sí. Excelente. Muchos seguidores, no faltó nadie. Yo sentí… no sé. Sentí que esta vez, sí. Que esta vez estábamos todos —dice el Bocha, que se quedó mirando fijo al malabarista.

Terminan la cerveza. Piden otra. El mozo la trae sin hablar.

Cuando se levantan para irse, pasan al lado del muchacho y el perro.

La puerta se cierra. El perro, de pronto, ladra fuerte, como si quisiera perseguirlos. Se queda.

Publicado en el semanario El Eslabón del 01/11/25

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