Para intentar comprender un hecho cultural relacionado con el poder de las grandes corporaciones y la disputa simbólica en nuestra sociedad estuve tentado a usar el término negacionismo, pero en contextos como estos, en los que los Derechos Humanos son bastardeados, corro el riesgo de diversificar el significado y hacerlo perder consistencia. Es por eso que elegí la palabra negaduría. El sufijo duría puede significar acción y efecto (dura) y empleo o estado (ía), que se dirige más al eje de lo que quiero plantear. Esto es la proliferación sistemática por todos los medios (tradicionales y digitales) de contenidos que niegan a los estudios científicos, a la historia construida colectivamente, a la opinión de trabajadores, pobres, mujeres, indígenas, repitiendo al infinito la fórmula de la dominación: invisibilizar todo lo que digan estos sectores con discursos de odios, con soluciones simples que nunca llegan y con la justificación permanente de la desigualdad social y de la pérdida de derechos.
En los últimos años, la exposición a las pantallas creció exponencialmente. No sólo en la cantidad de tiempo, sino en la posibilidad de realizar cada vez más actividades que antes nos exigían presencialidad, y poner el cuerpo. Trámites y compras, que nos imponían salir y relacionarnos, ahora son realizadas online. De este modo, desde la comodidad del sillón podemos pedir comida, pagar impuestos, comprar ropa, ponernos de novios. Todo lo que compremos será entregado en el domicilio. Cambiaron las condiciones sociales en las que nos encontramos inmersos. También fueron desarrolladas aplicaciones, programas para reemplazar a la abuela que nos explicaba acerca de las plantas, nos contaba cómo había que hacer para recuperar la rosa china que se había apestado. Hay software para todo, algunos graban audios y los editan. Lo mismo con el video: podemos sacar fotos de altísima calidad, editarlas y enviarlas. Todos somos potenciales comunicadores de redes, las herramientas están al alcance de la mano. Las nuevas tecnologías nos sitúan en el lugar de profesionales, cualquiera puede hacer cualquier cosa, ahora ¿ese trabajo es valorado o por el hecho de que lo puede hacer cualquiera pierde valor y por ende es mal pago?
Las redes sociales se fueron perfeccionando por generaciones. Podemos ver que la transformación que se produce desde Facebook a hoy tiene un sentido cada vez menos personalizado, de reencuentro, de compartir lo que uno es. Este soporte permite explayarse, y brinda la posibilidad de agregar fotos, vínculos de videos, de noticias. La segunda generación que podemos ver en X e Instagram exige una síntesis, un mostrar en pocas palabras. La cantidad limitada de caracteres en X, el posicionamiento político e ideológico sintetizado en slogans, tiene como objetivo el discurso simplista. La imagen fotográfica en Instagram todavía permite algo de polisemia, la captura del momento afectivo, la construcción de una imagen propia. La tercera generación, la de Tik Tok tiene su soporte en videos cortos, efectistas, simples, desconectados entre sí, fragmentarios en la propia dinámica del scrolleo (pasar la pantalla digitalmente de un video al siguiente). La percepción del descarte de los videos que no son del agrado de quien los ve naturaliza determinados patrones en las relaciones con la tecnología, en primer lugar, y con las dinámicas relacionales con otras personas en última instancia. Hay una tendencia marcada a la despersonalización creciente. Las redes sociales son lugares de subjetivación, de sentirse aprobados o bullyneados, no sólo por los jóvenes sino también por los adultos. Las poses, las vestimentas, los discursos cambian con la velocidad de las modas.
La utilización de estas tecnologías desde temprana edad provoca trastornos en el aprendizaje, globalizan una cultura trivial y consumista que choca con las currículas y las instituciones educativas. Pone en crisis el conocimiento que adquieren los niños y niñas en la escuela, por ser más lento y menos entretenido su aprendizaje, por ende los chicos pierden interés en ir a clases. Muchas actitudes de los niños hoy tienen que ver con determinadas formas de utilizar las tecnologías. Si ante estas cuestiones la única solución es acudir a la neurociencia, medicalizando a nuestros hijos, vamos a crear problemas nuevos que no van a ser sólo los de sociabilidad o los de aprendizaje sino también problemas físicos y psicológicos.
La inteligencia artificial logró dar un paso más en este sentido. La de aplicar técnicas y desarrollar contenidos basados en la experiencia y la investigación de seres humanos reales, sin aclarar las fuentes de donde son sacados dichos contenidos, salvo que se consulte ese dato, cosa que muy poca gente hace. Esta serie de disociaciones hace que se valoren mucho más los avances de las grandes empresas de desarrollo que las personas que pasaron años investigando, desarrollando, reflexionando y buscando soluciones a los grandes problemas de la humanidad. Hasta tal punto esto es así, que Sam Altman quiere acelerar la investigación científica con IA. Se produce además una naturalización del conocimiento por generación espontánea. Cualquier opinión de una persona que no sabe nada de un tema determinado tiene el mismo valor que un estudio de un grupo de científicos que investigó durante diez años la problemática, y, muchas veces, estos últimos tienen menos visibilidad.
La generación espontánea de conocimiento permite que cualquier persona encuentre justificativos para pensar cómo piensa. Muertos los parámetros de la modernidad que cohesionaba la sociedad, los consensos sociales acerca de los derechos humanos, políticos, laborales, culturales y ambientales, quedamos expuestos a discursos de odio, de justificación de la pobreza y el hambre, que establecen un nosotros y un ellos. Esto es una pantomima del sentido de pertenencia que nos brindaba la sociedad en el siglo pasado, basado en la idea de un destino común. El discurso de derecha es simplista, siempre el culpable es el más débil, y de ser posible hay que eliminarlo. Desde el surgimiento del neoliberalismo a nuestros días el sentido que le dio el poder a los vínculos sociales fue el de la competencia y el consumo. Los medios de comunicación se encargaron de instalar la desconfianza. Desde las novelas, sobre todo las que estaban en el horario central de las 21 se veía a los protagonistas, que no tenían problemas económicos, ni laborales, en relaciones de lo más enfermizas en las que las parejas se traicionaban con los mejores amigos, en la que los hermanos se peleaban por la herencia, en la que los viejos y los hijos eran abandonados. Cuando estas problemáticas no se abordan problematizando, el inconsciente se encuentra más expuesto a repetir patrones de conducta.
La desconfianza social, la competencia entre nosotros, el consumo como realización, lo cognitivo bombardeado y sin posibilidades de establecer causalidades, provoca lo que vivimos hoy. Estamos agotados, estresados, pobres, y seguimos informándonos por medios de comunicación y digitales que tienen como única premisa deprimirnos y hacernos sentir solos. Desconfiamos, sentimos miedo, el pánico es la patología propia de los adultos en estos tiempos. En algún momento del siglo XIX el sociólogo francés Emile Durheim caracterizó tres tipos de suicidios: el egoísta, que se daba por cuestiones personales, el altruista, que tenía que ver con algún tipo de solidaridad social, y el anómico, que es el que se produce por falta de normas sociales que contengan a las personas. La anomia es parte de la estrategia de estos tiempos, y quizás hoy la pregunta que debemos hacernos es: ¿Es sólo una cuestión de control social o en el fondo se trata también de control demográfico?
La negaduría es hoy la estrategia del poder real. La infantilización es su narrativa. Las pantallas, su espejo. La rentabilidad es su justificativo. El odio es su arma, el consumo es su deseo. Es una visión que reduce al ser humano a un animal doméstico, quizás por eso éstos son sus mejores amigos. Vamos por un ser humano que desborde todas estas mediocridades, y tome por asalto el imaginario social.
Publicado en el semanario El Eslabón del 15/11/25
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