Yo no sé, no. Manuel, esa semana, subía hasta Vera Mujica y Biedma a poner una carta en el buzón que estaba ahí cerquita. Era la primera que escribía Manuel, se lo había enseñado la maestra de la escuela para que se manden entre los compañeros.
Graciela, cada vez que iba a ese buzón se vestía como para ir al centro. Y si podía estrenar alguna pilchita, la estrenaba. Seguro que era para algún amorcito.
Carlos, todas las semanas, le mandaba a ese buzón una carta con su currículum. Decía que lo mandaba a una metalúrgica que estaba no sé si en Villa Constitución o San Nicolás, que necesitaba trabajadores. Y él le había agarrado la mano linda a los fierros.
Tiguín, por otro lado, mandaba unos sobres grandes porque estaba haciendo un curso de mecánica por correspondencia. Una vez, antes de mandarlo, diluviaba, y puso el sobre cerca del caño de escape, llenándolo de humo. “Para que huelan la combustión de mis motores, que vean que no les escribo pavada”, decía.
Laura tenía tan linda letra que teníamos un rebusque: varios de nosotros le pedíamos que nos escribiera las cartas. Eso sí, a veces zapateaba porque le hacíamos perfumar la mano para la carta, y eran perfumes de hombre, y no los perfumes que usaba ella.
Mónica siempre iba con dos sobres. Decía: “Uno para el cinco y el otro para el tres”. Sabía dibujar y, como no era tan grande –no tenía diez años–, mandaba a unos programas que elegían dibujos de niñas y niños. “Algún día voy a ser famosa y voy a aparecer en la tele, en el cinco y en el tres, por mis dibujos”, decía.
Marta una vez nos contó que durante mucho tiempo iba hacia ese buzón con una planta de la abuela, que se la mandaba a Evita. Y Evita ya había fallecido, y el General no estaba más acá, pero igual se las mandaba. La abuela le decía: “Mandale que seguro nos va a contestar, ella nunca se olvida”.
Pií, el que hacía los revólveres de madera para jugar a los cowboy, un día vio un tronco y dijo: “Voy a hacer un buzón, porque a este de fierro un día se lo van a afanar. Y le voy a poner rueditas, así voy casa por casa para que el que quiera mandar una carta, pueda”. Pedro estuvo como dos meses yendo hasta dos metros antes de ese buzón y arrepintiéndose en el momento, decidiendo no meter esa carta que, entre otras cosas, decía que la extrañaba mucho.
Un día, cuando íbamos a la plaza, pasamos por Vera Mujica y Biedma y el buzón no estaba más. La pequeña Susi se largó a llorar. Ella ya estaba practicando y tenía dos cartas: una para el niño Dios y otra para Papá Noel. Era vísperas de diciembre. El Huguito, para que dejara de llorar, le dijo: “Susi, mañana vamos hasta la plaza de Barrio Acindar, que ahí hay un heladero que pasa con una bicicleta, con helados Noel, y le das la carta a él. Capaz que Papá Noel es el padre del heladero”.
En ese momento apareció Isabel haciendo su típico paso de cumbia y por algún lado sonaron los Wawancó cantando “… y desde el río la noche me dirá que fuiste un sueño / que se fue hace mucho tiempo / y el olvido hoy es tu dueño”. Y ahí Pedro, que tenía la carta en el bolsillo –la que nunca fue mandada–, dejó de arrepentirse. Y pensó que quizás aquella letra de los Wawancó tendría razón: es un sueño que se fue hace mucho tiempo, y el olvido, en aquella piba, ya es el dueño.
Publicado en el semanario El Eslabón del 15/11/25
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