Como un gigante dormido, como un emperador vencido marcha el Panamax. Como un Goliat abatido, inmenso y avergonzado. Destruido, averiado flota, a duras penas, el Panamax. Lo arrastra un remolcador pigmeo, un David compasivo, mil veces más pequeño que mi buque, dolido, hoy ya inútil, condenado a muerte, destruido. Marcha silencioso y sumiso, y parece que no marcha, porque va arrastrado, deteriorado, cansadísimo, con sus motores apagados, el Panamax de viejas glorias, ya perdido.

Marcha en mi río enlodado, en mi río de siempre, tan querido, conocido y peligroso, temerario y admirado. El de los conquistadores, el del combate de San Lorenzo; el de Punta Quebracho, el de las resistencias, el de la Vuelta de Obligado. El de los libros de historia. El que cruzó Urquiza con ejércitos enteros para pelear contra Rosas, contra Mitre, contra los apropiadores de mi río desangrado. Y el que el mismo General volvió a cruzar de vuelta para no pelear más…y terminar así, como terminó, acribillado y apuñalado, ya lejos del río. El mismo que cruzó Pancho Ramírez para que su cabeza finalizara adornando el despacho del “patriarca de la Federación”.  El de los puentes, los túneles, los cuadros, las fotos, las represas, el del Delta ahora incendiado, el de los humedales en permanente peligro. Ese río cuya extensión me estremece, me supera, me cautiva hasta el nunca cansancio. 

No lo ven los chicos que se besan en los parques inventados de mi ciudad. No lo ven las madres embelesadas, ni los amantes ocultos en las sombras de la barranca. Ni siquiera los pescadores que siguen buscando sus presas en medio de un Paraná cada vez más esquivo. Tampoco los caminantes de las playas, los pochocleros, los vendedores ambulantes, ni las familias que toman mate en el césped, las que miran el río sin verlo, o aquellos que lo ven sin descubrirlo. Tampoco los motoqueros de la zona norte, los pretendidos artistas del centro que usan como telón el río, los que bailan chacareras los sábados, los que se achicharran al sol como lagartos en la arena de las costas de los clubes de mi río.

Pero entre la bruma de la vía lodosa yo sí veo marchar muerto el Panamax. El que atravesó océanos, desafió tempestades y extraños dioses, que navegó el mundo y alimentó al Planeta, mar tras mar, puerto tras puerto.

Ha sido construido especialmente para cruzar el canal que le dio el nombre, una maravilla (como mi buque) que une geografías, que conecta las grandes aguas, que hizo realidad el sueño de los navegantes ancestrales, los de las carabelas que tuvieron que dar la vuelta al continente para entender la geografía. Casi trescientos metros de imponente anatomía. ¿Quién lo ve? ¿Quién es capaz de medirlo con la vista? ¿Quién lo diría? Un mundo, en esa geografía metálica. 

Y ahora resulta que viaja acarreado, despacio, como anciano, por mi río. Flota como “El Temerario remolcado a dique seco, a su último atraque para el desguace”, como tituló Wliilan Turner. Pero esta vez no es un óleo. Es real, está ahí, y nadie lo ve. Es mío.

Esa torre de Babel, que tuvo hombres de procedencias insólitas, hombres ensimismados, igualados por el mismo destino. Esa mole que fue y vino hasta el cansancio, que supo de océanos furiosos, de secretos y consignas, verdades y mentirosas mitologías; de llantos íntimos, peleas y confesiones en los catres, fotos de mujeres queridas, deseos ocultos, sirenas que no existían; de borracheras, motines o rebeldías. De muchachos tirados al mar, muertos antes de tiempo, sin conocer la vida. De polizontes hambreados, algunos destrozados por las hélices. De otros que llegaron condenados a la lápida, casi escrita. Y de los que sobrevivieron y encontraron en mi Patria el refugio que nadie quiso darles, el pequeño lugar en el mundo que querían. 

Ese gigante de acero que alojó y arrastró marineros enamorados en las costas del curso arcilloso, y a otros, complacidos por muchachas hambrientas de comida y sexo en los burdeles de mi Cordón industrial y portuario. El que dejó enfermedades entre las chicas de mi pueblo, y arrastró aguas abajo otras tantas. Aquel que llevó cereal al mundo desde la Capital del cereal. Ese buque inmenso, pesado, imponente, el Panamax glorioso, flota, abatido, arrastrado por un pequeño remolcador, entre la bruma, a través de mi río lodoso.

Podría seguir. Me bastaría esa foto que no llegué a tomar. Y por eso necesito mil palabras para describirlo.

Publicado en el semanario El Eslabón del 15/11/25

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