Yo no sé, no. Ya estaba terminando noviembre, faltaban como diez días, y no paraba de llover. Manuel consiguió una changa que le solucionó el problema a varios que ya estaban angustiados porque no podían llegar a la panadería que estaba pasando Biedma, por Iriondo, donde hacían pan con un horno de leña. Con dos tachos que le había habilitado Graciela empezaron a hacer un caminito de piedra donde no había vereda.

Tiguín le decía a la Laura que había que hacer un camino de piedra cerca de la Vía Honda, cerca de la montaña donde ellos iban a practicar, él con la moto y ella con la bici, una bici que parecía que hacía cross. Pero se había puesto peligroso. Por lo menos tendría que haber un caminito de tierra en las principales curvas de las montañitas, de los caminitos más peligrosos.

José, cuando sintió la idea y vio que no paraba de llover, dijo: “Si yo me animo hago un camino de piedra en el Mangrullo, para que estén todos seguros para bajar y subir a la hora de ir a pescar”.

La Marta y la Mónica habían conseguido dos novios y se iban cerca de donde termina Rosario, por Rondeau y el Control, que le decíamos nosotros, donde ahora está el puente Rosario-Victoria. Había una bajadita y ciertos huecos donde iban las parejitas. Pero no paraba de llover. La Marta dijo: “Y si vamos a hacer un caminito de piedra, para estar seguras”.

Y Pií y el Pincha, que estaban pegaditos a la cancha por Iriondo, ya no podían salir del barro que había. Entonces les encargaron hacer, donde había un caminito de bicicleta, un caminito de piedra. La joda era que atravesaba la cancha que recién habíamos hecho. Iba a quedar feo un camino ahí cerca de la mitad de la cancha.

No paraba de llover y Carlos le dijo a Raúl: “Mirá, hay cincuenta metros hasta el metegol, por Biedma y Constitución”. Un camino todo de tierra, todo barro. Hasta el honguito, donde se jugaba al honguito”. Nosotros decíamos: “Vamos a jugar al honguito”. Pero no se podía. Entonces Carlos dijo: “Vamos a hacer un caminito de piedra. Aparte, los vecinos nos van a agradecer”.

Un día Tamba dijo: “Mirá, el nido de la torcaza, tan precario que parece, y resiste. Para mí que lo hacen con piedra, porque hace una semana que llueve con viento y ahí está el nido de la torcaza”. Seguía lloviendo.

La pequeña Susi dijo: “Y si en lugar de hacer tantos caminos de piedra hacen un camino de nieve. Porque falta poco para que vengan los regalos en trineo”. Seguía lloviendo.

El Huguito, cuando sintió que todos teníamos que colaborar para hacer los caminos de piedra, estuvo una semana con las manos en los bolsillos. Tenía miedo de que le sacáramos las piedras con las que jugaba a la payana. Siete días con la mano en el bolsillo. Seguía lloviendo hasta que un día paró.

Paró. Y las piedras que estaban cruzando la cancha en ese camino improvisado fueron a parar al área chica, que siempre estaba baja y se inundaba, y quedaba con mucho barro. El primer arquero que estrenó esa área rellenada con piedra fue un petizo al que le decían La Rubia. En el anteúltimo tiro, faltando poquito, le patean desde lejos, desde donde estaba el camino principal de piedra que ya no estaba. Se pega un revolcón, se raspa todo y se le mete. Se levantó llorando: “Casi la agarro, casi la agarro”. Las piernas, en carne viva.

Desde donde fabricaban escobas, ahí a pocos metros, en el escobero se sentía la voz de Atahualpa que cantaba: A veces soy como el río, sigo cantando… sin que nadie lo sepa, vida, me voy llorando.

Publicado en el semanario El Eslabón del 29/11/25

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