Como apuntando a la víctima, se deja mojar los dedos y pinta con el agua el borde de una mesa. Come. Lo que ve es la gente, que es una gente, después otra gente, pero invariablemente gente que lo mira como lo que en definitiva es: gente. Y entre la gente es que come, pinta con el agua el borde de una mesa y mira. Su actividad favorita, se dice cada día, es sentarse a una mesa para ver a la gente actuando de gente mientras él, que no se excluye del marco actoral, pinta las mesas con el agua, o con la soda, o con azúcar desprendida de facturas. Apunta a una víctima con el dedo del pie, siempre con el dedo del pie porque es el dedo del pie el que asegura que nadie lo vea apuntando a la víctima. Solo él sabe a quién se está apuntando y quien será el sufridor, así les dice, o quién sabe si el benefactor de la acción futura. Mide el panorama mientras pinta, o pinta mientras mide el panorama. Acarrea la imagen de él mismo en tercera persona, se mira como narrándose y continúa la historia en primera. Cada dedo movido lo siente su cuerpo, desde adentro, y lo imagina su mente, desde afuera. Tiende a sentirse en una historia, a pensarse en una historia porque, dice, se siente bien ser parte de una trama, porque parecería ser que una trama siempre lleva a algo, porque toda historia tiene un punto álgido o, por decirlo pronto, en toda historia pasa algo. Siempre pasa algo, en una historia siempre pasa algo. Verse desde fuera le permite sentirse un personaje, un otro manipulado por algún otro que se vería en determinado momento dentro de una determinada situación, situación única, irrepetible, viva. Y él pinta con el agua el borde de una mesa como determinación de un otro que lo pinta. Mide a la gente mientras se entiende como gente y apunta a una gente, en singular, siendo, todos, gente. Circula el aire y agudamente lee en ese aire que el destino está sellado. Lo presiente. Intuición romántica. El aire dice, dice, que va a pasar algo que convierta a toda esa situación, situación en la que él está apuntando a la víctima mientras se deja mojar los dedos y pinta con el agua el borde de una mesa, en algo más grande que una simple escena en la que alguien se pinta con agua los dedos y colorea transparentemente la madera. Está escrito. Todo está escrito, dice. Como personaje se enorgullece de sí mismo, no tiene duda que será recordado por ser él, y nadie más que él, quien pase de estar sentado en una mesa mojándose los dedos y pintando con ellos a estar llevando adelante una acción genial, así le decía, que sería motivo de aplausos, y aplausos, y aplausos interminables. Porque estar es estar para que algo suceda. Y estar en el punto exacto, en el epicentro de la acción, en el tiempo justo, en el epicentro del tiempo, es saber estar. Es, está claro, dice, un experto en el arte de estar. De estar ahí, ahí donde tiene que pasar algo y ahí donde cada día es partícipe de acciones que no se olvidan, que llegan al punto de lo admirable. Le ocurre a menudo. Todos los días, dice. Todos los días le ocurre el encontrarse en una situación similar a la de estar sentado dejándose mojar los dedos y pintando el borde de una mesa. Y todos los días algo pasa. Desde que nació, hasta ahora, se sabe, dice, nunca se rompió esa regla. Como si se hablara de la ley de la gravedad, o de leyes de la termodinámica, se sabe que en algún punto del día tiene que pasar algo. Y se sabe que quien lleva las riendas de ese algo, porque es el centro de todo algo de cada día, es él, él mientras pinta y sigue apuntando al objetivo. Eran las tres. Eran las tres cuando empezó a mojarse los dedos y entonces las tres y algo, y pocos minutos, cuando empezó a ver que la gente entraba, pasaba, hacía de gente y él ubicaba entre esa gente a su víctima. Ahora son las seis y media. Más de tres horas son suficientes para encontrar un sufridor, o beneficiario, suyo. Menos de tres horas es poco para encontrar un sufridor o beneficiario. Sabe que menos de tres horas es poco y por eso decide, cada día, dejar pasar un mínimo de tres horas para ir cerrando, así dice, ir cerrando y determinar con precisión quién será el sufridor o beneficiario de ese día. Y esas tres horas fueron lo más jugoso, lo interesante de la trama, de esa trama en la cual él es protagonista absoluto y de la cual se enorgullece. Infla el pecho para sacar a relucir el resultado de esas tres horas. Así le dice, el resultado de las tres horas. Cada día dice el resultado de las tres horas y cada día infla el pecho y se reconoce como el sujeto clave en eso que pasa en ese momento en ese día. Es él. Él, y nadie más, lleva a cabo eso que tiene que pasar cada día, porque cada día es una historia y en cada historia pasa algo. Y ese algo está pronto a pasar, y se le infla el pecho y disfruta del recuerdo, que ya revisa y goza, de las tres horas pasadas, así les dice, tres horas pasadas que aunque recientemente pasadas son cosa sida, hecha, reservada al archivo general de la épica. Llega el momento, se levanta, va a donde está sentada la persona que ubicó después de tres horas de observación aguda, la mira, busca complicidad en alguna mirada, gesticula brevemente, mantiene contacto visual, o intenta mantener contacto visual pero no puede del todo, porque los ojos de la persona se desvían en el vaivén barístico del gentío, se mecen como agua, así piensa él, que los ojos de la persona que sería sufridora o benefactora se mecen como agua y que probablemente los ojos de una persona en un bar son naturalmente ojos que se mecen como agua, que la gente es corriente, las mesas algún barro, la soda alguna rama, la barra una canoa. Y él navega normalmente cada día en el mismo río. Y cada río es una historia y en cada historia pasa algo, y cada mojarse los dedos con agua y pintar los bordes de una mesa decanta, naturalmente, en algún algo conmovedor, catártico, que purifica el alma y la reinicia al otro día. Gesticula brevemente en dirección a la persona a la que casi capta, persona que casi lo mira, siendo él el casi personaje central pronto a convertirse en el completo, así dice, personaje central de la historia que, si bien había empezado con unos dedos mojados con agua, dedos que mojaban el borde de una mesa, iría a terminar en algún clímax que, de no haber existido la tragedia, la inventaría. Entran en contacto. Los ojos se ven tan fijo que parecen emparchar el aire que circula entre las caras, tapando ese rincón y generando un tubo, así dijo, un tubo entre miradas que de tan clavadas son lo mismo. Nota que las más de tres horas de espera habían valido la pena, aunque en realidad lo que nota es que se confirma su premisa, que ya sabía que todo iría a valer la pena y que nada es novedad y que por eso infla el pecho. Llega la acción como si llegaran mil tricornios, apunta, abre, cierra, repite, y entre ese repetir de abrir y cerrar pronuncia: ¿parece que se larga, no?, sí, le dicen, creo que habían dado lluvia para las 7, así de fresco en noviembre che, cada año más raro el clima, sí, rarísimo. Sale. Había pagado dos horas antes. Su paso es el de quien torció el rumbo de la historia, el de un héroe. Pasó lo que tenía que pasar.
Publicado en el semanario El Eslabón del 29/11/25
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