Yo no sé, no. Mabel, una noche, cuando vio una banda de bichitos de luz, luciérnagas, como nunca en el barrio, se le prendió la lamparita y le dijo a Graciela: “Hay que ir a comprar lámparas de colores antes que aumente. Y hacemos una gran fiesta, una noche de estas, en tu casa o en la de la abuela de Pií. Hacemos la fiesta de la lamparita. Solo hay que conseguir el cablerío, las bebidas y un tacho para el hielo”.

Manuel, cuando escuchó de refilón eso, mientras miraba la banda de bichitos luz que había aparecido, le dijo a José: “Y si te metés pata y te vas a pescar una o varias anguilas eléctricas… por si se corta la luz. Y ya tenemos para las lámparas”.

Mónica miraba cómo las luciérnagas se metían por todos lados, por las ventanas, los patios. Subían y bajaban por las enredaderas. Nos dijo: “Vayamos hasta el monte Bertolotti. Ahí se juntan todas. Este año se juntaron ahí. Vienen de ahí. Y vemos cuál es el secreto de las luciérnagas”.

Laura dijo: “Y si las luciérnagas se pusieran de acuerdo, y en lugar de ser intermitentes se prendieran todas de una vez… se ilumina todo el barrio. Y más como vinieron esta noche”.

Tiguín, por otro lado, le dijo a Carlos que traiga la máquina de soldar y le fije cuatro bicicletas, que le iba a implementar unos dinamos para pedalear y generar, aunque sea, las lucecitas necesarias para las noches de las luces. Ese bailongo que ya estábamos preparando en la cabeza.

Eva le pidió a su madrina, que era modista, que le haga un vestido con un bordado flúor, con un montón de lunas brillantes. Que de noche, con el reflejo de cualquier luz, aparezca ella con un vestido de lunas luminosas.

Marta preguntaba cómo se llamaba el flaco que era guardabarreras en la zona de Ovidio Lagos y Centeno. Teníamos el dato de que no iba a pasar más el tren por ahí, o por lo menos no iba a estar más el guardabarreras. Le quería manguear el farol, el que tenía para darle señales al tren. “Me encanta ese farol”, decía. Capaz lo daba por perdido y se lo mangueábamos, o se lo comprábamos. Y servía de adorno para el patio de las luces el día del bailongo.

A Raúl y a Pií se les ocurrió hacer una gran trampera para agarrar a las luciérnagas grandes. Cazaron un montón. Pero cuando los bichitos de luz se vieron encerrados, se apagaron. Esa noche seguían pasando, iban y venían, prendían y apagaban.

Pedro estaba atento a un patio no tan lejano. Cuando vio una lámpara que se prendió y apagó tres veces y después quedó prendida, se levantó y se fue. Después nos enteramos que era la contraseña de una piba que le dijo: “En la tercera apagada va a quedar prendida. Y nos juntamos en el patio”.

El Huguito había juntado un montón de pilas viejas con algo de carga. Las secó al sol y una noche la subió a la pequeña Susi al techo de un kiosco de aluminio al que íbamos siempre. “Las dejamos acá. Para cuando vengan los bichitos de luz, se recarguen”, decía. “Sí, seguro”, dijo la pequeña Susi. “De algún lado tienen que cargarse”. Y se quedaron toda la noche esperando.

Esa noche de diciembre parecía que todas las luciérnagas estaban en el barrio. Con un prende y apaga, una intermitencia de no creer. Sería la última semana. Nunca más volvieron a pasar.

De pronto apareció la luz que estaba escondida detrás de unas nubes. Se aclaró el panorama y el Pichi dijo: “Escuchen, es el Cuarteto Imperial”. Y se oyó la canción: Se escucha un rumor de tambores y la gaita alegre resuena… y en las noches de luz de luna, se van a bailar las morenas…

Y ahí nos fuimos atrás de la Isabel, que iba marcando el paso y bailando cumbia como si nada. Nos habíamos olvidado de las luciérnagas. Esa noche habían estado toda la noche. No nos dimos cuenta de que se estaban despidiendo para siempre.

Publicado en el semanario El Eslabón del 6/12/25

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