Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado tocaron en el Estadio Único Diego Armando Maradona. La multitud aportó sus tics de la revolución para posicionarse en un contexto crítico de la Argentina. Carlos Alberto Solari acentuó su presencia a la distancia.

El sol pica. Pero, a la sombra, la temperatura es generosa con miles de personas que llegaron desde diferentes vértices de Argentina, también desde Uruguay. Ahora la devoción musical y cultural anda desperdigada por la ciudad de las diagonales en forma de diferentes tonadas que delatan diversas procedencias. Patéticos viajantes marchan uniformados por remeras que ya nadie escucha y que gritan INDIO, PR, LFDAA, con sus respectivas citas; en varios casos, fechadas y ancladas al estadio o al descampado de turno donde se haya desatado implacable rocanrol.

Devotos y devotas organizan su éxodo al Estadio Único Diego Armando Maradona. Y mientras tanto el sol se muere. En la peregrinación abundan puestos de comida que este fin de semana harán la diferencia gracias al rocanrol del país por partida doble y al clásico platense. El merchandising es mucho más variado y sofisticado que años atrás, pero se siguen encontrando promociones de latas de cerveza baratas que son todo el tesoro. Un par de monos más, unos terrícolas, están vestidos con atuendos camuflados de verde militar en las inmediaciones de las vallas. En uno de los ingresos al campo proliferaron las fotos al mural en el que Pelusa le regala una camiseta de Argentina a Néstor Kirchner.

Antes de llenar su capacidad, en la puerta que separa a la popular del campo de juego se produce una avalancha fogoneada por un público respetable que no parece creer que merece más por pagar ni que saltar de un sector a otro o colarse esté mal. Los códigos del Rock para los dientes no vinieron a este mundo a caerte en gracia a vos.

Damas y caballeros: veinte años de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado en la cuna del Rock Maravilla para todo el mundo, en la ciudad natal de No fue magia. En el sector trasero del campo, alguien prende una bengala roja y se desplaza hacia delante cada vez que suenan las primeras notas de una canción de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. En pocas horas causará la indignación de malvados malintencionados que van a comparar esa picardía a cielo abierto con la tragedia de Cromañón. El tonto nunca puede oler al diablo.

Los fundamentalistas hablan su idioma, con la lista: su segunda pieza es “Todo preso es político”. Las únicas palabras que suelta el elenco musical sin instrumentos saludan escuetamente y anuncian un corte. Un par de sienes ardientes que son todo el tesoro aprovecha la pausa para entonar himnos. El que no salta votó a Milei. La mayoría salta. “La patria no se vende”, continúa el repertorio de la hinchada. En dos partes de la tribuna también suena la marcha peronista. Con menos adhesión, un grupo de la cabecera canta: “Patricia Bullrich, la puta que te parió”. 

El Indio ha hecho un esfuerzo por mostrarse como renegado cascarrabias, fóbico a las masas que logró convocar sin habérselo propuesto y que con el paso del tiempo se multiplicaron. Lejos quedó Cemento y la gente que lo sigue desde allí. En los últimos años, a su público le han pelado el ricoterómetro, lo han tratado de parva de rockeros bonitos educaditos que lo escuchan por moda, han agrietado el corazón de Patricio Rey de su cerebro. La masividad no es culpa de nadie, quizás sólo sea un efecto difícil de controlar y de conducir.

Foto: Edgardo Andrés Kevorkian

Tal vez este fin de semana el líder de masas haya mostrado su costado más humano a la distancia, con un espectáculo multimedial en el que no se privó de tirar un rayo evangelizador desde gafas gigantes destacadas en el corazón de la noche, en el centro del escenario. La mezcla de enfermedad neurodegenerativa crónica y la prensa amarillista que se relamía con dos muertes por aplastamiento, amplificadas al pulso del trip, en un recital para 500 mil personas es un cóctel que no se mezcla solo. Sin embargo, más de un perro sin folleto ha creído que iba a tocar en vivo una última vez luego de haber prometido, un año antes de aquella fatalidad, que iban a hacer un o dos shows más.

Reacio a las entrevistas, Carlos Alberto Solari ha concedido más de una desde que se alejó de las tablas. En diálogo con Pedro Rosemblat declaró que era mejor retirarse a tiempo y no andar peleándose con el escenario; también describió a la vejez como una cagada. A través de un posteo de Instagram valoró a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado como los mejores músicos con los que ha tocado.

El mismo entrevistador charló con Cristina Fernández de Kirchner, retirada a la fuerza del escenario de la vía pública. Ella es la que más brilla a esta hora, en plena procesión, cuando un grupo de personas despliega una bandera que reza “Cristina libre” en su ciudad de origen, en la cancha donde hizo su primera aparición masiva luego de aquel intento de apartarla del escenario de la vida, de la maniobra fallida que trató de que la alumbrara la luz de los que no respiran.

En una ceremonia numerosa, Solari esboza un gesto íntimo. Esta vez no sólo se grabó cantando una selección de canciones. Rompió la cuarta pared para enviar un mensaje a su público, lejos de ese habitual tono críptico, sin ninguna ambigüedad. Agradece por estos años a su banda musical y a esa banda inconsolable. Dios es digital. Se lo ve junto a un cuadro de Eva Perón, se permite hacer el gesto de los dedos en V. Baila y canta mi Dios. Ese filme da una imagen exquisita: sabe a dolores dulces.

El futuro ya llegó y, en él, los heroísmos populares combaten limitaciones de la vida y de la muerte; reciclan, ubicuos, las formas posibles de presencia: audio en Plaza de Mayo, video en el Diego Armando Maradona. Si esta cárcel sigue así, toda misa es política.

El Fisgón Ciego parece haber dejado todo acomodado para que el ritual, como la organización, venza al tiempo; para que, cuando mire crecer las flores desde abajo, la multitud le acabe el cerebro a mordiscos en el pogo del payaso asesino de recuerdos que mienten un poco.

A la luz de la luna, los fuegos de diciembre parecen rozarla. El artificio hizo crack antes de que terminara el último tema, el del pogo más grande del mundo, que hoy hace buracos en distintas partes del campo de juego. El viento quiere faulear y arremolinar después del síntoma irrefutable de presencia. El Rock no muere, gira alrededor del reloj. Esto es efímero, pero ciertos fuegos no se encienden frotando dos palitos ni se apagan con sólo soplar.

Publicado en el semanario El Eslabón del 13/12/25

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