El nuevo siglo nos encontró entre amenazas de apocalipsis y promesas de un mundo más austero. En nuestro país la crisis y la recesión lograron formar un bloque histórico que dijo basta el 19 y 20 de diciembre de 2001, rebelándose contra un sistema político que, como en la actualidad, no da respuestas a las necesidades reales de la gente.
Hoy, oficialismo y oposición juegan al parlamentarismo esperando que el descrédito de la gente le caiga sobre la cabeza a su rival. Nos despertamos con el celular en la mano, en una transición hacia algo nuevo que se daría sobre el final de esa década. Las redes sociales fueron el primer síntoma de la construcción de un mundo paralelo. También dejaban entrever que nuevas generaciones iban a tener la posibilidad de vivir parte de su vida en una abstracción, en un mundo donde ellos puedan ser lo que deseen. Las redes sociales fueron un aprendizaje en el mundo de las apariencias que no necesitan poner el cuerpo. El algoritmo se encarga de juntarte con personas que piensan parecido a vos.
Las redes sociales surgen casi al mismo tiempo en que los celulares dejan de ser teléfonos para convertirse en computadoras de manos. Hay algo que los une, que los hermana en un dispositivo de sociabilización, de construcción de una nueva sociabilidad, más moderada y más extrema. Más moderada en el sentido en que las mismas redes van poniendo límites a ciertas conductas, por decirlo de algún modo, antisociales. Más extremas, porque las posibilidades de cruzarse con las personas con las que interactuás, que en muchos casos no conocés previamente, no son grandes, y existe una escisión entre el mundo virtual y el real.
La virtualidad, las redes, las páginas de noticias, son espacios vinculares en los que no existe el compromiso del cuerpo. No existen límites para cuidar la integridad del otro. Y si bien en algunos casos generan actitudes y acciones solidarias y afectivas, suelen cargar con un idealismo parecido al de las novelas y su construcción del amor en los años 80 y 90.
El sentido crítico en cuestión
La militancia en redes sociales reemplazó en el imaginario a la importancia de concurrir a las marchas, de ir a reuniones organizativas, de participar en campañas de concientización. Las relaciones amorosas a distancia, el sexting (sexo virtual), el consumo a través de plataformas, las apuestas sin ir al casino, el pago de impuestos y la cola del banco, y la posibilidad de sociabilizar, fueron acotando los lugares de encuentro. Desde 2010 a la actualidad se produjo una privatización de la vida de las personas, al punto en que pasamos más tiempo frente a las pantallas que frente a personas.
El teléfono inteligente va de la mano del crecimiento de la estupidez humana. La consciencia que vamos construyendo es en base a cosas que vemos en la pantalla. Muy poca gente se propone una lectura crítica de los medios digitales, o al menos una toma de conciencia de quién crea los contenidos que llegan a su pantalla personal. Estamos quizás en el momento en el que el espíritu crítico se perdió en el laberinto que los algoritmos nos propusieron.
El empleo de nuevas tecnologías no tuvo una reflexión seria, que implique actitudes concretas respecto a su uso. Adoptamos sin mediaciones todos los artefactos que el sistema nos brindó, a cambio de poner a disposición de las empresas de tecnología nuestros datos más íntimos. Las tecnológicas pueden conocer hábitos de consumo, los recorridos que hacemos en el día, en qué trabajamos, cuánto cobramos, qué deseos tenemos, que cosas nos frustran y qué nos hace felices, quiénes son nuestros amigos y familiares y qué vínculos tenemos con ellos. Todo en tiempo real, actualizado al momento en que deseen saberlo.

La intimidad pasó a ser también un concepto de la modernidad, otra verdad que debería quedar en el olvido. El neoliberalismo encontró un método de subjetivación que no tiene pasado, en el que todo es volátil y que se pueden afirmar cosas contradictorias sin que eso nos haga ruido. Bifo Berardi habla de una generación post alfabética y de su incapacidad de construir pensamiento crítico. El pensamiento crítico era posible gracias a que alguien del entorno afectivo nos enseñaba el mundo y esa confianza en el afecto hacía poner en duda eso que escuchábamos cuando no coincidían con lo que nos había dicho esa persona que respetábamos y queríamos.
La pantalla no sabe cuidar
En un contexto en el que madres y padres trabajan largas horas y las alternativas de cuidados son insuficientes, la pantalla se volvió omnipresente en la vida de millones de niños en todo el planeta. En primer lugar, como forma de sociabilidad, pero también como referencia de conocimiento. Información que no interpela de ningún modo, ya que el algoritmo se encarga de reafirmar lo que ya pensábamos previamente.
Con el surgimiento de la inteligencia artificial se acrecienta la dificultad para pensar por uno mismo. Esta nueva tecnología no nos contradice, a lo sumo nos abre puertas alternativas, pero no confronta, nos enseña a aceptar y debatir. Es una etapa de afianzamiento de la tecnología para subjetividades volátiles y una emocionalidad de cristal.
Cada empresa que desarrolla IA’s tiene una impronta, un modo de reflexión que no es otra cosa que criterios con los cuales se produce el entrecruzamiento de datos y objetivos claros y concretos.
Mantienen mecanismos de manipulación que reconocimos en la prensa hasta el surgimiento del cine, que vimos en Hollywood y que se prolongó hasta la pantalla del televisor. Esto se profundiza con el primer aumento exponencial de exposición a las pantallas a partir de la televisión por cable, al tiempo que surge el uso de la PC y las tecnologías digitales.
La construcción de realidades e imaginarios sociales que ya no requieren del consenso social acerca de determinadas problemáticas, sino de la fragmentariedad de la percepción, bombardeada por imágenes, sonidos y textos que no mantienen una coherencia, han propiciado el descrédito hacia la ciencia y a las instituciones públicas y privadas que garantizaban credibilidad acerca de lo que es o no cierto en nuestra sociedad.
Espejitos de colores
Destruido este acuerdo social, cualquier persona puede buscar en la red la verdad más cercana a sus intereses. La proliferación de contenidos racistas, homófobos, misóginos, clasistas y anti todo aquello que es incómodo al poder, permite afianzar una hegemonía basada en la ignorancia y el desprecio por la vida. Gran parte de la frustración que conduce a muchos jóvenes por este camino es la imposibilidad de realizarse en la sociedad de consumo. La carrera por tener es interminable. La ansiedad y la frustración que genera poder ver permanentemente todo lo que uno no tiene es agotador.
El Burnout (estar quemado) no es sólo laboral, es de consumo. Nuestros deseos ya no son autónomos, sino autómatas. La comodidad es el modo de aceptar esa frustración y el confort es la clara argucia para dejar de pelear por lo que queremos.
La tecnología nos quita vida, nos acelera los tiempos como seres vivos. El no vivir en los tiempos de la naturaleza nos lleva a construir vínculos lábiles, inconsistentes. Nuestras relaciones se producen desde el lugar de consumidores y no de personas o de trabajadores. Esa pérdida de identidad se afianza día tras día con las tecnologías que se parecen a los espejitos de colores, que en realidad nos devuelven la imagen que el poder quiere que tengamos de nosotros mismos.
Publicado en el semanario El Eslabón del 20/12/25
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