La política económica de Javier Milei avanza mal y deja un resultado cada vez más visible. El ajuste no distingue sectores: salarios docentes y del personal de la salud fueron pulverizados y, en el transcurso de los últimos dos años, se perdieron miles de empleos privados. En las últimas horas, además, el Gobierno impulsa una reforma laboral de carácter regresivo, orientada a fragmentar los gremios y a profundizar relaciones de dependencia en condiciones cada vez más desiguales frente a los empleadores.
Se trata, sencillamente, de una degradación profunda de las condiciones de vida de la clase obrera: un plan sistemático y deliberado, una ofensiva contra la clase trabajadora argentina, sin otro horizonte que ese.
Ese saldo comienza a traducirse en una baja considerable del apoyo político. En términos relativos –entre voto duro, voto blando y adhesiones circunstanciales– el oficialismo ve significativamente reducido su apoyo social en relación con el balotaje de 2023, en un contexto marcado por la abstención y la desafección política. Sin embargo, esa merma no encuentra todavía una alternativa clara: Milei continúa liderando en un desierto político, frente a una oposición en crisis, dilatada y sin una identidad definida.
Frente a este escenario no emerge una oposición orgánica, sino una constelación de rechazos sociales que le dan la espalda al proyecto oficial, pero que aún no encuentran una expresión política esclarecedora. El malestar existe y se expande, pero aparece fragmentado, individualizado, sin programa compartido ni representación definida.
Distintos actores intentan capturar esos sedimentos dispersos. Desde un larretismo deslegitimado que ensaya un regreso desde el olvido —con el desfile por streamings de la exministra de Desarrollo Social, María Migliore— hasta recorridos territoriales que no logran mover el amperímetro, pasando por un peronismo que todavía no alcanza una definición superadora. Incluso las figuras que mayor presencia social exhiben, como Juan Grabois, expresan más, por ahora, una búsqueda que una síntesis. Y los intentos de imponer liderazgos desde arriba –como las irrupciones mediático-religiosas de Dante Gebel– funcionan más como sacudones coyunturales que como verdaderas posibilidades de cauce social.
La alternativa, entonces, no aparece como un lugar reservado ni como una silla vacía a la espera de que alguien venga a ocuparla. Más bien, se trata de una vacancia a construir: un espacio político que pueda emerger a partir de una práctica territorial sostenida y socialmente arraigada.
El caso del actual alcalde neoyorquino, Zohran Mamdani, resulta elocuente en ese sentido. Antes de convertirse en una figura central de la política de la ciudad, era un legislador joven, relativamente desconocido, que hizo del recorrido territorial el núcleo de su construcción política. Vivienda, transporte público, salarios, trabajo, salud: demandas que, más allá de las distancias geográficas, no resultan tan ajenas a las que atraviesan hoy amplios sectores de la sociedad argentina.
Su campaña se apoyó menos en aparatos, padrinazgos o encuestas que en una presencia persistente en el espacio público. Videos hablándole a vecinos en la calle, intervenciones en español para dialogar con comunidades migrantes, acciones orientadas a interpelar a sectores populares y trabajadores empujados a la exclusión. Allí donde las políticas neoliberales de la última época habían producido olvido y abandono, la apuesta fue volver a poner en primer plano lo evidente.
La experiencia señala una clave: la representación no se decreta ni se importa, se construye. Y tal vez sea en esa construcción –lejos de los discursos pulidos, de los buenos modales vacíos y de la obediencia ciega a las especulaciones– donde pueda empezar a llenarse la vacancia política que hoy atraviesa el descreimiento social frente al proyecto oficial.
Publicado en el semanario El Eslabón del 27/12/25
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