Para quienes se ganan la vida invirtiendo su fuerza de producción en el rubro prensa y comunicación, la defensa del Estatuto del Periodista Profesional supone –contra lo que vale suponerse por eso de “profesional”– asumir identidad trabajadora. Más allá de niveles de estudios aprobados, en la ley 12908 se trata de “personas que realicen en forma regular, mediante retribución pecuniaria, las tareas que le son propias en publicaciones diarias o periódicas y agencias noticiosas”.
En el 46 del siglo pasado, cuando se aprobó la norma, el riesgo de perder la conciencia de clase seguramente acechaba menos acentuadamente en este gremio, por entonces todavía abocado mayoritariamente a la producción gráfica y radial, en las que incluso quienes se situaban en la cima de la popularidad mediática eran casi invisibles y los mensajes se emitían al cabo de una labor de producción previa más extensa e intensa que la prevaleciente en el marco del desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación, en la que el reinado de la imagen, la simplificación, el efectismo y la inmediatez inciden fuerte.
Así, respecto del año 46, en el siglo 21 la apuesta a “una bonita carrera” individual, que priorice la búsqueda de prestigio y nivel de conocimiento personal, es una tentación mucho más al alcance de un periodista cualquiera y de cualquier persona que pretenda hacerse famosa, a la que además, nuevas tecnologías mediantes, también le resulta accesible emprender ese camino prescindiendo de una “empresa”, de una organización, de un colectivo productor y realizador de contenidos.
En la era de los memes, los hashtags y los influencers, influyen cada vez menos en los contenidos periodísticos la rigurosidad, la veracidad, la calidad y a la vez la conciencia respecto de la importancia de la comunicación, de la necesidad de entenderla como un derecho ciudadano, social, que se garantiza colectivamente, en comunidad y para la comunidad.
Con esta última concepción es con la que se orienta el trabajo de quienes producimos este periódico, que no empezó en el 46 del siglo 20 pero reivindica desde sus propios inicios, en 1999, el mismo proyecto de desarrollo nacional que permitió aquellos avances como el Estatuto del Periodista Profesional para el conjunto de la clase trabajadora.
Acá nadie niega que la evolución tecnológica influye, que las cosas cambian. Pero eso de que la onda es cortarse solo, de que todo está perdido, de que “esto vino para quedarse”, de que el mundo fue y será una porquería, ni en pedo.
Así que salud lectora, salud lector.
Y gracias por permitirnos seguir en marcha y cantando la marcha.
Publicado en el semanario El Eslabón del 3/1/26
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