El animal blancuzco se agitaba sobre la camilla. A los ojos de los presentes impresionaba aún más al compararlo con el cuerpo del que había salido. El gusano no era mucho más grande y, en ese estado de las cosas, no se sabía cuál de los dos estaba realmente vivo.
El pequeño cuerpo, traído con urgencia, había llegado en las manos de un hombre de Dios, quien debió actuar porque de otro modo no habría podido seguir hablando de cosas santas. En sus manos la criatura parecía un ser de otro mundo.
Pensaba que ya la había puesto a salvo hacía dos días, cuando la dejó en la única casa donde nadie preguntó por futuros problemas legales. Pero no había reparado en que la desgracia se le hubiese anidado dentro.
El médico ni siquiera la tomó en brazos, y al cura no le pareció humano que pasara sus últimos minutos sobre el frío del metal. Por eso la sostuvo como si la estuviera ofreciendo al Altísimo.
El galeno improvisó las curas. Conectó la aguja al brazo pequeño y gelatinoso que, sin haber aprendido aún qué era la resistencia, se dejó atravesar por el filo del tubo metálico que apenas lo superaba en diámetro.
El cuerpo, ya conectado al fluido, tembló casi de inmediato. Sostenido en las manos como estaba, se retorcía como un invertebrado. El sacerdote tuvo miedo de que se cayera y finalmente lo apoyó sobre la camilla. Para evitar que se deslizara lo mantuvo de costado, como hacía con los epilépticos. El médico, el cura y la dueña de casa rodearon el lecho inclinándose sobre él para ser testigos del final que venía persiguiendo a la criatura como una sentencia. Y cuando ninguno había desviado aún la atención, lo vieron comenzar su retirada.
La criatura continuó agitándose y abrió la boca. El gusano y el niño parecían estar en una danza en la que se imitaban los movimientos mientras uno se despedía del otro. En el aparente clímax del baile, el cuerpo se contrajo y en una única arcada lenta y acompasada, lo expulsó definitivamente sobre la camilla. El animal siguió moviéndose en soledad y el pequeño cuerpo, al fin, se relajó.
Los presentes no sabían en cuál de los dos posar la mirada. Iban de uno a otro como esperando descubrir cuál renunciaría primero. Poco a poco el gusano cesó su movimiento y, cuando todo parecía terminado, el pecho de la criatura se infló de aire y el tenso silencio de la sala se quebró con su llanto infantil.
***
En una familia numerosa y pobre los veranos transcurren entre primos y locaciones al alcance del grito parental transformadas en tierras lejanas por la imaginación infantil.
Nuestro campamento de verano oscila entre la calle de tierra que aglomera a la comarca familiar y el jardín trasero de la antigua casa paterna, cedida a una de las tías. La inmensa galería con techo de chapas cubre casi todo el terreno y expone una variedad infinita de cosas. Los artefactos más grandes, como muebles o herramientas de trabajo de gran porte, permanecen en el piso de tierra y crean muros o cuartitos que transforman a la gran galería en un laberinto. Para el resto, hay amuradas a las paredes estanterías de madera a las cuales sólo accedo –con mucho esfuerzo– a la primera línea. Mi prima, en cambio, que es una niña extremadamente alta para su edad, tiene acceso privilegiado. Esfuerzo al máximo las puntas de los pies pero el segundo estante permanece como un universo de cosas llenas de polvo sin descubrir. Ella, en cambio, camina a mi lado displicente, acompaña mis saltos de avistamiento y cada tanto estira sin esfuerzo su brazo largo y pálido, baja alguna cosa para entretenerme y vuelve a ponerla en su lugar después de que la examino y me aburro. En general, mi prima acompaña de esa forma todas nuestras ideas. En dupla o con el grupo de primas completo, ella sigue las consignas que, según quien las dice, podrían ser órdenes. Eso no importa: siempre obedece. Sobre todo si la ejecución de alguna idea podría traernos problemas, la elegimos especialmente. Si cocinamos a escondidas le tocará el ingrediente más difícil, el que ninguna madre accedería a darnos sin antes hacer demasiadas preguntas. Es siempre la encargada de las misiones complicadas y las ejecuta sin cuestionarlas, como si estuviera eternamente devolviendo un favor. Al saltar, hay que tener mucho cuidado porque algo pesado podría caerse de la estantería por accidente y golpearnos o romperse. Yo sigo buscando; cada tanto salto y estiro mi mano para señalar a mi prima el objeto de deseo. En este último intento, ella evalúa con la mirada cuál de todos elegirá para satisfacer mi curiosidad. Finalmente estira su brazo lánguido sobre mi cabeza y arrastra desde el fondo del segundo estante el frasco de vidrio hasta el borde de la madera. Después se pone de frente y lo toma con ambas manos para bajarlo de forma segura. Durante el descenso veo una parte de su cuerpo flaco, distorsionado por el líquido a través del vidrio. Continúa hasta el piso de tierra y descansa el recipiente, que parece extremadamente grande en sus manos. Como se queda en cuclillas, imito el movimiento para poder mirar el frasco de frente. El líquido no es totalmente transparente pero apenas fijo los ojos en el interior aparece flotando de repente, como si quisiera escapar, y caigo hacia atrás. Mi prima esboza una mirada tierna; me incorporo de inmediato para demostrar que sólo me ha tomado desprevenida y acerco la mano al vidrio como si fuera a tocarlo. El gusano sigue moviéndose de adelante hacia atrás, acompañando al líquido revuelto por el viaje desde la estantería. Por el efecto óptico que tienen las cosas sumergidas, el animal parece una gran serpiente blanca que poco a poco se queda inmóvil. Permanecemos agachadas, una frente a la otra, mirándonos por encima de la tapa redonda. Pongo mi mano sobre el metal pero es demasiado pequeña para alcanzar el diámetro y girar con fuerza: he tenido el impulso de liberarlo. Con un manotazo brusco, los dedos blancos y famélicos de mi prima –que contrastan con mi mano pequeña y marrón– interrumpen la escena. Intento sacar la mano pero ella resiste con una fuerza que no parece venir de su propio cuerpo.
Abandono la tensión y le pregunto, para acompañar la retirada:
—¿Qué es?
Ella saca ambas manos, limpia el resto de tierra de la tapa, se escupe el dedo y limpia la etiqueta blanca pegada en el centro donde leo con dificultad su nombre.
—Soy yo, ¿no ves?— dice, todavía molesta, y se devuelve cuidadosamente al
estante.
Publicado en el semanario El Eslabón del 27/12/25
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