Diciembre, ese mes del año en el que estamos todos hasta las pelotas. Ya no te soportás a vos mismo, mucho menos a tu entorno, cada vez notás más las cosas que te molestan, como el ruido que hace tu hermano al masticar o la impuntualidad de tu amigo que te hizo la gamba porque te faltaba uno para el picadito en la cancha de la Sexta. El mes doce, en el que con anterioridad el más miope de los videntes decía que se iba a terminar el mundo. Una bola de fuego, la implosión del sol, olas de hasta 400 metros que se iban a llevar todo puesto y sólo iban a quedar escombros de una civilización que alguna vez fue civilizada. Pero no pasó. Lo que ocurrió fue peor: el tiempo, tan caprichoso y vago como siempre, elige caminar despacio para darte ventaja, silba bajito, fuma todos los días, no hace rutinas de ejercicio ni estiramiento, sin embargo te alcanza sin transpirar. El tiempo nos pasó por encima sin necesidad de trucos ni engaños. Ya vimos cómo terminó lo que en algún momento denominamos la “década ganada”. También el ascenso definitorio del clan Macri que, ya teniendo poder económico de sobra, precisaba abrir el juego para sus grandes amigos, como lo fue el Fondo Monetario Internacional. Vimos cómo el Presidente ojos de cielo cayó ante un peronismo atado con alambre que anunció su dupla presidencial poco antes de que finalizara el plazo definido para presentar la lista. Con incluso una pandemia en el medio, pudimos divisar cómo esa coalición política denominada Frente de Todos se iba hundiendo lentamente en el océano pacífico de la política electoral como si del Titanic se tratara, concluyendo en lo que ahora tenemos en el Poder Ejecutivo: una pareja endogámica que utiliza el bastón presidencial de dildo, una hija lesbiana de las Fuerzas Armadas como vice y negocios por doquier. En el mundo de hoy es más importante garantizar tu ingreso mediante lo que en la jerga callejera se denomina “kiosquito político”, manteniendo cierta imágen performática para las redes, dejando de lado políticas que transformen la vida de al menos una argentina o un argentino. 

Lejos estoy de tener una mirada pesimista de la actualidad, prefiero dejárselo a los profesores de Filosofía y Letras o a algún que otro coaching ontológico. Reflexiono mirando al techo lleno de humedad de mi habitación, pensando en los grandes pensadores del país. No en Borges ni Pizarnik, que no terminan de ser de mi agrado, sino en Maradona y Perón, dos caras de una misma moneda, ambos queridos por una multitud gigantesca que profesa sus palabras a través del ejemplo y odiados por otra gran multitud que jamás aceptará su paso divino por las tierras sureñas del continente americano. Nos guste o no, en el cariño afectuoso y en el odio rabioso hay algo, un sentir que despierta emociones positivas o negativas, no importa, pero que te obligan a levantarte. Miles de trabajadores pusieron sus patas en la fuente y miles de militares bombardearon la plaza. La dualidad del ser argentino transformando su entorno, su realidad: unos construyendo identidad colectiva desde la Secretaría de Trabajo y Previsión –como el Pocho en sus inicios– otros saqueando y vendiendo la patria al mejor postor con la brújula apuntando siempre al Norte. Sin embargo, en este momento, desde mi lugar de estudiante y trabajador, veo que se ha tirado la toalla como Galota contra Tyson. Cierto abandono o dejadez en nuestras banderas, luchas, pañuelos, algo que no me deja pegar un ojo. Esa desesperanza con la cual mi profesor de historia me pide que salgamos a reclamar nuestros derechos, tanto de estudiantes como de futuros profesionales. Análisis sobran. Byung Chul Han, en la Sociedad del cansancio, pone en vigor la crisis de grandes narrativas que conecten nuevamente a las comunidades y alimenten el tejido social, sin embargo un coreano no nos puede hablar sin ser genérico de lo que está pasando en nuestro país que, claro, de alguna manera sigue la misma línea neoliberal que propone occidente. Es el movimiento hegemónico actual y pareciera que no hay otra forma de organización política y social como las cuestiones económicas. Lo que me parece importante dejar en claro en este análisis, no es que el mundo se va al carajo, al contrario, está en plena expansión al igual que el universo que nos cobija en una galaxia que a un degenerado de la Nasa se le ocurrió llamar vía láctea. Perón nos deja bien en claro, en su escrito Comunidad organizada, tomando cosas de Hegel, Heidegger y Gramsci, que la espiritualidad del hombre reside en la comunidad, en el trabajo y en la organización del mismo. Somos lo que los demás hacen de nosotros, claro que sí, pero sin dejar de lado que también somos nosotros quienes transformamos nuestro entorno, nuestra realidad. La denominada “competencia libre”, utilizada por los psicópatas del Siglo XXI, es sólo una metáfora o analogía que te dice: “Matá al prójimo”. Citando a Perón, el argentino es una unidad de energía, no una máquina regulada por un funcionamiento exhaustivo poniendo en jaque toda la filosofía empresarial con la cual nos bombardean los medios de comunicación actuales que solamente son un reflejo de las intenciones maquiavélicas del empresario que pone su dinero detrás. Volviendo a Perón y a la Comunidad organizada, el General pronuncia que la tercera posición es alimentada por la certeza de que el hombre tiene un destino superior al del mero desenvolvimiento como resorte productor. No desarrollamos nuestra espiritualidad mediante el trabajo solamente sino mediante la fe. Nuestra condición humana, que en tiempos de Inteligencia Artificial deja en claro que lo que más nos hace falta es inteligencia artesanal, sentidos, como el tacto, el olfato o la audición, son los que más nos sacan de nuestro propio eje para ponernos en contacto con esa otredad que nos permite construir sentido. Sentido que nos sobrepasa sin saber dónde terminó o desde dónde y cuándo arrancó. Citando al otro gran filósofo argentino, que fue Diego Armando Maradona, “la bronca es mi combustible”, no puedo no enojarme cuando veo injusticias, en el Poder Ejecutivo o Legislativo, o cuando echan a dos morochitos con los dientes más grandes que su propio maxilar del bar de la facultad simplemente porque están pidiendo limosna que el estudiante le da con asco y superioridad elitista aún sabiendo que sin su boleto gratuito se le complicaría llegar hasta la Siberia. El meollo del asunto no está en a quién votás, tampoco en si tenés flequillo rolinga o bigote. Al contrario, es mucho más profundo y espiritual. Nos hemos distanciado como comunidad, dejamos de organizarnos, de juntarnos, de abrazarnos, hemos permitido que –como Anakin Skywalker– nos consuma la angustia, el dolor y la voz frívola y seductora del lado oscuro. Hoy más que nunca debemos tener al lado a nuestro Dios para que nos dé más. Sí, aunque si no nos da nada no es importante, lo que importa es compartir la misma cadena de significantes, vernos como socios y no como competencia, pegándonos patadas dentro de la cancha pero cambiándonos las camisetas afuera. No se perdió eso, pero se encuentra socavado, como ruinas de una civilización anterior que son encontradas siglos después bajo tierra. No tengo la solución, sólo mucho combustible, convicción y amor por mí país.

Publicado en el semanario El Eslabón del 3/1/26

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