La automatización avanza más rápido que la política. A medida que la inteligencia artificial reemplaza al trabajo humano, se pone en crisis el principio mismo sobre el que se organiza la economía moderna.

En los Grundrisse, Marx anticipa una crisis de la plusvalía asociada al desarrollo tecnológico avanzado: cuando la inteligencia social, hoy crecientemente mediada por sistemas de inteligencia artificial, sustituye al trabajo vivo, el capital pierde su fundamento. A medida que la producción depende cada vez más de máquinas, ciencia y conocimiento científico acumulado, el trabajo deja de ser la principal fuente de ganancia y da paso a lo que Marx denomina intelecto general (general intellect), es decir, la inteligencia social objetivada en la tecnología. De este modo, el trabajo inmediato empleado en la producción deja de ocupar un lugar central en la valorización del capital.

La intuición central de Marx es que un capitalismo plenamente automatizado resultaría estructuralmente inviable: sin trabajo vivo no hay plusvalía, sin plusvalía no hay ganancia, y sin salarios no hay consumidores capaces de realizar el valor de las mercancías en el mercado. La abundancia tecnológica, lejos de conducir al paraíso neoliberal prometido, señala más bien el agotamiento del valor como principio organizador de la sociedad.

Este diagnóstico, formulado a mediados del siglo XIX, parece tomar forma en nuestro presente. Hoy la inteligencia artificial interviene de manera directa en la medicina, la ciencia y la industria: diagnostica enfermedades, acelera descubrimientos científicos y gestiona procesos productivos automatizados. La producción de riqueza depende así cada vez más de inteligencia social objetivada en sistemas técnicos y cada vez menos del trabajo humano inmediato. El problema ya no es la escasez, sino la creciente incompatibilidad entre una producción altamente automatizada y una forma social que sigue organizada en torno al salario, la ganancia y la propiedad privada del conocimiento.

En este contexto, el creador de OpenAI, Sam Altman, advierte sobre una crisis democrática propia de nuestro siglo. Ante un mundo posterior a la inteligencia artificial general, en el que el poder productivo se desplaza del trabajo al capital, las políticas públicas –sostiene– deben readaptarse al nuevo escenario tecnológico. En ese marco, propone gravar los principales activos de concentración de riqueza –las grandes empresas y la tierra– para redistribuir el excedente tecnológico mediante impuestos al capital automatizado y la implementación de una renta básica universal. Aunque en el debate político argentino estas ideas suelen ser leídas como “socialistas”, se trata, en rigor, de un intento por preservar la estabilidad del sistema, anticipando un problema de magnitud histórica a partir de una respuesta reformista al cambio tecnológico.

Otra imagen posible de este futuro aparece en la serie Incorporated (2016), situada en el 2074, que imagina un mundo donde los Estados nacionales han sido desplazados por megacorporaciones y la vida social se organiza exclusivamente en función de su poder económico y tecnológico. La sociedad se divide en zonas: las Green Zones, protegidas y altamente tecnologizadas, y las Red Zones, territorios abandonados a la precariedad, la violencia y la exclusión. En este escenario, la ciudadanía deja de existir y es reemplazada por la pertenencia –o no– a una estructura corporativa. La desigualdad, que siempre ha atravesado al sistema actual, se absolutiza aquí como único principio organizador, convirtiendo a la tecnología en un privilegio administrado por el capital y no en un bien social.

Frente a este horizonte, el posmarxismo sostiene que la inteligencia social objetivada no pertenece a las corporaciones, sino a la sociedad en su conjunto, retomando el cuestionamiento originario de la plusvalía. Desde esta perspectiva, se vuelve necesario pensar un futuro desligado de la supervivencia salarial, en el que los frutos de la automatización sean socializados, en clave de una sociedad no sólo más allá del capitalismo tecnológico, sino fundamentalmente post-trabajo. 

La cuestión central ya no es si la automatización avanzará, sino qué forma social adoptará. Es evidente que traerá menos trabajo humano inmediato. El tiempo que se libere –ya en disputa– podrá abrir una vida más libre y plena en afectos, ocio y arte, o consolidar una exclusión estructural de millones. De esa decisión dependerá el sentido del mundo que viene.

Publicado en el semanario El Eslabón del 3/1/26

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