“¿Puede la muerte estar dormida, si la vida es sólo un sueño,
y las escenas de dicha pasan como un fantasma?” (John Keats)
Más de una vez, algunas cosas nos llevan a otro tiempo. Al pasado o a un futuro al que no queremos ni mirar. Por el miedo a la certeza de eso que sabemos que un día va a llegar. Y no queremos. Nunca queremos.
El viento pasa por los eucaliptos. Sigue. Envuelve una bolsa, la infla, la levanta. Ahora la bolsa parece una paloma que se va lejos. Pongo la pava para tomar algo y la veo a mami. Desde la ventana, en los eucaliptos la veo. Me pide que no me desabrigue y que tome todo el mate cocido. De labios pintados. Es joven. Muy joven. Para entonces tiene las caderas con contorno de fruta. El pelo oscuro, la piel lisa. Es invierno. Me termina de vestir. Medias. Cordones. Mochila. Hija, la mochila, dice, y acomoda cosas adentro. La tos no es amiga con estos fríos, hija. En el calentador pone una lata con hojas de eucalipto, agua y enciende el fuego. Yo la miro. Sé que cuando el agua hierva, voy a respirar eso.
El agua hierve.
Respiro.
Mi casa.
Mami.
Las hojas de eucalipto.
Respiro.
La Daisy en el patio. No llora, aunque desde que es cachorra está atada.
El eucalipto me brota en los pulmones mientras afuera el viento sigue levantando bolsas como palomas.
Mami se pone sombra en los ojos. Y se retoca más todavía. Un labio con el otro. Aprieta. Siempre hace así. Como si se diera un beso ella misma. Me pide que no deje de respirar el vaho. Prepara las bicis. Tiene lindas piernas. Fuertes. Es alta. Se sienta en la bici como si le tiraran con una cinta de la punta de la cabeza.
Es linda… Pero esa mañana, más.
Pedaleamos una al lado de la otra. Me quedo atrás. Me mira de costado. Dale hija que llegamos tarde. Espera con un pie en el cordón y el otro en el pedal. La bufanda le flota, y el pelo. El viento le empuja de atrás todo junto: pelo y bufanda.
La miro.
De grande quiero ser linda. Una mujer linda y ocupada. Igual que ella. Me apuro. Me agito pero pedaleo. Tengo que alcanzarla, no me quiero quedar sola aunque me sepa de memoria el camino. Podría ir y volver con los ojos vendados hasta la escuela si quisiera. Ella me enseñó. Pero no soporto la idea de que se aleje. Nomás pensarlo y de nuevo la tos.
El viento de junio me da en la nariz. Se me mete en el pecho. El pasto en la vereda se hace escarcha. Todo es blanco. Yo me pongo a hacer el juego de fumar. Largo una nube de mi cigarrillo imaginario. Hija, ¡apurate!
Siempre apurada. Tiene que volver. Hay de todo para hacer en mi casa. Atender a mi papá cuando llega del trabajo. La comida. La ropa. Me apuro, pero nunca quiero llegar a la escuela. Odio el momento del beso en el cachete hasta la vuelta. Mami no tiene por qué quedarse sola. Ni yo tampoco.
Nunca me abandonó la tos. En una ciudad como esta. Llena de humedad. Todavía me ataca. Como me atacó aquel invierno.
La seño junta dos sillas. Me acuesta y me tapa con la campera. Es cerca del mediodía porque cada chico guarda sus cosas y la campana suena.
Mami no trae la misma cara que cuando vinimos. Yo me despancé tosiendo, toda la mañana. Le dice la seño que no sabía qué hacer ni dónde llamar. En casa no había teléfono.
Mami me pone las manos en la frente. Me levanta. Agarra mi mochila. Tiene fuerza para hacer todo eso junto. Trae los labios todavía pintados. La ropa linda y los cachetes con maquillaje. Nomás de verla, la tos me afloja.
Ya en casa, vuelve a prender el calentador. Va. Viene. Mi papá está por llegar. Y mi papá es una persona a la que le gusta que esté todo como Dios manda. Para eso se desloma. Para eso trabaja todo el día. Para eso es él el que lleva la plata a la casa. Que esté todo le gusta. Sentarse y comer. Sifón, pan, vino. Fruta en la mesa.
Mami guarda mis cosas de la escuela. Prepara esto. Aquello. Va. Viene. Me ayuda a cambiarme. Los vidrios se empañan, apenas si veo a la Daisy que camina para un lado y para el otro. Pero no ladra. Camina. Hace un silbido. Se agita. Pero todavía no ladra. Ni aúlla. Todavía no.
La casa huele a sopa, a eucalipto. Al rastro que deja mami de ir y venir. De llevar, de traer.
El agua hierve.
Otra vez soy árbol. Mami me sonríe. Alta, con sus contornos de fruta y sus piernas fuertes. La Daisy ladra. Conoce el olor de mi papá. Gruñe y con toda la parte de arriba del hocico hace una mueca. Le muestra los colmillos. La baba que se le sale de la boca chorrea la cadena y la tierra del patio. Haber nacido perra, le hubiera mostrado los colmillos a mi papá. Cada vez que llegaba se los hubiera mostrado. Incluso, le hubiera saltado encima, se los hubiera clavado y, hasta matarlo, se los habría hundido.
Mi papá se sienta, pide la comida. Como siempre, se pone una servilleta en la panza. Mami corre a servirlo, como siempre. Pero con el asunto de mi tos le faltó el pan. Y, encima, ella que hoy ¡como a una puta!, se le ocurrió pintarse. ¿Quién mierda se piensa que es para pintarse así? ¡Ella tiene un esposo! ¡Y una hija tiene! ¡Son una familia decente!
La escucho a la Daisy que arrastra la cadena. Para un lado. Para el otro. La cadena se tensiona. El hierro se hace fuerte en el cogote fuerte de la Daisy. Yo empiezo a toser. Y la Daisy a ladrar cada vez más. Todo se junta. Los gritos de mi papá, los aullidos de mi perra y mi tos. La casa late. Y mi corazón late fuerte adentro del latido fuerte de la casa. Me ahogo con los gritos de mi papá que se saca la servilleta de la panza. La aprieta. Da un manotazo y tira todo lo que hay en la mesa. Plato, vaso, fruta. Todo tira. Menos el pan porque para el pan la señora no tuvo tiempo pero sí para pintarse toda la cara ¡como una puta! De eso sí la señora se acordó, pero no de poner un pan en la mesa. En una mesa respetable como la de su familia ¡Una mujer con un esposo! ¡Una mujer con una hija! Para pintarse la señora tuvo todo el tiempo… ¡La Señora Puta! Pero para el pan… ¡Para el pan, no!
La Daisy gruñe. Aúlla. Con la cadena y el cuerpo hechos un sólo músculo. Se inclina como hace siempre, hacia la voz de mi papá. Hacia su olor. Las manos de mi papá le aprietan el cuello a mami. Haber nacido perra para saltarle encima y no quedarme parada como una boba, como una estúpida, sin moverme, sin hacer otra cosa que toser, toser, toser.
Hasta que por fin la suelta.
Sigo mirando por la ventana. Pasan los autos. La gente. El viento pasa y pasa el tiempo. Pero la imagen de mami se queda. En los eucaliptos. Entre las ramas. Resiste.
Al lado mío, resiste la certeza de lo inevitable. De eso que sé que un día va a llegar. Y no quiero que llegue.
Mami ya no tiene los contornos de fruta. Ni se pinta la boca. Y a mí, el beso de despedida cada vez me cuesta más. Siempre quise ser linda. Una mujer linda, ocupada, como ella. Si llegué a ser algo de eso, no sé. Lo que sí sé es que no me quiero quedar sola, aunque me sepa de memoria el camino.
Publicado en el semanario El Eslabón del 3/1/26
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