El mundo a 50 años del Golpe

El juego de las máscaras 

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La historia no se repite idéntica a sí misma. Pero cuando se comparan contextos, asoman continuidades estructurales de larga duración, profundas y sistémicas, más allá de los infinitos cambios exteriores.

Los acontecimientos no se repiten. Lo que persiste son estructuras de larga duración, (económicas, cognitivas), que condicionan y dan nueva forma al pasado, pero no lo reproducen. El poder de transformación de los hechos-acontecimientos a través del tiempo, y en función de las distintas narrativas de la que forman parte, es infinito. Hay cambios cosméticos, cambios de máscaras, de disfraz, de aspecto exterior. Y también hay cambios profundos, que convierten lo viejo en otra cosa, aunque lo nuevo conserve rastros, rasgos, y restos de lo anterior. Los sistemas económicos son complejas estructuras, e incluyen condiciones materiales, simbólicas y cognitivas de larga duración e infinito potencial para ser y/o parecer algo distinto.

Las decisiones pasadas condicionan el presente, pero no lo reproducen. El resultado de un proceso, y el impacto y la valoración de un hecho histórico, depende de una secuencia de decisiones, hechos y acontecimientos del pasado.

Para el historiador francés Fernand Braudel (1902–1985) la historia no avanza por repetición de hechos, sino por superposición de ritmos temporales. No hay reiteración sino persistencia estructural: continuidades profundas y cambios irreversibles.

El escritor y pensador alemán Walter Benjamin (1892–1940) rechaza tanto la idea de progreso como la de repetición. La historia no avanza ni vuelve: irrumpe. El pasado no se repite: interpela al presente en constelaciones únicas. La historia no se reitera a sí misma: cada instante es una configuración irrepetible de peligro y posibilidad.

Comparar no sirve para identificar, sino para detectar diferencias significativas bajo apariencias similares. Es una actividad heurística (investigación en busca de un descubrimiento), no mimética (buscar parecidos e identidades). La comparación puede resultar muy reveladora si se equilibran similitudes y diferencias. 

Confrontar dos contextos sociales separados por medio siglo, específicamente 1976 con 2026, permite apreciar enormes diferencias que conviven e interactúan con obvias continuidades y líneas de fuerza profundas y estructurales. Las continuidades y las rupturas, lo nuevo y lo viejo, lo que parece nuevo pero es viejo, y lo que es viejo pero parece nuevo, resultan complementarios.

PETRÓLEO Y GUERRAS EN MEDIO ORIENTE

El Reporte Anual 1976 del FMI señala que la economía mundial completaba el primer año de recuperación con inflación aún alta y preocupación por estabilidad de precios y políticas monetarias. Persistían síntomas del estrés tras la crisis del petróleo de 1973 y del reacomodamiento macroeconómico global. 

La crisis del petróleo de 1973 comenzó el 16 de octubre, a raíz de la decisión de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de no exportar más petróleo a los países que habían apoyado a Israel durante la guerra de Yom Kipur, que enfrentó a Israel y Egipto.

El denominado Occidente tenía una fuerte dependencia del petróleo procedente de Medio Oriente. Los países occidentales se vieron sumidos en una grave crisis económica mientras el precio del petróleo aumentaba. El 16 de octubre de 1973, como parte de la estrategia política derivada de la guerra de Yom Kipur, la OPEP detuvo la producción de crudo y estableció un embargo para los envíos petrolíferos hacia Occidente, especialmente hacia Estados Unidos y los Países Bajos. También se acordó un boicot a Israel.

En marzo de 1976, el Líbano se encontraba inmerso en una guerra civil abierta, iniciada formalmente en abril de 1975, pero que en el primer trimestre de 1976 había entrado en una fase de radicalización y fragmentación extrema. No se trataba de disturbios esporádicos, sino de un conflicto armado sostenido entre múltiples actores, con frentes urbanos, limpieza sectaria, desplazamientos masivos y una erosión casi total de la autoridad estatal. Para marzo, Beirut estaba dividida por líneas de demarcación, el ejército libanés se había fragmentado y la violencia había adquirido una lógica autónoma. 

Los principales bloques enfrentados eran, por un lado, el Frente Libanés, dominado por milicias cristiano-maronitas (como la Falange/Kataeb), y por otro el Movimiento Nacional Libanés, una coalición de fuerzas musulmanas, de izquierda y panarabistas, estrechamente aliadas con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). 

Desde la perspectiva internacional, el conflicto libanés era percibido como el epicentro de la inestabilidad regional en Medio Oriente en ese momento, que combinaba guerra civil, cuestión palestina, rivalidades árabes, intervención indirecta de potencias regionales y el riesgo permanente de un enfrentamiento entre Israel y Siria. En marzo de 1976, el conflicto estaba en plena expansión.

Hace 50 años, no existía una guerra árabe-israelí convencional en curso, pero el conflicto se encontraba en un estado de alta tensión latente, con frentes diplomáticos activos, violencia localizada y señales claras de que el problema estaba lejos de resolverse. El período se sitúa entre la guerra de octubre de 1973 y los acuerdos de Camp David.

También estaba activo el frente egipcio-israelí: los acuerdos de separación de fuerzas en el Sinaí estaban siendo completados a comienzos de 1976, con el despliegue de fuerzas de la ONU y la retirada parcial israelí. Sin embargo, estas medidas eran vistas como “tácticas y reversibles”, no como una paz definitiva. El presidente de Egipto, Anwar el-Sadat, expresó públicamente su frustración con el estancamiento del proceso y reclamó la reanudación de la conferencia de Ginebra con participación palestina, algo que Israel rechazó. 

Por su parte, el frente sirio-israelí, en los Altos del Golán, permanecía relativamente quieto en términos militares, pero altamente sensible. Siria no había firmado ningún acuerdo político comparable al del Sinaí, y los Altos del Golán seguían ocupados por Israel, desde que los arrebató por la fuerza en 1967. La combinación entre el estancamiento en este frente y la guerra en el Líbano hacía temer que cualquier escalada libanesa pudiera derivar en un enfrentamiento directo entre Israel y Siria.

EL PUEBLO PALESTINO LUCHA CONTRA LA EXPROPIACIÓN

Marzo de 1976 fue particularmente significativo para la larga historia de lucha del pueblo Palestino. El 30 de marzo, que pasó a la historia como el Día de la Tierra (Land Day), mujeres y hombres palestinos de Israel se movilizaron contra las expropiaciones de tierras en Galilea. Aunque el episodio culminó a fines de mes, la tensión y la movilización ya eran visibles durante marzo y reflejaban que la resistencia del pueblo palestino ante la ocupación no paraba de crecer y organizarse.

La masiva protesta palestina del 30 de marzo causó un gran impacto dentro de Israel. Fue una movilización sin precedentes y marcó un punto de inflexión histórico, ya que fue la primera protesta nacional palestina dentro de Israel desde 1948. La represión fue brutal y se registraron víctimas fatales. 

Desde la perspectiva de la lucha palestina, marzo de 1976 fue un mes de movilización y organización. La cuestión palestina atravesaba simultáneamente varios espacios: Israel, los territorios ocupados y los países vecinos, especialmente el Líbano.

En los territorios ocupados se registraban renuncias de autoridades locales, protestas, censura y detenciones, desde febrero-marzo de 1976. La OLP, por su parte, consolidó su papel como actor político internacional, con debates activos en la ONU sobre su participación en futuras conferencias de paz, lo que generaba tensiones diplomáticas adicionales. 

ESTADOS UNIDOS: PRUEBAS NUCLEARES Y AMENAZA A CUBA

El 24 de marzo de 1976, Gerald Ford era presidente de los Estados Unidos. Había asumido el 9 de agosto de 1974, y terminó su mandato el 20 de enero de 1977. Ocupó la presidencia tras la renuncia de Richard Nixon por el escándalo Watergate.

En los días previos al golpe del 24 de marzo de 1976, buena parte de la atención mediática global que pasaba por Estados Unidos se organizó alrededor de la carrera presidencial. Gerald Ford versus Ronald Reagan, en el Partido Republicano. Y Jimmy Carter, consolidándose como favorito demócrata, compitió con Hubert Humphrey, ex vicepresidente y candidato del partido en 1968, y con el senador Henry Jackson, que aumentó su proyección nacional al pronunciarse regularmente sobre las relaciones entre la Unión Soviética y EEUU, y la política de Medio Oriente. Jackson recibió un importante apoyo financiero de judíos estadounidenses que admiraban sus posturas pro-israelíes, pero su apoyo a la guerra de Vietnam provocó la hostilidad del ala izquierda del Partido Demócrata.

Tras la primaria, Ford aparecía como ganador claro sobre Reagan y esa victoria era interpretada como un freno a la idea de que el partido podía girar abruptamente a la derecha o dividirse de cara a noviembre. Los medios subrayaban que el conflicto Ford-Reagan no era sólo de liderazgo, sino de programa: inflación, impuestos, política exterior y orden eran temas de campaña. En paralelo, los demócratas mostraban el crecimiento de Carter, aun cuando el mapa de delegados y preferencias internas indicaba tensiones con otros sectores y figuras. 

El 17 de marzo de 1976 Estados Unidos realizó una prueba nuclear subterránea en Nevada, un hecho de gran impacto en el contexto de la Guerra Fría. Fue una muestra del poder imperial que en la sociedad alimentó debates sobre disuasión, control de armas y consecuencias ambientales.

También en 1976, el secretario de Estado, Henry Kissinger, consideró planes de contingencia para atacar a Cuba, incluyendo bombardeos y minado de puertos, en respuesta a la intervención militar cubana en Angola. Aunque aprobados por el presidente Ford, los planes no se ejecutaron debido al temor de una confrontación con la Unión Soviética y el cambio de administración tras la elección de Jimmy Carter. La intervención cubana en Angola (Operación Carlota) en 1975-1976 fue vista por Estados Unidos como una provocación inaceptable que requería una respuesta contundente. Kissinger consideraba que Cuba debía ser “castigada” para disuadir futuras intervenciones, indicando que la seguridad nacional y la contención del comunismo seguían siendo prioridades.

EL IMPERIO, ACTOR FUNDAMENTAL DEL GOLPE GENOCIDA

El Plan Cóndor fue un mecanismo de represión política y terrorismo de Estado llevada a cabo a partir de 1975 por varias dictaduras latinoamericanas con el respaldo del gobierno de Estados Unidos, que incluía operaciones de inteligencia y el asesinato de opositores en el continente.

Fue implementado oficial y formalmente el 25 de noviembre de 1975 por los líderes de los servicios de inteligencia militar de Argentina, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay, y llevado a cabo luego por las cúpulas de los regímenes dictatoriales y gobiernos democráticos de América del Sur.

Los documentos reunidos por el Archivo de Seguridad Nacional (National Security Archive) muestran que existieron contactos directos entre funcionarios estadounidenses y golpistas. En un cable enviado una semana antes del golpe, el embajador de Estados Unidos en Buenos Aires, Robert Hill. informó que el almirante Emilio Massera le había solicitado una reunión privada y le había dicho que “no era secreto que los militares podrían tener que intervenir muy pronto”. 

El Archivo Nacional de Seguridad es una institución no gubernamental sin ánimo de lucro localizada en la Universidad George Washington en Washington D.C. en los EEUU. Fundada en 1985, esta institución archiva y publica documentos desclasificados por el gobierno federal relacionados con la política exterior de dicho país. 

Más aún, los documentos indican que EEUU comunicó de manera “discreta” que reconocería al nuevo gobierno militar. El mismo conjunto documental señala que Washington hizo llegar ese mensaje más de un mes antes del golpe, y que el entonces director de la CIA, George H. W. Bush, informó al presidente Gerald Ford sobre la posibilidad concreta de un golpe “casi dos semanas antes del 24 de marzo”. 

Este conocimiento previo implicó, en principio, una “aceptación anticipada de su resultado” y una evaluación estratégica que priorizaba la estabilidad, el alineamiento anticomunista y la previsibilidad del nuevo régimen por sobre la continuidad institucional democrática. Los documentos muestran que Washington no fue un actor pasivo ni sorprendido, sino “un observador informado que decidió no obstaculizar el derrocamiento” que luego se convirtió en un actor activo y fundamental.

La evidencia documental hoy disponible permite afirmar con alto grado de certeza que el gobierno de Estados Unidos tuvo conocimiento previo, detallado y temprano sobre la preparación de un golpe militar en Argentina contra el gobierno de Isabel Perón. Este conocimiento no fue marginal ni fragmentario, sino que formó parte de evaluaciones sistemáticas del Departamento de Estado, la Embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, y la CIA, durante todo 1975 y comienzos de 1976.

Un documento clave es el “Memorándum del 13 de febrero de 1976”, titulado “Posible golpe en Argentina” (“Possible Coup in Argentina”), redactado por el secretario de Estado adjunto para Asuntos Interamericanos, William D. Rogers, y dirigido a Henry Kissinger. Clasificado como secreto, el texto afirmaba que “las probabilidades de un golpe militar son mayores que en cualquier momento desde 1973” y advertía explícitamente que un gobierno militar argentino sería “amistoso hacia los Estados Unidos”, pero “casi con certeza incurriría en violaciones a los derechos humanos” que generarían críticas internacionales. 

El 24 de marzo de 1976, cuando las Fuerzas Armadas argentinas derrocaron a Isabel Perón, la reacción del gobierno estadounidense fue “rápida, pragmática y cautelosa en lo público”, pero internamente favorable a la consolidación del régimen genocida. Los cables y memorandos desclasificados indican que el golpe “no tomó por sorpresa a Washington” y que existía un consenso previo sobre cómo proceder.

Dos días después del golpe, el 26 de marzo de 1976, Henry Kissinger declaró en una reunión interna del Departamento de Estado que el nuevo gobierno argentino “necesitaría un poco de aliento” por parte de Estados Unidos. Esta frase, registrada en documentos oficiales, se convirtió en uno de los indicios más claros de la disposición inicial de la administración Ford a “respaldar políticamente al régimen militar”. 

El reconocimiento diplomático fue rápido y sin condiciones previas en materia de derechos humanos. Este enfoque se inscribía en una lógica ya aplicada en otros países del Cono Sur, donde Washington privilegiaba gobiernos considerados “previsibles” y alineados en el marco de la Guerra Fría.