El escritor e investigador del Conicet, Sergio Pujol, autor del libro Rock y dictadura, repasa el papel que cumplió la música popular argentina en los años oscuros. La censura, las razzias en los recitales, el pelo largo y la resistencia.
La dictadura cívico militar que azotó al país entre 1976 y 1983 no sólo perpetró el plan sistemático de exterminio más cruel de la historia de nuestra patria sino que también se ensañó con la cultura. Con las tijeras de la censura más afiladas que nunca, salieron a la caza de libros, películas, revistas y por supuesto canciones. Horacio Guarany, Mercedes Sosa, León Gieco, Charly García, Litto Nebbia y hasta María Elena Walsh fueron algunos de los tantos artistas que sufrieron el alcance de esos ataques feroces.
“No bastaba con secuestrar y desaparecer gente ni con eliminar la vida política argentina, la dictadura necesitaba un consenso en la sociedad”, señala el historiador Sergio Pujol, autor del libro Rock y dictadura, en diálogo con El Eslabón, y agrega: “A medida que transcurre el proceso militar, el lugar que ocupa el rock en la Argentina va siendo cada vez más importante. Los recitales van a convocar cada vez más público y, a la vez, el propio movimiento del rock se va a ir politizando o va a empezar a tener una conciencia política muchos más aguda de la que tal vez había tenido en los comienzos de su historia”.
Los amigos del barrio
En 2006, ante el aniversario 40 del golpe de Estado, Pujol se propuso investigar sobre la compleja relación entre la música popular y la dictadura. “Fue un trabajo arduo, apasionante y complejo porque no era solamente hacer un relevamiento histórico, abordar fuentes escritas, entrevistas en profundidad, analizar discos, sino que era un tema que me interpelaba muy personalmente”, indica el escritor y crítico especializado en música argentina, y argumenta: “Egresé del Colegio Nacional en 1976, me recibí de la Universidad en la carrera de Historia en 1982 y empecé a trabajar en el Conicet con la recuperación democrática. Por lo tanto, mi educación se produjo en las peores condiciones posibles, con biografías censuradas, con muy pocos profesores de calidad académica y con un fuerte sesgo autoritario”.
“Escribir un libro sobre la relación rock dictadura era algo más que un desafío historiográfico, significaba un trabajo de introspección, de memoria personal, de ver de qué manera yo podía articular mis recuerdos de fan roquero que iba a recitales, que compraba discos, que leía las revistas El expreso imaginario, la Pelo, con la distancia crítica necesaria para hacer un trabajo de historia. Es un libro donde se cruzan la memoria, que es la transmisión de generación en generación, y la historia, que es indagar ese pasado para entender por qué pasó lo que pasó y cómo se desenvolvieron los principales actores sociales y culturales en un momento tan difícil para la sociedad argentina en su conjunto”, añade.
Respecto de cómo resolvió encarar semejante desafío, Sergio explica que “una línea de relato está hecha de historias de vida de los principales exponentes del rock argentino, como Charly, Spinetta, León Gieco, Raúl Porchetto, Litto Nebbia y varios más, con sus discos, sus giras, las dificultades que encontraban para cantar o para grabar determinadas canciones, el hostigamiento, las razzias en los recitales, aquellos que se tuvieron que ir del país”.
“Y por otro lado –continúa–, en paralelo a eso, los discursos de los militares y los funcionarios de la dictadura que aludían a la juventud porque veían en los jóvenes un reservorio de rebelión para el plan de la dictadura militar que básicamente se propuso tres objetivos: terminar con la «guerrilla» con la metodología que todos conocemos, con 30 mil desaparecidos; el otro objetivo, que sólo podía llevarse adelante en un clima de fuerte represión, consistió en imponer un plan económico neoliberal, conservador, agroexportador, y el tercer objetivo fue un fuerte disciplinamiento social”.
En este último punto, agrega, “creo que la dictadura de alguna manera fracasó porque a pesar de la censura, la represión y el miedo que todos teníamos, hubo algunas fogatas de rebelión que se mantuvieron encendidas y que tienen que ver por supuesto con los movimientos de derechos humanos, con las Madres, las Abuelas, con ciertas prácticas culturales y principalmente el rock. El rock era, de todas estas expresiones, la que por su propia naturaleza debía hacerse público”.
Pujol remarca que en medio de la oscuridad de aquellos años “se produjo paradójicamente un momento bastante creativo para la música joven argentina, y me pareció interesante entrarle a la historia de la dictadura desde una ventana poco frecuente. Normalmente cuando hablamos de dictadura, hablamos del plan económico de Martínez de Hoz, del estado autoritario burocrático, de las interrupciones de la democracia por golpes de Estado, pero rara vez hablamos de lo que pasaba en el cotidiano de los jóvenes y en la vida cultural de esa época en la que, a pesar de las fuertes limitaciones, había una gran actividad cultural muy interesante”.
En torno a cómo atravesó aquellos años, el autor recuerda: “Durante el secundario en el Colegio Nacional de La Plata viví la primera mitad de los 70, todo el fervor político de ese momento y después fui testigo, ya en la facultad, de hechos terribles como La noche de los lápices. Y recuerdo lo que era transitar de noche, porque la mayoría de los recitales son de noche, por las calles despobladas de la ciudad, el temor a algún Falcon sin patente o algún celular de la policía, ir corriendo del recital a mi casa, llevarme la mano al bolsillo del pantalón a ver si tenía el documento, bajarme de un colectivo para que me pusieran con las manos sobre la pared para revisarme, un clima de fuerte violencia estatal siniestro y nosotros siendo jóvenes en ese clima, yendo a recitales, a bailar, reuniéndonos con amigos en casas particulares a escuchar discos y de alguna manera nos agarramos de esos insumos culturales porque no teníamos otra forma de expresar nuestro disconformismo”.
“Entonces, una música que había sido vista años antes por los sectores militantes como una música evasiva, porque incluso algunos de los más duros veían al rock como mascarón de prueba del imperialismo, de pronto pasó a ser un refugio para todos, para los que estaban politizados y para los que no. Ahí es donde el rock tuvo una madurez súbita, se cargó de un significado que antes no había tenido. El hecho de ir a un recital, de dejarse el pelo largo, esos pequeños signos de rebelión, esos actos mínimos, cobran un sentido muy especial cuando se vive bajo el terrorismo de Estado”, rememora.
Antes de despedirse, Pujol analiza el presente de la Argentina con otro gobierno ensañado con la cultura y todo lo simbólico: “Este gobierno tiene un profundo desprecio por el saber y asocian lo mejor de la vida cultural a ideas progresistas, de izquierda o centro-izquierda. Han tratado incluso de cooptar algunas figuras del mundo del espectáculo, de la cultura, pero son muy pocos los que han adherido abiertamente al gobierno de Milei. Lo mismo le sucedió a Macri. En general, los grandes referentes culturales tienen una mirada muy crítica de este gobierno y reivindican, por supuesto, la lucha de los organismos de derechos humanos. Por lo tanto, yo te diría que vivo estos días con una mezcla de preocupación y al mismo tiempo de cierto optimismo”.