El día de los lápices

Una piba con la remera de la memoria

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Flamante presidenta del centro de estudiantes de la Nigelia Soria, Lara González Garat repasa su historia familiar con los derechos humanos y destaca la participación juvenil en política.

Camino al escrache al ex militar Manuel Cunha Ferré, Lara González Garat recuerda hoy con gracia el temor de su hermanito Mateo, cuatro años menor que ella, cuando le dijeron que iban a la casa de un asesino.

—¡Va a salir a matarnos! —se asustó, con lógica. De la casa de un asesino, uno huye, no va.

Acusado de secuestro y torturas a Héctor Oesterheld, reconocido dibujante de El Eternauta, aquel repudio a Cunha Ferré de 2018 se llamó “escrachenauta”.

De la misma manera que alguien no recuerda quién le enseñó a hablar ni a caminar, esta joven de 17 años no registra tampoco las primeras charlas en su casa sobre derechos humanos. El tema, simplemente, estaba. “No me acuerdo un momento en que eso no esté presente”, le dice a El Eslabón.

Entre tantos libros que rebalsan en las bibliotecas de su abuela Elsa –donde Lara recibe al cronista y la fotógrafa de este medio– resalta el retrato de Eduardo Garat, su abuelo desaparecido por la dictadura. “Cuando me contaban esa historia pensaba que quizá se había escapado a algún lado y que estaba por ahí. Pensaba «si está desaparecido no está muerto, puede ser que aparezca»”. 

A esa ilusión de niña, le agregaba: “Imaginaba cómo sería que aparezca, tener que explicar todo lo que había pasado en su ausencia. Pensaba «¡Qué quilombo explicar todo!» (risas). Después lo fui entendiendo”.

Siempre me metí en política

“Soy consciente de que somos la primera generación que va a la escuela y puede hablar de esto libremente”. Esta joven cursó la primaria en la Víctor Mercante, en zona sur, cuando la Memoria, Verdad y Justicia eran, más que una consigna, una política de Estado. “Pensaba en mis tíos, mi mamá, que casi no podían hablar así con sus compañeros”, en los 80 y los 90, tiempos de «los dos demonios», del «algo habrán hecho».

González Garat recuerda que cuando contaba su historia familiar en el aula, sus compañeros de curso “quedaban de cara”. Y agrega: “Sentía que tenía que contarlo, que tenía que aprovechar que podía hacerlo”. Repetía hasta el cansancio aquel relato, mezcla de tragedia y militancia, en la cercanía de cada 24 de marzo: “Me gustaba contarlo de vuelta, que se acuerden de esa historia. Pensaba en la manera en que más gente lo supiera”.

Mientras intenta calmar a su bochinchera perra con caricias en el lomo, como para que no entorpezca la entrevista, pienso en la siguiente pregunta: la militancia. Pero, ¿acaso lo que me acaba de contar no era ya una manera de militar? La reformulo. Le consulto específicamente sobre su participación en el centro de estudiantes, del que ahora juró como presidenta.

“En sexto o séptimo, cuando se festejaba el Día de la Primavera, yo le preguntaba a la seño por qué no hablaban del Día del Estudiante, que es la misma fecha. Y ella me decía que ya me iba a tocar hablar de eso en la secundaria. Que todavía acá no se toca el tema. Y yo pensaba que ya quería ir a la secundaria”, rememora.

A la Escuela Provincial de Danzas Nigelia Soria llegó ya como militante de Nietes. Y entre el playón y los pasillos del colegio se cruzó con una joven vieja conocida: Juana Basso. “Era la referente mía. Siempre fue ella”.

En ese primer año de secundaria se candidateó como delegada de su curso. “Era medio a lo pavo en 1ro, era votar al que te caía bien y casi que no quedo”, se ríe. “Así que les dije «yo quiero ser, por favor», y me terminaron votando por pesada”.

En 2° bajó la guardia. Se negó a integrar una lista del centro para priorizar el estudio. Y en 3° se metió definitivamente, hasta ahora, su último año, que fue elegida presidenta. La partida de Juana (que no vive más en el país) “fue una tristeza”. Sería redundante preguntarle si la extraña. “Nunca dejó de faltarme”.

Sí, juro

Un video recorrió celulares de familiares y amigos. “¡Me dio una vergüenza!”. Cual legislador de la Nación, se la ve a Lara, mano en el corazón, jurando “por la Patria”, por “el bienestar de la comunidad estudiantil”, por “Memoria, Verdad y Justicia”, por la “educación pública de calidad” y demás. 

Con ese formato novedoso de asunción del centro de estudiantes, dejaron atrás el estilo protocolar habitual. “En el estatuto no decía nada, así que ni preguntamos”. Su tío Lucas, en un almuerzo familiar en la víspera, le dio la idea. Después del típico acto escolar, con abanderados, himno y palabras de autoridades, llegó la jura. 

“Pensé en los de 1ro, que lo iban a ver como algo más serio. Inventamos un acta, medio formal, y le pedimos a una profe que lo lea”, dice la Presidenta, y añade: “El año pasado, que ya estaba en el centro, me gustaba que se acerquen los de 1ro a preguntar cosas, que me vean como cara conocida”.

¿Y el video? “Pienso que tengo el pelo muy cortito. Voy a quedar en el recuerdo con este pelo”, responde entre carcajadas.

Acá tenés las pibas

Tras el triunfo presidencial de Javier Milei, la juventud fue blanco fácil a la hora de buscar responsables. “Están en todos lados los que votaron al gobierno”, aclara Lara González Garat. “No son los jóvenes. Es también el verdulero de la esquina. Pero está normalizado que haya adultos de derecha, negacionistas”.

A la par de los mensajes de odio con los que se topa en TikTok y Twitter, asegura que “la militancia de los secundarios, por lo menos acá en Rosario, fue tomando una fuerza importante en estos últimos años. Y a eso no se lo ve, no se lo nombra”. En mayo de 1978, el diario La Opinión publicó un informe sobre las formas de ser jóvenes: Chetos, pardos (muchachos de barrio) y rockeros. Ignoraron “lo evidente”, escriben Eduardo Anguita y Martín Caparrós en La voluntad: “Que junto a esos tres grupos juveniles existía hasta poco tiempo antes un cuarto: el de los militantes”.