La Administración de la Seguridad del Transporte (TSA) es todopoderosa a la hora de regular las normas que debe cumplir el pasajero para poder viajar a EEUU, hasta en los más mínimos detalles. Incluso dispone qué tipo de candado se puede usar para asegurar el cierre de las valijas. Si el viajero utiliza un candado no homologado por la TSA, puede llegar a encontrar que su valija fue abierta y el candado destruido. Eso sí, en ese caso, dentro del violentado equipaje encontrará una amable carta impresa, con el membrete de la TSA, en la que se le pide disculpas y se le explica que, por razones de seguridad, debió precederse a romper el candado para revisar el equipaje. Por eso, en cualquier negocio de venta de equipaje y artículos de viaje venden los candados autorizados, que lucen un rombo rojo con las tres letras mágicas, TSA, y que además del tambor con los números para la combinación tienen una entrada para una llave maestra, que tienen los muchachos de la TSA. “Aprobados por la TSA”, dicen.

En junio de este año, este organismo decidió apretar todavía más las clavijas y dispuso la prohibición de llevar computadoras dentro de los aviones, hasta que las aerolíneas mejoren sus equipos de control en los aeropuertos. Las computadoras, argumentan quienes llevan adelante la “guerra contra el terrorismo”, pueden contener explosivos. A partir de entonces, comenzaron a presionar a las aerolíneas para que renueven sus equipos e incluyan detectores de trazas de explosivos, aumenten el personal y los perros entrenados. De lo contrario, no podrían volar a EEUU. La mayoría de las compañías ya se adaptaron a la normativa.

Pero eso no fue todo: el gobierno de Donald Trump dispuso, además, que los pasajeros sean sometidos a interrogatorios en el momento de realizar los trámites de embarque. Esta medida, que también se anunció en junio, comenzó a implementarse hace pocos días.

El 26 de octubre los diarios de la Argentina informaron que a pedido de Washington, las compañías aéreas de todo el mundo, entre ellas Aerolíneas Argentinas, comenzaron a aplicar nuevas medidas de seguridad para todos los vuelos hacia EEUU. Las restricciones incluyen el control de las computadoras y un interrogatorio por parte de personal de la compañía aérea, con preguntas sobre la modalidad de compra del pasaje y motivo del viaje, entre otras.

En el caso de los pasajeros que viajan desde la Argentina, que están obligados a gestionar una visa, este interrogatorio se suma al que se realiza en la Embajada de EEUU, que además utiliza otros procedimientos para investigar los datos personales del solicitante, a través de su tarjeta de crédito y otros documentos que debe presentar.

Pero ninguno de estos controles, engorrosos, en algunos casos hasta humillantes, asegura a los pasajeros que tendrán una estadía tranquila. La experiencia indica, en realidad, todo lo contrario.

En el país de Trump, donde rigen limitaciones cada vez más estrictas para los migrantes, y donde los gastos en defensa y seguridad alcanzan cifras récord en detrimento de la inversión social en educación y salud, la guerra contra el terrorismo sigue siendo una guerra perdida.

Pero se insiste con la misma fórmula, como si se buscara la derrota. O como si la derrota en esta guerra fuese, en realidad, una victoria o, al menos, un buen negocio en términos económicos e ideológicos. Cada vez se venden más armas y tecnología de control y espionaje. Cada vez se refuerzan más las ideas conservadoras, racistas y xenófobas. Y las víctimas del terrorismo siguen cayendo.

Horas después del atentado del martes 31 en Manhattan, el presidente de EEUU insistió con la fórmula del fracaso, presentándola como una solución: “Le acabo de ordenar al Ministerio del Interior que intensifique nuestro ya extremo programa de control migratorio. Ser políticamente correcto está bien, ¡pero no en este caso!”, escribió en su cuenta de la red social Twitter.

Lo único que le importa al magnate es llevar agua para su molino. Aprovechó la ocasión para atacar “la corrección política”, su gran enemigo, e insistir con sus leyes xenófobas que encuentran grandes resistencias en buena parte de la población y la Justicia de su país.

Una modalidad difícil de evitar

Al menos ocho personas murieron y otras 12 resultaron heridas este martes 31 después de que una camioneta atropelló a peatones y ciclistas en el suroeste de Manhattan. El conductor era un hombre de 29 años que resultó herido y detenido. De los fallecidos, cinco son argentinos, todos parte de un grupo que festejaba las tres décadas de su egreso de la Escuela Politécnica de Rosario. Otro de los amigos resultó herido y está fuera de peligro.

La Policía Metropolitana de Nueva York precisó que el hombre, identificado como Sayfullo Saipov, circulaba por una calle del Bajo Manhattan, cerca del lugar que ocupara el World Trade Center. El atacante subió con su vehículo a la bicisenda situada al borde del río Hudson y atropelló a varias personas. El conductor aceleró y continuó su travesía hasta chocar su vehículo alquilado contra un autobús escolar. Luego bajó de su camioneta con dos pistolas de utilería, y fue baleado y detenido por las fuerzas de seguridad.

El ataque ocurrió aproximadamente a las 15.05 hora de Nueva York (16.05 de Argentina) muy cerca de una escuela secundaria y otra primaria, mientras muchos pequeños festejaban Halloween y se paseaban disfrazados.

El último ataque sufrido en Nueva York había ocurrido el 18 de mayo de 2017, cuando un veterano del ejército estadounidense embistió con su coche a peatones en Times Square, una de las zonas más concurridas de esa ciudad. Mató a una joven de 18 años oriunda de Michigan e hirió a 22 personas. En 2016, en Chelsea, en una zona no muy alejada del atentado del martes, un afgano de origen estadounidense, Ahmad Khan Rahimi, detonó una bomba casera dejando una saldo de 31 heridos leves.

El uso de vehículos como arma homicida está haciendo estragos en el mundo. Necesita un mínimo de logística y organización, lo que hace difícil la prevención. En poco menos de un año, en distintos ataques perpetrados en el mundo, esta modalidad ya se cobró más de cincuenta vidas.

El 18 de agosto, una multitud de personas que caminaban por la zona del Paseo Marítimo de Cambrils, Tarragona, fueron arrolladas por en un automóvil que luego se estrelló contra un control de las fuerzas policiales. Los hombres salieron del interior del vehículo con cuchillos, machetes y puñales en dirección a un oficial del control, que abatió a cuatro de ellos antes de que lo atacaran.

El 17 de agosto, 13 personas murieron y más de 50 resultaron heridas, luego de que un hombre condujera en zigzag una furgoneta, recorriendo casi 350 metros en el paseo de las Ramblas, en Barcelona, Cataluña. La Policía regional catalana capturó a dos sospechosos por este atentado reivindicado por el grupo yihadista Estado Islámico (EI).

El 9 de agosto, en París, un automóvil embistió un grupo de militares de la operación antiterrorista Sentinelle, desplegada en Francia para proteger los lugares sensibles tras una ola de mortíferos atentados yihadistas. Seis personas resultaron heridas y el autor se dio a la fuga.

El 19 de junio, una furgoneta embistió a un grupo de personas en Finsbury Park, Londres, delante de la Casa de Bienestar Musulmán, a 100 metros de una mezquita. El vehículo era conducido por un galés de 47 años, Darren Osorne. El ataque dejó un saldo de nueve heridos y un muerto.

El 3 de junio, tres terroristas en un vehículo condujeron por la acera del puente de Londres, atropellando a los peatones. Los atacantes continuaron su camino hasta el Borough Market, donde se bajaron del vehículo para apuñalar a numerosas personas que se encontraban en la concurrida zona de restaurantes. En este atentado murieron ocho personas y unas 40 resultaron heridas.

El 18 de mayo, en el Times Square, corazón de Manhattan, un hombre en un automóvil atropelló a varios peatones, produciendo la muerte de una persona y dejando a 22 heridas.

El 7 de abril, un atacante condujo un camión de reparto contra varias personas a lo largo de la calle comercial Drottninggatan, en Estocolmo, Suecia. El atentado provocó la muerte de cuatro personas y 15 más resultaron heridas. La policía capturó al supuesto atacante, identificado como Rakhmat Akilov, un ciudadano uzbeco de 39 años, fichado por los servicios de seguridad y simpatizante del Estado Islámico.

El 22 de marzo, cinco personas murieron y unas 40 resultaron heridas en el ataque al Parlamento británico. Un hombre arrolló con su vehículo a varios peatones en Westminster y luego apuñaló a un policía. El atacante fue identificado como Khalid Masood, de 52 años, quien había sido condenado antes por agresiones violentas y posesión de armas.

El 19 de diciembre de 2016, 12 personas murieron y medio centenar resultaron heridas tras un ataque terrorista reivindicado por el Estado Islámico. El hombre identificado como Anis Amri, embistió con su camión un mercado navideño en Breitscheidplatz (Berlín) y falleció cuatro días después en un enfrentamiento a tiros con la Policía, en Milán.

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