Vuelve a la casa después de haber estado con El Mencho. La cuestión está más clara que el aire: le propone integrarse a su banda como dealer. Eso le hace dudar, porque no tiene interés en moverse por izquierda. De las cosas que le inculcó su padre, la decencia y la rectitud son principios básicos. Pero con principios no resuelve sus necesidades, ni afronta sus deudas, cada vez más numerosas, por lo que se siente ante una encrucijada o caminando por una cuerda floja, sin poder resolverlo.

Cuando entra a la casa se encuentra con su mujer, que está hojeando una revista. Teme que lo vaya a increpar como hace cada vez que se encuentran últimamente, pero, para su sorpresa, se limita a saludarlo. Después le dice, con displicencia: hace un rato vino el Mario, a buscarte.

¿Ah, ¿sí?…, pregunta. ¿Y qué quería?…

Dijo que vayas a la hamburguesería que está en el bulevar. Parece que están tomando repartidores.

Sale raudo a buscar la moto. Si bien es de noche, el negocio funciona hasta más tarde, así que monta el vehículo y enfila hacia allí.

A los pocos minutos llega y estaciona enfrente. Pone el seguro de la moto y entra al local, que se encuentra lleno de gente. 

Sorteando las filas que se extienden ante las cajas se dirige hacia uno de los extremos del mostrador, donde unos empleados se hallan embalando pedidos para enviar. Les pregunta si están buscando repartidores.

Sí, le responde uno de los empleados. Perá un cachito que lo llamo al encargado.

El muchacho entra por una puerta que está detrás del mostrador, en el extremo opuesto. Al rato sale con otro empleado, que debe ser el encargado. Cuando se enfrentan, le dice que vino porque se enteró de que andan buscando repartidores.

Así es, le contesta el otro. Ahora te tomo los datos. 

Sonríe, nerviosamente. Consiguió otro trabajo, pero sabe que las cosas no cambian por eso.

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