¡Brooomm!… ¡Pummm!… ¡Chrahhhh!… ¡Pam pam!… Unos ruidos infernales lo despiertan. Se levanta de la colcha donde duerme en el piso de la cocina y ve cómo una decena de policías, armados hasta los dientes, entran en la casa después de haber tumbado la puerta de calle. 

Una luz potentísima le alumbra la cara, mientras tres policías le apuntan con sus ametralladoras, los dedos en el gatillo listos para disparar.

¡No te muevas, carajo!…, le grita un oficial. ¡Las manos arriba, y quédate piola!

Alza las manos y no se mueve. El oficial le pregunta: ¿Sandoval Diego Armando?…

Soy yo, dice quedamente. 

¡Vas a venir con nosotros, entonces!…, le indica el milico, mientras otros lo esposan y le ponen un chaleco antibalas. Lo sacan a la calle, donde esperan varios vehículos policiales, y lo suben a uno que los lleva hasta la Jefatura. Cuando llegan, lo bajan a los empujones y lo conducen hasta la guardia, donde un jefe le dice que está detenido por infringir la ley sobre tráfico de estupefacientes. Después, lo meten en un calabozo. 

Encerrado, se pone a pensar a qué se debe su detención, sin encontrar respuesta. Imagina que puede deberse a una denuncia de su mujer, por falta de alimentos para sus hijos, o de la amante, por malos tratos, aunque sea algo ficticio, porque no hace falta que una denuncia sea verdadera para terminar encerrado en esa mazmorra.

Así pasan las horas hasta que se hace de día. Si bien en el calabozo hay una litera, no se le ocurre sentarse o acostarse en ella; los nervios no se lo permiten. Hasta que, habiendo transcurrido varias horas –ya debe ser prácticamente el mediodía–, la puerta del calabozo se abre y un celador le ordena que lo siga.

Lo lleva hasta la guardia donde un hombre de civil, bien vestido con traje y corbata, lo espera junto a un oficial que le dice: El doctor Garmendia lo vino a buscar, así que puede marcharse con él.

Sorprendido, pero contento, sale detrás del abogado que comenta, irónico: ¡Por suerte tenés buenos amigos!…, lanzando una carcajada. Se da cuenta, de inmediato, de quién habla, pero no dice nada. Al cabo de un rato, se limita a comentar, lacónicamente: es verdad…

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