Yo no sé, no. La temperatura de esa mañana de mediados de enero nos metía en la cabeza la idea de encarar el 203 para ir rumbo al arroyo. A eso de las 8 estábamos todos listos, o casi todos. Porque Manuel estaba dándole los últimos recortes a tijeretazo limpio a un viejo vaquero para hacerlo short. El abuelo le había escondido todos los cortos así que recurrió a ese recorte de emergencia.

En esa semana, por Iriondo entre Riva y Quintana, tres árboles que nos proveían de municiones (venenitos) y que eran especiales para cualquier canuto –desde una birome hasta un pedazo de caña– corrían peligro. O al menos sus ramas más importantes para nosotros, porque podían ser podadas. Un recorte a nuestra sombra que no nos caía nada bien.

Una tarde Carlos nos vino con la noticia de que pronto, en la canchita que estaba pegada a la Santa Isabel de Hungría, empezarían unos torneos cortos, de 7. Así que tendríamos que empezar a prepararnos, a jugar más intensamente en tiempos recortados a 20 minutos.

A Pedro, después de hacer un trabajo para la clase de Ciencias Sociales cuando estaba en cuarto en la Anastacio, le quedó el gustito de guardar en una caja los recortes de los diarios del domingo y de algunas revistas, como también alguna figu recortada de algún álbum que no se pudo llenar. En esa caja había recortes de Pascualito Pérez, Horacio Accavallo y fotos de la hazaña del Intocable Nicolino Locche; un recorte de una nota de los compañeros llegando a Malvinas y plantando una bandera Argentina; el 2 de Boca (el peruano Melendez) haciendo un gol de cabeza; el recorte de una foto de uno de Atlanta haciendo una chilena y el 9 de Central (el Bocha Bielli) en versión figurita.

Por esos días se rumoreaba que en unos galpones que estaban por Cafferata y también por San Nicolás, unas metalúrgicas siempre estaban con un sobrante de pequeños recortes, de chapa, de hierro y hasta de aluminio. A uno de nosotros se le cruzó la idea de ir a manguear esos recortes a cambio de limpiar los galpones, y con la venta de eso tendríamos cómo ir pensando en comprarnos las camisetas para el equipo.

Una tarde, cuando vimos pasar unas pibas que iban a la granja, se nos vino está pregunta: ¿cuándo comiencen las clases, las chicas irán con el delantal sobre la rodilla, lo sobrarán o le harán un recorte “desafiante”?

Otra tarde, después de venir del Puente Gallego, nos fuimos para la cancha del Cilindro, donde estaba el Colo y el Cepillo armando unos barriletes. El Colo le decía a Cepillo “mirá, hay poco viento, así que recortale la cola, que tiene mucho trapo y pegan bien esos zumbadores con poco engrudo”.

Tiguin en el patio de su casa a sus bicis las hacía más deportivas, más competitivas –decía él– recortando los dos guardabarros.

Ya se iba enero y un viento apareció. Para bien, ya bajaba bastante la temperatura así que aprovechamos para el remonte de barriletes. El viento era tan generoso que hasta el pesado barrilete de Manuel ganó las alturas sin tener que hacerle ningún recorte. Manuel decía que ese inesperado viento de enero era “por obra de él”, ya que a él no le gustaba hacer recortes y menos para que su barrilete gane el cielo. Los vientos en ese final de enero duraron cuatro días. Durante cuatro días, en uno de los bolsillos de Manuel, estuvo la estampita de Santa Rosa de Lima, la rosa de los vientos.

Nota publicada en la edición impresa del semanario El Eslabón del 27/01/24

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