Son las 9 de la mañana y el colectivo llega puntual. Despacha a sus pasajeros en Dorrego y Amenabar. La esquina es un punto estratégico de “España y Hospitales”, barrio del centro/sur de la ciudad de Rosario que está flanqueado por dos grandes avenidas y bulevares. Muy cerca de allí se encuentra el estadio de Newell’s, histórico contrincante de Rosario Central.

En una casa al frente, con portón de tres pliegos, me espera Flavia, una mujer trans de 47 años, centralista con todas las letras. “Me diste suerte la última vez”, afirma con suspicacia, a sabiendas de que soy fanática de su eterno rival.

La entrada al domicilio parece estar pintada igual que antes, un cuadro que se mantuvo intacto desde la última visita. En el comedor, la mesa desplazada hacia la pared con tres sillas alrededor que miran a la ventana de un jardín próximo a la vivienda lindera. En la pared, aquel televisor de dimensiones estrafalarias con noticieros que chorrean sangre mientras repiten, sin un análisis crítico, algo sobre “el problema del narcotráfico”. En un rincón, el mueblecito con adornos y, al otro lado, una máquina de coser: “Mirá la campera que le arreglé a mi sobrino”, me había dicho la última vez que la vi.

Sin embargo, algo parece fallar en mi percepción: ya no escucho trinar de fondo a Paraguayito y Cabecita Negra, dos pajaritos enjaulados que Flavia había adoptado. “Los dejé afuera con la fresca”, me explica. Y mientras Flavia ceba mate, alternando entre las preferencias opuestas de una y de otra, intenta contener la algarabía de Paz, Zorro, Zulema, Francisco, Lincoln, Jurren y Alex, siete yorkshire terriers que me olfatean las piernas y procuran subirse a mi falda.

Jurren y Alex no son de Flavia, ella simplemente los cuida cuando su hermana se va a trabajar. “A uno lo rebauticé como Cuqui –me cuenta–, pero sólo le digo así cuando viene a esta casa, porque es más peronista”.

La charla fluye al unísono del volumen del televisor. Le pregunto a Flavia qué hizo el 16 de diciembre de 2023, día en que, después de tres décadas, el equipo de sus amores se consagró campeón del torneo argentino. Manteniendo la prudencia y la humildad (que podrían traducirse en orgullo), me dice: “Ese día fue complicado para mí; se casaba mi mejor amiga, yo era la testigo de casamiento y también su modista, porque le hice el vestido de novia. Mi amiga se casaba en Baigorria, así que a las tres de la tarde nos fuimos. A ese sábado 16 de diciembre no lo olvidaré nunca más en mi vida. Desde las tres de la tarde con la maquilladora, con esos nervios de salir cada dos minutos afuera, de escuchar algo en el celu, saber algo de las previas. Pensé que ganábamos por penales, no pensé que fuéramos a ganar durante el partido. Yo estaba con el celular puesto en una faja bombacha, el vestido era largo, abierto atrás pero cerrado adelante, entonces me pasaba el cablecito de los auriculares y escuchaba el partido. Llegó la ceremonia de mi amiga y tuve que hablar porque la jueza me preguntaba cosas, no recuerdo qué dije. Después de eso me dediqué pura y exclusivamente al partido: todos en la fiesta y yo afuera. Encima había mitad de gente de Newell’s y mitad de Central. No me pasaba ni el agua, hasta que terminó. Unos minutos antes la gente salió afuera conmigo. Todos festejando. Lloré mucho, pensaba mucho en mi mamá que estaba en mi casa mirando con mi papá y mis sobrinos, que son de Newell’s”, culmina.

“Pensaba mucho en mi mamá” es una frase que resuena una y otra vez a lo largo de su discurso. En la visita anterior, Flavia me había dicho que el motivo de su elección por Rosario Central tenía que ver con su madre: “Yo, con mamá”, confesó aquella vez.

¿Será mero fanatismo? ¿Qué albergará esa maternidad? ¿Será que esa misma maternidad la contuvo en el proceso de transición y, a modo de devolución de amor, Flavia se hizo de Central? No lo sé, tampoco me atrevo a preguntarlo. Flavia procura no hablar de su pasado porque dice que ahora se siente muy bien. Ama a Central y no le importa el resultado. Escucha todos los partidos por la radio: “Si nos meten un gol de entrada, apago y vuelvo a prenderla en el segundo tiempo. Juego al Candy Crush en el celular durante el partido por los nervios”.

Entre sus confesiones paganas, declara que ha rezado por Central. También dice preferir a la Virgen de Luján y a la de San Nicolás. A su vez –y con cierto resguardo– agrega que “a veces” sigue los partidos de Newell’s anhelando una derrota.

Mientras imploro internamente que no le agregue azúcar al mate de acero que trajo una amiga suya de Córdoba, me dice que lloró cuando Central se fue a la B. Aún recuerda la algarabía de su padre festejando el descenso y afirma que, desde ahí, jamás se perdió un partido, que fue cuando más lo siguió. A su vez, y sin escrúpulos, conversamos sobre el último clásico que Central ganó por uno a cero: “El resto ya no importa, el daño ya está hecho”, afirma, mirándome a los ojos.

La incumbencia de la frase “el daño ya está hecho” esconde interrogantes ¿Cómo vive una identidad trans, a 40 años de democracia, si el daño ya está hecho?

¿Cuánto vale una reparación histórica frente al destrato de una sociedad transodiante? ¿Cuántas travestis/trans sobreviven “si el daño ya está hecho”?

Le pregunto a Flavia acerca del movimiento de mujeres en esta difícil coyuntura. Ella responde que hay que decirles a las mujeres tanto de Newell’s como de Centralque nos mantengamos unidas, porque vamos en retroceso y se están vulnerando derechos. También me cuenta que nunca pelea por fanatismo, sino por una ideología política; eso la “mueve más”. Comenta que está en completo desacuerdo con la intención manifiesta del actual presidente de convertir a los clubes en sociedades anónimas: “Los clubes deben ser de los hinchas”.

A punto de culminar nuestra conversación, Flavia señala con el dedo índice la radio donde escucha el partido cuando está en su casa. “Mirá –me dice–, es esa”: un minicomponente Sanyo con doble parlante y, seguramente, doble casetera. “Lo escucho en Cadena Tres. Si estoy cruzada de piernas e hicimos un gol, no me descruzo hasta que termine”. Sus cábalas me divierten demasiado y siento que es lo único que puedo tener en común con un hincha del equipo contrario. Ella observa en detalle que cierro mis anotaciones en una libreta pequeña cuya tapa dice “Encuesta trans 2019”. Flavia me la había regalado en nuestra cita anterior, contándome, con un dejo de nostalgia, que había trabajado en ese censo. Aquella investigación, propiciada por el gobierno de la provincia de Santa Fe conjuntamente con la Universidad Nacional de Rosario, había arrojado cifras alarmantes.

Flavia, una mujer trans de 47 años que nació en plena dictadura. La que hizo “a algún sobrino de Central”. La que afirma que, si tuviera un hijo y éste fuera simpatizante de Newell’s, “lo dejaría ir a la cancha, pero no lo acompañaría”.

Flavia, la que no justifica la violencia en nombre de la pasión, y ratifica una y otra vez que Central es amor.

Flavia, la que puede ser nombrada.

Flavia… una verdadera canalla.

Publicado en el semanario El Eslabón del 27/07/24

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