Todos quienes participamos en diferentes instancias de militancia, ya sea política, sindical, social, nos encontramos ante un dilema que muchas veces pasa desapercibido y, aún así, pone en jaque nuestra capacidad de transformación. El debatir sobre las ideas es parte de la militancia, pero si esas ideas no se conectan con nuestra vida, con las actividades que hacemos todos los días, ingresamos en lo que se puso tan de moda en los últimos tiempos, la chimentización de la política.
Cuando perdemos la capacidad de modificar a través de la organización, de la acción colectiva, la realidad que nos rodea, es cuando ingresamos de lleno en el arte de la retórica, cuyo objetivo es sólo construir argumentos verosímiles (que sólo sirvan para convencer aunque no sean reales) sin importar si los mismos afianzan una estrategia, si son funcionales al poder o si solamente reproducen clichés. Porque, de todas formas, sólo importa quedar bien parado en la discusión. Algo tan efímero como intrascendente para lo colectivo ya que eso apenas apunta a la idealización de la figura política.
En un escenario en el que proliferan los debates vacíos, en el que la oposición no sale del parlamentarismo, en el que es derrotado una y otra vez por el escenario repetido del radicalismo en su lugar de garantes de la gobernabilidad sin importar lo que se haga, que son más importantes los socios y sus negocios que la Constitución, es un buen momento para escuchar a las bases, a los nadies, a los que no tienen aspiraciones. Pensar en construir poder, en poder decirles a nuestros seres queridos que votaron a la derecha que tenemos un proyecto, que no los vamos a cagar de nuevo como pasó con Alberto, es una necesidad que tenemos todos los que nos venimos comiendo sapos las últimas tres elecciones presidenciales. Sobre todo tener la oportunidad de creer nosotros mismos en un proyecto que no se encuentre al servicio de la derecha peronista.
En estos contextos, la militancia se vuelca a las redes sociales a darle rienda suelta a la bronca que siente, dejando más claro aún que las balas simbólicas nos entran por todos lados. Al no tener temas concretos sobre los que trabajar, y con todas las ansias que genera tener un rival político tan agresivo, le salimos a discutir en el mano a mano, polemizando con un enemigo invisible que tiene capacidad de fuego, pero no está en ningún lado. Ellos no discuten política, no intercambian ideas, sólo denostan, critican, insultan, y lo peor es que no les interesan los argumentos, no están dispuestos a escuchar, no aceptan las reglas de juego de la política. Son panelistas: para que se los escuche, gritan. Para ganar una discusión insultan y amenazan. ¿Qué sentido tiene discutir en esos términos? ¿No les estaremos dando cámara?
El tema es que creemos que todos los que votaron a Milei son libertarios. Esto no es así. ¿Qué buscaron los que votaron al Presidente y lo pusieron al frente de la Argentina? Muchos, nada. Solamente mostrarle a una política en la que no creen que quien sea que venga es lo mismo. ¿Lo es?, simplemente no, pero hay que tomar el mensaje y proponer algo que los incluya. No tiene sentido la soberanía si no hay un sentimiento de amor profundo por la patria, si no entendemos la importancia estratégica del Estado, si nos da lo mismo que gobierne un partido que piense en el pueblo que otro que represente a la más rancia oligarquía.
Estamos llenos de contradicciones y seguimos planteando verdades absolutas como si fueran recetas de cocina. Continuamos idealizando la realidad para que encaje en los parámetros que nos hagan la militancia más predecible y que podamos actuar en base a esas verdades de antaño. No estamos mirando lo que sucede, ni culturalmente, ni socialmente, ni económicamente, ni laboralmente. No nos estamos escuchando, no nos vemos, y cuando lo hacemos decimos “ajá” y volvemos al celular que duele menos. No podemos mirarnos a nosotros mismos porque después de la pandemia no sabemos quiénes somos. La psiquis nuestra, de los militantes, la de la gente de a pie, la de los dirigentes, está colapsada. No sabemos ni siquiera cómo son los colectivos en los que participamos, porque la mutación que sufrió esta sociedad es atroz.
Hace ya muchos años que las fiestas son una buena excusa para consumir y discutir, y esto quizás es una buena síntesis de lo que hace el neoliberalismo con los rituales que nos subjetivizan. Los transformó en una oportunidad de facturación. En estas fiestas fue evidente la abstinencia de consumo. El tránsito colapsado, la gente caminando por el centro totalmente enajenada, el stress en un nivel demencial. Quizás es un buen momento para pensar que lo importante no es tangible. Se construye con sentimiento, con rituales, con momentos, con poco.
Estamos desorientados. En política pasa también y es entendible porque la política perteneció alguna vez a la sociedad civil y se empapa de lo social. Que se corporativice permanentemente y se encuentre en disputa constante el sentido de la misma es sólo una circunstancia. A lo mejor, definiendo qué se quiere hacer, cómo se puede hacer, repartiendo responsabilidades, explicando el sentido de las acciones que se quieren llevar adelante, debatiendo permanentemente si las cosas que hacemos logran su objetivo, es que conseguiremos formarnos unos a otros, colectivamente, en la toma de decisiones. Es probable que una práctica política de esas características lleve a otro nivel el debate y nos permita aceptar que la experiencia de los demás es tan válida como la propia. No hay que darse por vencidos, las cosas cambian muy rápido y hay que estar preparados.
Publicado en el semanario El Eslabón del 18/01/25
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