Las hinchadas argentinas coparon el Congreso para bancar a los jubilados. El deporte que despierta la pasión de multitudes volvió a demostrar que es un canalizador del sentir popular y salió a la cancha ante la tibieza dirigencial. La represión fue feroz.
A la primera que me encuentro es a Tama, de San Lorenzo. Nos abrazamos fuerte y largo. Al toque aparece Mariano, de Ferro, que me ofrece una copia de la llave de su casa para tener un lugar donde dormir cada vez que vayamos a Buenos Aires y no puedo no pensar en las llaves que Mario Benedetti le contaba a Galeano le habían salvado la vida en los tiempos del terror. Se suma Letti, de Huracán, con quien también nos fundimos en esa muestra de cariño que es rodear al otro o la otra con los brazos. Pregunto por Cherco, de Banfield, y por Silvia de Lanús, y me responden que los del sur vienen por el otro lado, por donde hace rato resuenan los estruendos de las balas de goma. Un rato más tarde me cruzo con Maia, granate también. Con todos ellos y muchos y muchas más conformamos la Coordinadora de Derechos Humanos del Fútbol Argentino. Nos hermanaron la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia y la pasión por el fútbol, por todo eso que ocurre alrededor de una pelota, más allá de lo que sucede en los campos de juego sobre todo del profesionalismo. Entendimos que a través de ese deporte podíamos encontrar llaves, hablando de llaves, que nos abrieran puertas complicadas de abrir. Puertas por las que pudiéramos multiplicar nuestros mensajes que no sólo tienen que ver con homenajear a las y los compañeros desaparecidos que fueron socios y socias de los clubes de nuestros amores, sino también con acompañar todas las causas nobles, esas por las que justamente las y los 30 mil dieron sus vidas.
El punto de encuentro pactado de antemano fue el Cine Gaumont, ese que fue rescatado por el Incaa durante el gobierno de Cristina Fernández antes de ser demolido. Vemos pasar camisetas de todos los colores, barrios y provincias. De Morón, de Chicago, de Defensa y Justicia, de Vélez, de Tigre, de Excursionistas, de Belgrano, de Colón, de Godoy Cruz, de Chacarita, de Newell’s y de Central. Los saludos se repiten: el prefijo “aguante” seguido por el apodo de turno. Simpatizantes de River y Boca posan juntos para la eternidad y lo mismo hacen los de Independiente y Racing. Los jubilados y las jubiladas agradecen permanentemente el acompañamiento y generan emoción. Los estampidos recrudecen, son la música de fondo, lo que primero era en la calle lateral, al otro lado de la plaza, ahora se viene para este lado, para el que estamos nosotros. A lo lejos se ve venir el camión hidrante. Empiezan a volar los gases, sin discriminar rango etario, los revolean por doquier, algunos caen del cielo y no alcanzo a dilucidar si los tiran desde los drones que sobrevuelan la multitud o si los arrojan desde alguno de los edificios lindantes. La muchedumbre retrocede, de a poco, ante el avance de los uniformados que evidentemente están en su mejor momento, soñaron con esto desde que entraron a la fuerza: un gobierno que habilite, celebre y hasta premie la represión salvaje contra todos y todas. La camaradería es total, las botellitas de agua pasan de mano en mano, hay postas en las que ofrecen barbijos para aminorar el poder de los gases o un chorro de leche fresca para matizar el ardor en los ojos. Si alguien se cae otro alguien lo levanta, si alguien se ve perdido otro alguien lo asiste y le presta el celular. Los cinco que fuimos juntos desde Rosario nos cuidamos todo el tiempo, no nos perdemos de vista, nos abanicamos la cara explotada de respirar esa mierda que nos habían dicho que era más picante que todo lo que conocíamos pero no habíamos dimensionado que era tan agresiva. Los ojos estallan en lágrimas de fuego, la garganta se te cierra y la tos te provoca arcadas. A los infiltrados se les nota mucho, pasan agitando, prenden fuego un tacho de basura o le sacuden un piedrazo a la cana y se pegan la vuelta solitos, sin ningún amigo o compañero que les haga la segunda. La situación se vuelve insoportable, nos van acorralando a balazos y cartuchos de gases hasta que nos obligan a retroceder hasta la esquina donde nos obligan a doblar y nos encierran. Vienen desde todos lados. Por fin podemos retomar Rivadavia y llegar a la 9 de Julio donde el aire es mucho más respirable. Nos metemos en la boca del subte C que nos lleva a Retiro. La adrenalina empieza a bajar. En los celus vemos los videos del ataque cobarde contra una señora adulta y el ataque criminal contra el reportero gráfico Pablo Grillo. También nos mostramos imágenes del policía plantando un fierro en el piso y el patrullero que dejan abandonado con las puertas abiertas de par en par para que sea vandalizado por ellos mismos, y la de un pibito que es esposado en las rejas de la Casa Rosada. La estrategia es clara, estigmatizar la movida hablando de barrabravas, militantes kirchneristas y zurdos, y mostrar supuestas provocaciones para justificar la cacería. Ya en el tren leemos mensajes que llegan al grupo de la Coordi que dan cuenta de más de cien detenidos. Avisamos a nuestras familias que estamos bien y volviendo. Comentamos que fue una jornada que nos retrotrajo a 2001 pero que puede y debería ser el comienzo de algo grande, algo que nos permita imaginar un futuro cercano mucho mejor y un país con más oportunidades para todos y todas. Y coincidimos en que el fútbol otra vez vino al rescate ante la tibieza de una dirigencia que parece más preocupada en subir reels a las redes y esquivar carpetazos que en defender a su pueblo ante los ataques criminales de un gobierno que le quitó los medicamentos a los jubilados, que está empecinado en destruir la industria nacional, la salud y la educación pública y que tiene a los derechos humanos como uno de sus blancos predilectos. El partido que se empezó a jugar este miércoles pasado en la plaza de Congreso, pero también en Rosario y en distintas partes del país, es uno de esos partidos difíciles, muy difíciles, pero que sabemos se han jugado muchos en la historia de nuestra patria. La camiseta ya la tenemos puesta, desde siempre, y vamos a dejar todo en la cancha.
Publicado en el semanario El Eslabón del 15/03/25
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