Yo no sé, no. Manuel, con cierta tristeza, nos dijo: “El abuelo va a hacer otra pieza y dice que al árbol de mandarinas lo va arrancar de raíz”. Carlos lo consoló diciendo que “las raíces de los nobles árboles siempre quedan”. “Es cierto”, dijo Raúl, y agregó: “Miren ese terreno pegado a nuestra cancha, ese que está cerca de Crespo y Quintana, ahí por mucho tiempo vinieron los parquecitos y hasta un pequeño circo, y para mí los palos que sostenían la estructura y la carpa del circo echaron raíces, por eso los pibitos juegan lindo y contentos en esa pequeña canchita que está por Crespo”. José, mientras tanto, decía que pegado a La Florida, en la parte norte, en ese lugar donde hay un pequeño remanso, habían caído un par de autos, un camión y un carro. “Para mí, esos fierros están sembrando y seguro echaron raíces en lo profundo. Cuando voy de pesca por ahí y se me traba la línea, a veces pienso que un viejo Ford se aferró a mis anzuelos”.
El viento de ese abril amenazaba con arrancar de raíz a los árboles más viejos, entre ellos dos eucaliptos que estaban pegados a la vía de Acindar y se hamacaban de lo lindo en cada ráfaga de viento sur. Ricardo dijo que una tarde de mucho viento vio cómo uno de los árboles tocaba el tren carguero como acariciándolo. Cerca de la cancha de Primera Junta, de San Nicolás y Seguí, había un viejo arco de madera en el que los más chicos íbamos a practicar penales. Ese arco fue uno de los primeros con medidas profesionales que hubo en el barrio. Juancalito decía que sus palos de madera habían echado raíces y que, tanto los pateadores como los arqueros, tenían que aprovechar toda la historia de ese arco. En el barrio se comentaba que ahí atajaron los mejores arqueros. Doña Juanita, la que nos curaba el empacho, decía que en ese abril iba a aparecer un viento frío que se llevaría todas las pestes y que arrancaría de raíz a los malos bichos. Don Juan, que era metalúrgico, decía que cada vez que veía levantar un pequeño taller por Caferatta presentía que un viento con perfume a fierro traería otras raíces que cambiarían para bien al barrio.
El primer sábado de abril teníamos pensado ir a una juntada que se haría en barrio Acindar pero un fuerte viento nos frenó antes de llegar a la vía, nos refugiamos debajo de dos enormes árboles. Graciela preguntó: “¿Qué hacemos, seguimos?”. Tiguín iba a contestar pero se acordó que no era conveniente que le entrara frío por la boca porque a la mañana le habían arrancado de raíz una muela. Al rato pasó un tren carguero y cuando el viento aflojó nos dimos cuenta de que uno de los dos grandes eucaliptos ya no estaba. En ese momento, la pequeña Susi se tapó el cabello que tenía tres días de teñido y preguntó: “¿Este viento se lleva todo de raíces?”. Pedro la calmó asegurando que el gran árbol no había perdido contra el viento, sólo se tomó el raje con el tren carguero.
Publicado en el semanario El Eslabón del 05/04/25
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