No fui yo, la culpa es de Karina. Después de mi enfermedad terminal, me marché por completo. 

Soy el mejor amigo del hombre y del pueblo. 

Se me acusa de haber encomendado una misión. Repito: no fui yo. La víbora metió la cola. 

Apenas levité, por acción de las fuerzas del cielo, ella preparó un santuario con mi foto para que él me invocara. Quizás con esto él podría regular un poco su salud mental después de mi deceso.

Ella –la hermana menor, Karina– se escondió en el placard e impostó una voz que simulaba ser la mía para anunciarle: “Tienes una misión, vas a ser el próximo presidente”. Esa profecía fue una bisagra, fue el detonante. La ilusión y la credibilidad de mi amo fueron tales que trasladaron mi cuerpo a Estados Unidos y me clonaron varias veces para evitarle un brote. Ahora tengo cinco réplicas de cuatro patas corriendo por Olivos. 

Ya no lo extraño; tampoco fue un gran dueño. Quizás sienta algo de melancolía al recordar el sabor de esa chaqueta negra desgastada, o simplemente añore despeinar su cabellera con olor a rancio avinagrado. No lo sé. 

Debo confesar que también siento un dejo de nostalgia cuando lo veo revolcarse entre los yuyitos y las flores, ahora que tiene nueva compañía. Él no me necesita; yo tampoco. 

Es un dolor fugaz, que enseguida desaparece. 

Me duele ver a los de mi especie mendigando alimentos. Los contenedores no están a nuestra altura y, con la liberación de los precios de la carne, los huesos son inalcanzables. 

Lo he olido todo; si hay algo que no perdí es el olfato. Siempre supe que a la yegua le inventaron una causa con la excusa de los halcones y las palomas. Nunca dudé de que había gato encerrado. Por eso ganaron las elecciones. 

Y por eso hago un llamado a mis semejantes: 

¡Meemos sobre las motosierras de nuestros amos, mostrémosle los colmillos al enemigo y perreemos de alegría! 

¡Combatamos con pulgas a los pastores alemanes de la policía, esos traidores que ahora trabajan con los patos! ¡Ladremos como nunca y cortemos nuestras correas! 

Estoy cansado de escuchar a los desencantados decir que les metieron el perro. No culpen a nuestra especie por decisiones que no tomamos. 

¡Somos jauría, no lo olviden!  

¡Viva la rabia, carajo! 

Hasta siempre, 

Conan.

Publicado en el semanario El Eslabón del 19/04/25

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Un comentario

  1. Loreley Flores

    25/04/2025 en 21:29

    Guau!!! Muy buena!

    Responder

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