Yo no sé, no. Una tarde, detrás del arco que estaba cerca del sendero por donde pasaban todos los que iban y venian del barrio Acindar, apareció una piba más o menos alta, más o menos bien vestida, y con un libro en la mano. Faltaban 15 minutos para que termine el partido cuando Carlos, que estaba jugando de 5, le preguntó a Raúl si la conocía. José, que escuchó la pregunta, dijo que la había visto el jueves anterior a esta misma hora y que se quedó mirando como buscando a alguien.

Tiguín se puso nervioso y pidió el cambio. Detrás de los ligustros trataba de ver la tapa del libro que tenía la piba. Tiguín, una semana antes, se había comprometido a comprar unos libros que trataban de mecánica automotriz. Manuel le decía a Juancalito que ese libro se parece a una Biblia y que para él la piba es una religiosa que anda predicando. Lo raro era que andaba sola.

Laura, que estaba cerca del otro arco y que notó nuestro interés por aquella presencia, se pegó una disparada hasta lo de Graciela y al toque se aparecieron, cada una con un libro en la mano. Uno de los libros era de cocina, el otro de poesía y versos. Cuando Isabel se enteró, se apareció con un libro de geografía de segundo año de la secundaria, que era del hermano. Mónica, para no ser menos, se trajo un libro de historia. 

El partido terminó empatado y fuimos a los penales. El primero que pateó para nosotros fue Tamba. Era otro que se había rajado cuando vio a la piba del libro, pues pensó que lo venían a buscar a él, ya que hacía como una semana que se estaba haciendo la chupina.

Las pibas del barrio miraban cada vez con más recelo a la extraña del libro. La Eva, que en una mano sostenía Guerra y paz, se puso en una posición como para atacar en cuanto la extraña grite un gol en contra nuestro. Mientras tanto, la extraña del libro se acomodó en uno de los laterales, puso el libro en el césped y se sentó como si fuera la más cómoda platea. 

En el último penal, en nuestro arco estaba atajando Ricardo. Cuando el 6 de Nacional –el equipo contrario– tomó carrera, Ricardo miró a la piba y se persignó. La pelota pegó en un palo y fue hacia donde estaba la piba. Ella se descalzó, y en patas levantó la pelo. Y sonriendo, pum para arriba. Se dio media vuelta y desapareció al toque, sin levantar el libro.

Cuando terminamos de abrazar a Ricardo, nos juntamos, hicimos un jueguito, y mientras comíamos unas medialunas que Claudio había hecho, Laura abrió el libro y empezó a leer un poema. Isabel, con el de geografía, nos quería explicar cómo todos los caminos conducen a Roma. En ese momento llegó la pequeña Susi, a quien habíamos mandado en busca del libro que había dejado la extraña. La pequeña Susi dijo “sólo encontré esto”, y nos mostró un par de alpargatas blancas.

Publicado en el semanario El Eslabón del 26/04/25

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