Yo no sé, no. Graciela nos tomaba las medidas a casi todos y luego las llevaba al papel de molde. Hacía una semana que la Gra le había encontrado la mano al corte para hacer tanto remeras como blusas y re manija nos prometió una pilcha para cada uno. Manuel se la estaba rebuscando con un molde para hacer ladrillos huecos, bloques que por razones económicas empezaban a sustituir al ladrillo común. Tiguín había recortado el guardabarros de su bici y ante el elogio recibido –quedaba canchera la bici– fue hasta el taller donde trabajaba Carlos y le propuso que le hiciera un guardabarros estándar que le sirviera como molde. Carlos agarró viaje y se pusieron a fabricar unos novedosos guardabarros. José consiguió las medidas exactas para hacer dos tipos de medio mundo, uno para gente grande y otro para los más pequeños, tipo mojarreros. Después de confeccionar unos cuantos, se fue para la rambla a venderlos y contaba que al último medio mundo en vez de venderlo se lo alquiló a unos pibes, mejor dicho les propuso ir a medias con lo que sacaran. Pií durante una semana estuvo buscando una foto de la ametralladora del sargento Saunders (el de Combate) para hacer un molde que le sirviera para hacerse una réplica de madera. Raúl nos comentaba que a los dos partidos siguientes los íbamos a jugar contra dos equipos que en el medio campo estaban conformados igual, que parecían hechos por el mismo molde. Eran el medio campo de El Trébol y el de los de Biedma, los dos con buen pie a la hora de jugar por abajo. Laura y la Eva se habían conseguido unos tachos para las luces de colores que pondrían en el patio llegado el sábado. Como no eran del mismo tamaño, las pibas los pintaron de tal forma que parecían todos salidos de un mismo molde. Llegó el sábado y algunos sabíamos que después de ese baile nuestros encuentros empezarían a cambiar, teníamos la sensación de que llegada la adolescencia se rompería el molde. O no. A eso de las diez de la noche, la luna iluminaba más que nunca y la sombra del tanque de Barrio Acindar se agigantaba, como una señal que nos indicaba el camino desde el kiosco hasta el patio de la Eva, donde estaba sonando Yesterday. Algunos de nosotros lucíamos alguna que otra remera que nos había regalado Graciela y al rato la pequeña Susi trajo un budín de pan todo acaramelado, aún en el molde. La luna dejó de iluminar pero la gigantesca sombra del tanque se quedó, negándose a irse.

Publicado en el semanario El Eslabón del 10/05/25

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