Adela no sabía que un marido hace eso a su mujer. Era la mayor de varios hermanos. Ella tenía quince años y el hombre la doblaba en edad y en corpulencia. Amigo de su padre, resolvieron el matrimonio el mismo día en que se asociaron para la compra del Ingenio Azucarero. La niña llegó a la casa del esposo el 12 de noviembre de 1936, pensando sólo que extrañaría a su familia, los postres de la abuela, los juegos de los hermanos, su camita de infancia.
La brutalidad del hombre la sorprendió. Su madre no la había instruido. Él la usó hasta hartarse en esa noche inaugural, a pesar de la sangre y las súplicas. Cuando al fin se cansó y quedó dormido, Adela se levantó y apretó su dolor con el vestido blanco destrozado. Vendrían otros pesares en procesión. Antes que nacieran los hijos, solía violarla en cualquier momento del día, en el rincón más cercano, las trenzas aplastadas contra el piso, invadida por ese cuerpo que odiaba sin fisuras. Su repugnancia era perfecta.
Adela intentó encontrar consuelo en su madre, pero ésta la hizo callar de inmediato. De eso no hay que hablar, le dijo. No se animó a contarle a su abuela, para no entristecerla. Además, suponía la niña, ella también habría pasado por eso en otra época. Imaginó que sería lo habitual, aunque evitó pensar que su padre le hiciera lo mismo a su mamá. Borró esa idea por insoportable. La abuela había enviudado hacía mucho y parecía siempre feliz. ¿Cuánto le faltaría a ella?
Fue pariendo hijos, en sucesión infame. El hombre se hizo más violento y cruel con los años. Adela fantaseaba con que él moría; dormida y despierta lo imaginaba. Todo el tiempo soñaba con su muerte. No tenía otro pensamiento. Una noche se acercó con la cuchilla de abrir pollos hasta el borde mismo de la cama donde dormía boca arriba. El ronquido era profundo, satisfecho. Sólo levantar el filo, con ambas manos, y hundírselo en el cuello de toro sudoroso. El pecho no, no creía tener fuerzas como para abrírselo. Adela temblaba de miedo, y odio. Uno de los hijos pequeños empezó a llorar, y ella despertó de su deseo. Huyó de la habitación, dejó la cuchilla en su sitio y corrió a asistir al bebé. Era más sencillo con un veneno. El de hormigas, un poquito, como para que él no sintiera mal sabor en la comida. Lo intentó un día, pero sólo le produjo algunos vómitos y diarrea. Él pensó como siempre, que era mala cocinera. Por suerte, no sospechó del veneno, pero la paliza que le dio en el baño fue tan formidable, que Adela comprendió que tenía que perfeccionar sus planes.
En Famaillá, muy cerca de su domicilio, habían instalado hacía poco un comercio que encendía y centraba todos sus sueños. El doctor Juárez proporcionaba por igual remedios, pastillas para la tos, jarabes para catarros, y venenos para alimañas. Eran preparados artesanales, y el boticario adjuntaba a ciertos compuestos, cuando lo creía conveniente, un instructivo sobre las aplicaciones y los peligros de cada uno. Su letra apretada se desplegaba con elegancia en papeles amarillentos que envolvían los oscuros frascos que le entregaba a Adela dos veces al año. Porque ella calculaba el tiempo como para que no resultara sospechoso su interés en venenos. Empezó buscando algo para combatir una plaga de hormigas que asolaba el patio, luego se fue superando en las excusas. También se convirtió en erudita en la materia. Supo que la esencia de regaliz era buena para la tos, que la belladona controlaba broncoespasmos y proveía buen descanso. El mercurio solía usarse para el tratamiento de la sífilis, al igual que la cicuta. Esta última también podría aplicarse para el tétanos, y en pomadas de uso tópico contra dolores intensos. El cianuro era bueno para matar ratones y también tenía su utilidad en la limpieza y brillo de los metales. El valor del arsénico para preservar la madera era incuestionable, y base para la elaboración de plaguicidas. El doctor Juárez disfrutaba asesorando a la mujer con la que había forjado una cierta amistad a lo largo de los años. Lo sorprendían sus ojos cavernosos, que se iluminaban cuando empezaba a explicarle los peligros del mal uso o el exceso de cada una de las sustancias. Un par de gotas más en la administración, un error inocente podría provocar una tragedia; advertía, teatral. Ante la mención de esa posibilidad, Adela temblaba de inminencia. Bordaba su rencor atesorando las sustancias escondidas en un cajón del lavadero del último patio. Su cofre, su ilusión, su riqueza. Ante cada nuevo golpe o humillación, su cabeza soñadora repasaba minuciosa el inventario de los fluidos y sus prospectos. Ya encontraría el momento, se decía. El sueño venenoso la sostuvo a lo largo de los lustros. Crió hijos, los educó y despidió cuando fueron grandes y abandonaron el hogar familiar. Se quedó sola con el hombre nuevamente, que progresaba en ruindad infatigable.
El esposo murió una noche cualquiera, sin veneno en sangre. El 12 de noviembre de 1976 le avisaron que había sufrido un ataque al corazón en una fiesta privada organizada en el salón de reuniones del Ingenio. Estaba cenando con autoridades locales y quizás se había excedido con la bebida y la comida. Eso le explicaron a Adela, pensando que la consolaban. Luego, cuando supo el uso que daban en la época al Ingenio, no tuvo dudas respecto a las atrocidades en las que habría incurrido su marido. Tal vez una de ellas lo llevó a la muerte con justicia. Sus nuevas amistades hicieron acto de presencia, al velorio vino hasta el mismo Gobernador. El Obispo habló de las bondades del muerto, modelo de virtud, buenas costumbres, empresario y padre de familia ejemplar. Adela estuvo todo el tiempo controlando el féretro y su contenido. De pie, tapándose la boca con un pañuelo. No miraba caras, su vista se alzaba sólo hasta la altura del ataúd. Temía –y eso lo pensó sabiendo que era una locura– que tanta bota lustrosa y elogio desmedido despertaran al marido, que por fin descansaba en paz. Lloró silenciosamente en cada minuto del largo servicio. Todos admiraron su dignidad para afrontar la pérdida.
Dos de sus hijos la sostuvieron al ingreso del cementerio. El aroma a flores podridas y el cansancio de las horas verticales la mareó, y estuvo a punto de tropezar. No quería sacarse el pañuelo de la boca. No podía borrar la sonrisa, y el rictus la delataría. Por lo demás, las lágrimas eran auténticas. Ignoraba que se podía llorar de júbilo con esa torrencial vitalidad. Cuando el féretro cayó en el pozo, contuvo el alarido de alivio. El hombre merecía una muerte más temprana y cruel, pero al fin lo había alcanzado. Controló el cajón hasta que la tierra lo tragó, hambrienta.
Rehusó la compañía de sus hijos al regresar a casa. Dijo que iba a descansar y rezar en soledad por el alma del marido. Mañana podría seguir simulando. Ese día no, necesitaba un pequeño ritual de aniversario. Corrió las cortinas, puso pasador a puertas y ventanas, y se sirvió el mejor vino del hombre que había sido su esposo durante 40 años. El vino que ella nunca había probado, que él tomaba sólo en ocasiones especiales. Se tendió en el sofá y disfrutó del alcohol que bajaba lento por las entrañas, como un cortejo, como un desfile de carnaval. Recordó el ya innecesario cajón de los venenos. Su tesoro, su sueño, su amuleto. Lloró la primera lágrima triste de ese día.
Foto: Ramiro Gola
Publicado en el semanario El Eslabón del 17/05/25
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