Es sabido que determinadas acciones desembocan en lugares predeterminados, por lo tanto es bueno, en coyunturas como la que vivimos, preguntarse acerca de los intereses en juego a la hora de condenar a una ex presidenta como Cristina Fernández. Ella sólo encarnó, miró a lo lejos y allá fueron volando la plomada, el anzuelo con la lombriz y la abrazadera. No se lo mordieron, se lo tragaron entero al señuelo. En momentos dominados por la apatía de la oposición, por el parlamentarismo inerme, por la sensación de ineficacia de la dirigencia, generaron las condiciones para un 17 de octubre. Si hay algo que cualquier buen hijo de vecino sabe es que, si el peronismo es oposición, no hay que encarcelar a sus dirigentes, porque eso lo fortalece, lo lleva a movilizar, lo organiza desde las raíces.

Pero no nos vamos a detener aquí en el proceso, viciado de nulidades, ni en lo que implica la posibilidad de ir presa o de que la proscriban de por vida, porque sabemos que apenas cambie el color político del gobierno, se va a imponer una nulidad del proceso judicial. No vamos a hablar tampoco del entretejido de poder, que se acomoda y se reagrupa, con las constantes operaciones judiciales ordenadas por Mauricio Macri, en las que complica el escenario para el partido gobernante en busca de recuperar los votos que considera propios y a los que la coyuntura hizo volar en otros rumbos. El escenario está montado, los medios van a jugar su ruin papel, con opiniones que se parecen más a comentarios de chimento que a análisis político.

Las consecuencias del fallo se están comenzando a ver. El arma secreta a la que apunta Cristina tiene dos interlocutores directos. Por un lado, como planteó claramente en el discurso que dio en la puerta del partido, los miembros de la Suprema Corte son empleados del poder real. No tienen decisión propia, sino que responden ciegamente a los intereses del poder real, o sea el poder fáctico, tan conocido en nuestro país. Respecto de los Macri, los Magnetto, los Paolo Rocca, plantea un enfrentamiento directo, llano, de jefa a jefes. Por otro lado, agita a la militancia, la pone en pie de guerra, afianza las trincheras, porque ahora sí “vinieron por ellos”. El sentido de agitar a las masas tiene que ver claramente con la necesidad de polarizar, de cerrar filas. Las organizaciones políticas que no asumían posiciones claras, que se hamacaban entre uno y otro sector, votando especulativamente según dádivas o tácticas de posicionamiento político, deberán ubicarse de un lado u otro de la grieta. Dinamitaron el puente que permitía ir a uno u otro lado.

El bastón de mariscal sigue en exposición, y si bien todos saben que de jugar Cristina no hay chances de agarrarlo, el contexto indica que alguien tiene que organizar la resistencia. El que no juega queda afuera, y este modo de presionar interpela a toda la dirigencia nacional del peronismo y de sus aliados, pero en mayor medida interpela y convoca a las bases, militantes de organizaciones o sueltos, a exigirles a quienes quieran representar a sus compañeros bajar, escuchar, armar, organizar. En suma, construir legitimidad sobre otras bases, más sólidas que las que hoy tenemos.

¿Qué podemos hacer? Creo que lo primero que hay que hacer es con uno mismo. Levantarse, mirarse al espejo, preguntarnos a qué estamos dispuestos para defender la democracia. Acto seguido ajustar el discurso a las posibilidades reales de participación y compromiso que podemos tener. En algún punto, dejar de mentirnos a nosotros mismos, salir de los discursos pomposos, en los que cualquier futuro es posible, que nos han llevado al actual estado de desmovilización. Cualquier compromiso, por pequeño que sea, sumado al de otros es muchísimo. En segundo lugar, acercarse a otros, volver a mirarnos las caras. No importa si es en el marco de una organización política o sindical, si es con vecinos para exigir al Estado que se haga presente, o si es con un grupo de amigos para juntar guita para una olla popular.

El discurso tiene que servir para analizar lo que hicimos, no para plantear cosas que nunca vamos a hacer. Recuperar la voluntad es primero un acto individual, que nos permite llevar a la práctica los valores que decimos tener. La participación es lo que alimenta a la democracia, la voluntad es lo que nos hace avanzar, el pluralismo nos permite comprender las diferencias, la utopía nos establece un horizonte al que podemos llegar por infinidad de caminos. La unidad en la acción es lo que permite que no tengamos que estar de acuerdo en todo para poder construir poder.

En las próximas semanas el mapa político de la Argentina se va a volver a configurar. La participación popular es la que nos puede ayudar a salir de la apatía, la tristeza y el miedo por un lado, pero también de la visión política neoliberal que tienen muchos dirigentes propios y ajenos, que toman el poder como un bien personal. Para lograrlo debemos poner nuestro granito de arena, tenemos que salir a la calle, apoyar a quienes tengan voluntad de cambiar el jet set de la política por una herramienta de transformación social. Para que esto suceda tenemos que potenciar la voluntad, propiciar el encuentro, y volver a mirar con afecto a los que están en la misma que nosotros. Sólo el pueblo puede salvar al pueblo.

Publicado en el semanario El Eslabón del 14/06/25

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