Yo no sé, no. Graciela apareció agarrándose la pierna a la altura de la canilla. “Tengo un dolor que va y viene”, nos dijo, pero confesó que no se acordaba si la habían raspado en el partido mixto que habíamos jugado el lunes feriado o si se la había pegado contra la pata de la cama. Manuel le dijo que hablara con Cosme, que arreglaba zapatos, para que le hiciera unas canilleras de cuero. Carlos se había jodido el tobillo izquierdo y Tiguín le sugirió que se acercara hasta lo de doña Juanita, que “además de calmarte el dolor, te hace dos tobilleras de palabra”. Como Juancalito dijo que él también se resentía de los tobillos, Pií les diagnosticó que sufrían de “Tobillo de Aquiles”. Ricardo, que siempre jugaba de arquero, contó que desde el sábado sentía una molestia en la muñeca izquierda y sentenció: “Parece que me recalqué la izquierda”. Raúl se la vendó y después de dos días le quedó como una muñequera. Muñequera que Ricardo no se sacó más, mucho antes que J.J. López la empezara a usar, y más acá el Negro Palma. Pichi siempre se estaba agarrando la cintura, hacía un año que estaba haciendo trabajos de alturas en el armado y reparación de silos en el campo, y deslizó: “Para mí que me dio un golpe de aire”. Pedro, el primer domingo que hizo frío en serio, se fue hasta la gran cancha de Acindar a ver un partido por la Rosarina. Tenía dos motivos: tomar mate cocido con tortas fritas o churros que el Rubén vendía y que para muchos eran los mejores, y también ver qué era de la vida de aquella pibita que vivía por Acevedo y que fue la primera que le regaló una sonrisa. Desde el domingo, Pedro sentía un pequeño dolor en el pecho. “La ventana estaba cerrada como si no la fueran a abrir nunca más”, dijo cuando le preguntamos si había visto a la piba, y la Moni le dijo que si seguía pensando en ella le íbamos a tener que “fajar el corazón”. A la Eva le dolía el codo derecho después de que haciendo gimnasia en un caño se lo dobló mal. Carolina, su prima que estaba de visita y que con el caño era bastante buena –se decía que en Pole Dance era terrible–, le enseñó a vendarse el codo y un par de trucos como para que no le doliera tanto. Tiguín, que se había quemado la pierna a la altura de la tibia y el peroné con el escape de la moto, decía: “Tendría que ponerme una «cinta peronea» con crema para las quemaduras de tibia. El frío se venía con todo, aun así no nos quedamos adentro, algo nos decía que teníamos que juntarnos en algún lugar. Para el sábado, cuando el sol nos animaba, fuimos cayendo, casi sin dolores, a la esquina de Quintana e Iriondo. A eso de las tres de la tarde, sentimos una voz. Era la de la pequeña Susi que venía con tortas fritas y una muñeca pata larga con muñequera, canilleras, fajas y una tobillera en la pierna que decía: “Los estoy curando a todos”.
Publicado en el semanario El Eslabón del 21/06/25
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