Amanece en la galaxia, que no es poco. En el planeta tierra, un punto intrascendente en el universo, los seres humanos van a sus trabajos. Cada uno de ellos piensa, en silencio, mirando a los demás en los transportes colectivos, cómo llegar a fin de mes. Elucubran tácticas y estrategias para conseguir un mango más. Todos tienen la sensación de que lo que tienen no alcanza. A algunos no les está alcanzando para hacer el viaje a Cancún que hicieron el año pasado, a otros no les da para cambiar el auto y volver a sacar el cero. Hay quienes no llegan a fin de mes o no pueden comprarle ropa nueva o útiles escolares a los pibes, y otros dejan para otra vida el pago de impuestos como el inmobiliario o el municipal. Están también los que tienen la tarjeta estallada, que pagan el mínimo y les regalan jugosos intereses a los bancos. Están los que se volvieron a la casa de los viejos, los que se hicieron un rancho en algún terreno fiscal o que viven de prestado por algún alma caritativa. Finalmente, están los que no comen cuatro, tres, dos o ni siquiera un plato de comida al día, los que viven en la calle, los que todo el mundo mira con la desconfianza propia de estos tiempos. Sin embargo, cada vez son más.
Somos muchos a los que esta situación nos duele. Nos interpela la realidad en cada volquete en los que se agolpa gente, en cada pibito que no morfa. Queremos cambiar las cosas pero ya no creemos demasiado en nada. Nos seguimos abrazando al fiambre de la modernidad, a los preceptos, a las verdades eternas e inmutables sobre las que se construyeron las ciencias y las disciplinas. Es cierto, antes las cuestionábamos. Sabíamos que eran herramientas del capitalismo para justificar la explotación del hombre por el hombre y la expoliación de la naturaleza por el capital concentrado. El Estado de Derecho y la Sociedad, la Ciencia, la Política, la Soberanía, la Geopolítica, eran conceptos que estaban atravesados por una ética, por una serie de valores que la convertían en una cosmovisión. El neoliberalismo hizo estallar los derechos sociales, políticos y económicos por el aire, creando una sociedad paralela, virtual, simbólica, emocional a más no poder. En este realismo capitalista que bien caracteriza Mark Fisher, todos somos consumidores. Una nueva burocracia orientada por lo empresarial y por la rentabilidad, se encarga de llevar adelante el robo del siglo. El neoliberalismo es el saqueo de la dignidad de la vida de miles de millones de trabajadores y trabajadoras en todo el mundo, en manos de las corporaciones que manejan las finanzas.
Si bien las personas que militaron en la modernidad cuestionaban las relaciones de poder que se daban en la misma, y la combatían, intentaban construir un pensamiento que se adelantara a su tiempo. Una disputa permanente de la hegemonía política y cultural provocaba un pensamiento adelantado, y en algunos extremos vanguardista. Pareciera que hoy la realidad nos condena al más rancio conservadurismo, a seguir atados al cadáver de la modernidad, por alguna especie de captura mágica. El humanismo exige volver a poner en el medio de la escena al ser humano. No debemos seguir hablando de un prototipo que ya no existe, ni tampoco podemos quedarnos con lo que somos en el presente, muchas veces ni siquiera sabemos dónde estamos parados.

Es un momento propicio para volver a pensar colectivamente qué mundo queremos construir, analizar cómo podemos hacerlo y acordar una serie de puntos en los que podamos laburar desde los sectores humillados y perjudicados por lo más rancio del poder real. Salir del consumo cuando no hay nada afuera, no es una opción. Nadie sale del shopping si afuera caen piedras del tamaño de adoquines. Es importante entender la potencialidad de este momento, la abstinencia de consumo da lugar a poder construir otros lugares existenciales en los que las personas sean valoradas por lo que vivieron, por sus experiencias, porque aportan otra visión al conjunto.
Necesitamos construir otra epistemología, otra pedagogía, otra didáctica, otra forma de enseñar y aprender, otra filosofía, otra ética, otra forma de valoración. Tenemos que lograr interactuar de otra manera, construir otros vínculos, crear nuevos modos de realizarnos en la vida. Tenemos que exigir más tiempo para criar a los hijos, luchar para que la organización social que planteemos sea viable y arranque en el gesto más chiquito, de pura micropolítica, y llegue hasta las más altas esferas de la organización social. Se trata de construir una práctica social que tenga en cuenta un pensamiento liberador, una gimnasia que nos energice el cuerpo, unos valores que podamos compartir y discutir, una comunicación que nos permita querernos, que no nos haga competir, una metodología que trascienda las disciplinas tradicionales, que sea negociada, y la construcción de una subjetividad colectiva que nos permita desarrollarnos como seres humanos en comunidad.
A veces pareciera que se trata de iniciativas ambiciosas e imposibles de realizar. Sin embargo, existen miles de proyectos embrionarios o emergentes que cuentan con algunas de estas ideas dando vueltas. Si no queremos ser los conservadores de estos tiempos tenemos que ser capaces de imaginar el mundo en el que queremos vivir. Estamos atados a la mortaja de una historia llena de mitos y de personajes. Seguimos repitiendo como loritos una sinfonía de los lamentos de lo que no fue. Nos volvemos reaccionarios de tanta queja sin acción. Nos sentimos cómplices de una forma de hacer política que no responde a las necesidades colectivas sino a las apetencias individuales. Nos estamos muriendo junto al féretro de la razón mientras esperamos que todas las promesas, la del sueño americano y la de la revolución socialista sucedan por sí mismas. El determinismo nunca fue un buen aliado de las causas nobles. Quizás haya llegado el momento de pegar un salto que sí, va a ser en el vacío, pero no va a ser cuestión de fe y de volar por encima de la meritocracia para llenar la transformación social de poesía, de pinturas, de amores y de lucha, para construir el mundo que soñamos. Pronto habrá señales, no dejes escapar la oportunidad.
Publicado en el semanario El Eslabón del 12/07/25
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