Toqué el timbre por segunda vez con fastidio. Mientras esperaba movía rítmicamente el pie sobre la vereda, descargando con cada golpecito mi impaciencia. Ya casi era mediodía. Tenía que hacer un par de entregas más, antes de poder almorzar en el barcito de la esquina del lavadero. Y era importante que llegara temprano por dos razones: la tarta de jamón y queso se terminaba rápido, y Marito me esperaba. Finalmente se había animado a invitarme a almorzar, y no quería llegar tarde. Traté de adivinar a través de los vidrios espejados de la puerta de entrada si alguien venía a abrirme, pero sólo veía mi cara de enojo asomada sobre la bolsa con las sábanas y toallas recién lavadas que llevaba para entregar. Finalmente la puerta se abrió de golpe y apareció una enfermera más enojada que yo que me gritó que entrara, mientras se iba corriendo hacia el fondo. Tras un segundo de vacilación entré, cerré la puerta y comencé a caminar hacia el lugar donde ella había desaparecido. El perfume del suavizante de la ropa que cargaba sobre mis brazos no logró neutralizar el olor a desinfectante, sopa y orina que me invadió ni bien entré al comedor. No me gustaba ir al geriátrico, pero era uno de los mejores clientes del lavadero. Siempre que iba salía con un peso en el pecho, una zozobra que se iba deshaciendo en hilachas livianas durante el trajinar del día, sin desaparecer del todo. Hacía dos años que regularmente me tocaba hacer las entregas allí, y en ese tiempo conocí a muchos viejos. Los residentes se renovaban con frecuencia por fatales e inevitables razones. Mientras tanto permanecían en ese limbo que existe entre la vejez y la muerte, donde los días transcurren monótonos y sucios hacia la nada. Algunos hijos iban casi a diario a visitarlos, los cruzaba cargados con paquetes envueltos en dosis iguales de amor y culpa. Otros sólo iban para alguna ocasión especial con la familia completa. Felices y bullangueros los abrazaban y besaban, mientras posaban para las selfies que inmediatamente subían a instagram, para compartir lo mucho que querían al abuelo. Después desaparecían hasta el próximo cumpleaños o día del padre o de la madre, con la conciencia limpia por esa visita que actuaba como una absolución de pecados. Me quedé parada en el comedor esperando que alguien viniera a recibir la ropa que había llevado, mientras, con el transcurrir de los minutos, veía diluirse la oportunidad de almorzar la tarta de jamón y queso junto a Marito. Mi mal humor iba acrecentándose. Apoyé la bolsa sobre la única mesa que permanecía vacía, en las demás los abuelos estaban sentados esperando la comida. De tanto ir ya sabía los nombres de algunos de ellos y sus historias. Vi a Florinda, descansando la cabeza pelona sobre el nido que formaban sus brazos apoyados sobre la mesa. Siempre parecía cansada. No había parido hijos propios, pero toda su vida, desde los catorce años, había trabajado cuidando los de otros. El geriátrico lo pagaba uno de esos niños, ahora adulto, que no olvidaba el amor que había recibido de esa mujer redonda y dulce. Junto a ella estaba sentada Rosita, la reina de corazones de Pichincha. Siempre con sus uñas y labios pintados color rojo pasión, que retocaba a diario sentada en el comedor mientras recordaba historias de su juventud, cuando cantaba tangos en los escenarios de los cabarets que proliferaban alrededor de la estación de trenes de Rosario Norte. En esa época, los jefes de la mafia se disputaban su amor trenzándose en peleas bravas, donde una vez uno de ellos terminó herido de un navajazo que le cruzó la cara desde la frente hasta el mentón. Fue el candidato que finalmente conquistó a Rosita, porque esa marca indeleble que para otras mujeres era repulsiva, a ella le recordaba a diario cuanto la quería. No tuvieron hijos y estuvo a su lado varios años hasta que un día, en un ajuste de cuentas, lo acribillaron cuando volvía a la casa que compartían. Ella quedó sumida en una tristeza profunda que no pudo superar a pesar de que tuvo otros amores. Cuando envejeció y su fama se fue diluyendo junto con la desaparición de los cabarets donde cantaba, un sobrino, que era la única familia que le había quedado, se hizo cargo de ella y la internó en la residencia de ancianos que solventaba vendiendo las joyas que los admiradores le habían regalado a Rosita durante sus años de gloria, cuando su voz y sus ojos brillantes los encandilaban como las luces a los insectos en las noches de verano. Un poco más lejos, Atilio, hincha fanático de Central, del cual era socio vitalicio, discutía con otros abuelos sobre el último clásico y evocaba jugadores de otros tiempos. No recordaba qué había comido el día anterior, pero sabía sin equivocarse la formación del cuadro de sus amores del año 1971, una de las veces que ganó la copa nacional y la primera vez que un equipo que no era de Buenos Aires ganaba ese título. También era inolvidable para él porque había visto ese partido junto a su hijo, que en ese momento tenía ocho años, y lo llevó a la cancha a pesar de la bronca que le había echado su mujer. Se habían subido a un colectivo que había salido del club, los dos con gorritos y camisetas con los distintivos colores azul y amarillo, y habían viajado junto a otros hinchas al estadio Monumental. Cantaron, gritaron y lloraron juntos, y volvieron felices y afónicos. Y más unidos que nunca. Tampoco su hijo había olvidado la formación exacta de ese equipo triunfador, ni a su padre, a quien buscaba cada fin de semana. Sentada sola en una mesa contra la pared, Anita desgranaba entre sus dedos las cuentas de un rosario de madera murmurando bajito una oración interminable. Pedía a diario favores a sus santitos para sus numerosos hijos y nietos: a San Eustaquio para que hubiera armonía familiar, a San Pantaleón para que los proteja de las enfermedades, a San Jorge para que proteja a los tres perros, cuatro gatos y dos canarios que había tenido que dejar al cuidado de una vecina cuando la llevaron al geriátrico, y a San Expedito, patrono de lo imposible, para que la visitaran de vez en cuando. Desde el fondo se oían gritos. Era un hombre que a viva voz insultaba y luego comenzaba a cantar una canción en italiano. Así iba alternando las puteadas con la canzoneta. Cada vez se lo escuchaba más cerca, hasta que por el pasillo que desemboca desde el fondo, donde están las habitaciones, hacía el comedor donde yo esperaba, apareció caminando sostenido por la enfermera que me había abierto la puerta. El viejo que estaba alborotando el mediodía y demorándome era alto, y a pesar de que casi no podía caminar, se mantenía erguido y orgulloso. Tenía la cabeza cuadrada y conservaba el cabello blanco y suave. Los pómulos prominentes y las cejas tupidas de largos pelos plateados enmarcaban unos profundos ojos celestes. Debía haber sido un hombre hermoso y terrible. La enfermera podía sostenerlo apenas y avanzaban ambos inseguros, temblequeando hacia una de las mesas. Era mucho más grande que ella, y se tambaleaba a cada paso arrastrando los pies. Cada tanto se paraba empacado y retomaba los insultos, entonces ella le pedía con cariño que siguiera cantando y él la miraba con odio para luego continuar entonando Torna a Sorrento, a grito pelado. Al llegar a mi lado, se detuvo de golpe y me miró visiblemente conmocionado. La expresión de su rostro se dulcificó y sus ojos se llenaron de lágrimas. Extendió sus manos y aferró muy fuerte mis brazos mientras con voz temblorosa me decía: “¡Viniste!”. Yo intenté zafarme, primero de forma suave y luego tironeando, de esa prisión inesperada, pero me apretaba tanto que corría el riesgo de lastimarme o lastimarlo. Desistí de mis intentos de liberarme y pensé que si le seguía la corriente y lo acompañaba junto a la enfermera hasta la mesa donde debía sentarse podría desprenderme más fácilmente. Mientras íbamos caminando a paso lento, me seguía mirando todo el tiempo como en trance, y repetía bajito: “Viniste”, mientras lloriqueaba. La situación me incomodaba mucho, sólo quería irme, escapar de esas garras que impedían que volviera a mi vida, la que había dejado afuera de ese lugar sin tiempo. La de la tarta de jamón y queso al mediodía, en el bar de la esquina del lavadero, junto a Marito que me esperaba. O quizás ya se había cansado y se había ido, pensando que lo había dejado plantado, que no me importaba que se hubiera decidido a proponerme un encuentro fuera del trabajo. Finalmente llegamos a la mesa y junto a la enfermera comenzamos a luchar para sentarlo. En ese tire y afloje probé zafarme nuevamente, entonces él me apretó aún más y con desesperación me atrajo hacía sí, mientras repetía: “¡No, no!”. Quedamos muy cerca, su rostro casi apoyado contra el mío, lo miré a los ojos con profundo enojo mientras forcejeaba, por su culpa estaba perdiendo la oportunidad que había estado esperando durante meses, una cita con ese muchacho tímido y callado al que miraba enamorada mientras trabajábamos lavando y doblando ropa. De pronto quedé inmóvil y un escalofrío recorrió mi espalda, había visto algo que no entendía y me inquietaba. Me separé un poco para luego acercarme y mirarlo de nuevo a los ojos con detenimiento. El reflejo de una bella mujer desconocida me miraba sonriendo desde el espejo acuoso de sus ojos color olvido. Entonces, ante el asombro de la enfermera, abracé con ternura al viejo, y mientras le acariciaba la espalda le dije en un susurro: “Vine, tardé pero vine”. Se fue calmando de a poco, y por fin, logramos sentarlo. Me miró sonriendo por última vez, y la sopa humeante que le habían servido sobre la mesa, acaparó toda su atención, olvidándose de nosotras.

Nos miramos con la enfermera, las dos sudorosas y aliviadas. Le entregué la bolsa con la ropa, le di la birome para que firme la constancia de recepción y me fui. Mientras caminaba apurada las cuadras que me separaban del bar miré la hora, no era tan tarde. Apuré aún más el paso, y comencé a llorar.

Publicado en el semanario El Eslabón del 12/07/25

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