“Siempre le había gustado eso de
tener derecho de vida y muerte”
Liliana Heker

Tenía ocho años cuando les dijo que quería hacer ese curso. Su madre lo miró con cierta sonrisa de satisfacción, recordando que siete años atrás lo había llevado alzado a la Iglesia del barrio donde habían nacido él y sus hermanos y se tuvo que retirar ante la mirada inquisidora de los fieles, porque el niño a upa que aún no caminaba ni hablaba, silbaba y fuerte. Todos pensaban que era ella. Nunca volvió a misa hasta que se mudaron.

—Si no te está presionando nadie, si es tu propio deseo, andá y anotate —dijo su padre.

—Me interesa —dijo Pedro. 

Él sabía que había ciertas presiones, pero las calló. En realidad, sentía curiosidad por entrar a ese templo imponente, esa torre de molduras y cornisas de ladrillos vistos tallados a mano uno por uno, tan perfectos que parecía que pedían a gritos que no los revocaran nunca, que cada quince minutos cantaba un Ave María de campanas verdes que se escuchaba desde su casa a tres cuadras y en todo el vecindario como un llamado irresistible. Además, en la escuela todos sus compañeros ya se habían anotado y hablaban entusiasmados de La Primera Comunión y con un poco de temor de La Confesión. Adriana le había preguntado:

—Pedrito, ¿vas a ir? Nos podemos sentar juntos. —Esto último fue lo que nunca se animó a contar a nadie. Al día siguiente llegó a la escuela con una emoción que descargó cuando le contó al grado que se iba a inscribir. Cuando vio a su amiga la cara se le puso más colorada que de costumbre y ella le devolvió una sonrisa. A la salida de la escuela muchos chicos se quedaban jugando en el patio de ingreso de la iglesia, en la vereda y en el tapialito que separa ambos espacios. Pedro se acercó al inmenso portal de madera, estaba abierto y comenzó a entrar sintiendo los pasos de alguien que lo venía siguiendo. Pasando la segunda puerta los recibió el padre Roca o más bien los atajó. Oscuro y enorme, parecía más alto que el portal. 

—¿Qué andan haciendo por acá? 

—Pedro quiere venir a catecismo. —Fue Adriana la que habló.

—Ah, era hora. ¿Qué pasa con tus padres que no vienen los domingos? 

—Mi papá duerme toda la mañana y mi mamá no quiere venir sola —inventó balbuceando Pedro. 

Las clases de catecismo no le generaron ningún interés. Las dictaban unas señoras muy serias y aburridas. Él notaba la diferencia con lo que vivía en su casa, tan divertida, con sus padres y sus hermanos. De todos modos, siguió yendo, se sentaba junto a su amiga que a veces le explicaba mejor que las profes y a la salida jugaba a la pelota con los amigos y un cura joven, el Colorado, que jugaba muy bien y le enseñó a parar y pisar el balón. Los domingos, misa obligatoria y Pedro siempre llegaba tarde. Toda la familia dormía y a veces no iba para no perderse algún paseo matinal. Fue uno de esos domingos, al llegar tarde junto con otros compañeros, mientras los esperaba el Padre Roca en el extremo del último banco con un cartel que decía RETRASADOS y los hacía pasar a sentarse, que Pedro decidió volver a su casa y abandonar el curso y el culto. Desde el primer asiento, delante del altar, percibió una mirada de despedida y él consintió bajando la vista. Adriana tomó la comunión y no lo invitó a la fiesta. A Pedro le pareció bien, sintió que era una fiesta ajena. ¿Monos en una comunión? 

Cuando Pedro ya estaba en la universidad hubo un reencuentro de los compañeros de la primaria. Volvió a encontrarse con Adri, como le decían todos, sentados en una mesa de la vereda de un bar del barrio. Él estaba organizando un viaje al norte con cuatro amigos, ella estaba con un bebé en sus brazos. 

—¿Tenés un hijo, Adriana? 

—Sí, me casé y tengo dos. Sí, Pedro, los que Dios me mande.

Publicado en el semanario El Eslabón del 19/07/25

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